Carlos Taibo: “El TTIP es la mayor osadía del gran capital”

      Por Jesús Iglesias. Carlos Taibo, profesor de ciencia política de la universidad autónoma de Madrid, desgrana en su (ya penúltimo) libro Para entender el TTIP. Una versión crítica del acuerdo transatlántico de comercio e inversiones lo que considera “la mayor osadía del gran capital para que su poder sea irreversible”. El prolífico escritor, de hondas raíces gallegas, sigue creyendo en la autogestión y el apoyo mutuo en un mundo donde lo que impera es la corrupción, la falta de transparencia, los ambiciosos intereses de las grandes multinacionales y la destrucción del planeta. Interesantes respuestas de Taibo para CTXT completadas aquí con comentarios y reflexiones extraídos de su propio libro, siempre desde nuestra óptica personal decrecentista.

     La opacidad del acuerdo es, junto con los procedimientos de ratificación destinados a impedir la discusión pública y una imposibilidad de aprobación de posteriores iniciativas, lo primero que llama la atención: “Es esa opacidad la que nos hace comprender que el acuerdo producirá un deterioro visible de nuestra situación en el terreno social, laboral y medioambiental”. Las pocas personas que tienen acceso a los documentos no pueden hacerse con copias de los mismos, ni tampoco difundirlos. Disponen, por lo demás de información fragmentada que dificulta el establecer una idea de fondo de lo que se va acordando. La propia mutilación y complejidad de los textos dificulta su comprensión y difusión.

       Aunque parezca difícil tras la crisis de 2007-2008, y como bien se puede entrever en el acuerdo, la situación para la mayoría de las personas aún puede empeorar: “es difícil entender que después de la vuelta de tuerca que el gran capital ha imprimido a la EU aún pueda incrementarse. Pues sí, porque su osadía no tiene límites. Ahora pretenden hacer que su dominio sea irreversible”. El propósito mayor del TTIP es establecer normas que sean favorables a empresas, y en singular de grandes empresas. Se trata de generar un espacio político, económico, social y medioambiental aún más propicio para sus propósitos.

      Es cierto que el capitalismo ha mostrado, desde su nacimiento, una gran capacidad de adaptación a las situaciones más dispares, por eso Carlos Taibo sospecha que “vivimos una fase de capitalismo enloquecido que creo que ha perdido los frenos que en el pasado le permitieron salvar la cara”. Este hecho es manifiesto de que el capitalismo ha entrado en una etapa de corrosión terminal. El resultado principal es que el colapso del sistema se encuentra mucho más cerca de lo que una primera lectura invitaría a concluir

     En esa fase del capitalismo, bien se puede poner en marcha lo que él mismo llama un “proyecto de darwinismo social militarizado” o “ecofascismo” “que implica la marginación visible que ya empezamos a sufrir, o en su caso el exterminio de buena parte de la población planetaria”. El ecofascismo es un concepto que se asienta en la idea de que la escasez se resuelve con una rápida reducción de la población. Otros intelectuales también han hecho referencia esta idea, como Susan George en El informe Lugano, donde sugiere esa misma respuesta biológica del gran capital para salvar el sistema, o Naomí Klein, quien en La doctrina del shock evoca el hecho de que las catástrofes naturales sean vistas desde las élites como una oportunidad para acrecentar el negocio.

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      El peligro (ya, la evidencia) de colapso gana enteros cuando “China o India no ofrecen un modelo alternativo al capitalismo. Hay quien considera que ambos países han incorporado muchos de los elementos más negativo del capitalismo colonial como es la extracción de la plusvalía absoluta del siglo XIX en Europa. Quienes preconizan que las economías emergentes representan un modelo alternativo se están equivocando. Sólo son un obstáculo que el capitalismo tradicional quiere eliminar”. De ahí que, por otro lado, EEUU, a través del TTIP, apueste por una progresiva erosión del papel comercial de Pekín, que tomaría forma a través del establecimiento de obstáculos para la exportación de los productos chinos. La idea que subyace a esta tesis queda clara en el libro: “La irrupción de acuerdos como el TTIP está llamada a tener un efecto de exacerbación de las tensiones comerciales y no comerciales, entre el mundo occidental, por un lado, y las economías emergentes, por el otro, con todos los demás como meros convidados de piedra que están a expensas de lo que hagan uno y otras”.

      Se podría decir que el TTIP es una OTAN económica: “El TTIP no es un acuerdo neutro que simplemente aspira a suprimir duplicaciones o cancelar aranceles. Se trata de un proyecto muy asentado, que refleja la lucha eterna del capitalismo internacional entre unos modelos y otros”. Una genuina comunidad transatlántica que permita un horizonte de seguridad común, como es el materializado en torno a la OTAN, podría ser la plasmación del proyecto del que forma parte el TTIP. Debido a este inequívoco relieve de estrategia imperial renovada, el propósito del acuerdo, como el autor describe en el libro, es acrecentar la confrontación comercial entre bloques económicos con el único propósito de satisfacer los designios de las transnacionales de EEUU y de la UE.

      En cuanto al papel de los Estados, “Indudablemente pierden soberanía”. Hay que partir del hecho de que, como queda claro en el libro, los Estados no son instancias que nos protegen. “La inmensa mayoría de los Estados forma parte de esa trama que decidieron, hace ya tiempo, dejar de proteger a los ciudadanos”. No han surgido para defendernos de la rapiña de las transnacionales, sino que se hallan manifiestamente subordinados a los intereses de éstas. Y cita a Salvador Allende: “Estamos ante un conflicto frontal entre las empresas transnacionales y los Estados. Éstos se ven cortocircuitados en sus decisiones fundamentales (políticas, económicas y militares) por organizaciones globales que no dependen de ningún Estado y con actividades que no son controladas por ningún parlamentario, ni por ninguna institución representativa del interés colectivo”. Es muy ingenua, apunta Carlos Taibo en el libro, la pretensión de convencer a los gobiernos (y a las transnacionales) de la conveniencia de modificar su línea de conducta. En este sentido hay que recordar la dimensión represiva, militar, autoritaria y carcelaria que corresponde a la institución Estado.

      Ante lo que es la última embestida del sistema, Taibo apela a las izquierdas, pero lanzando una señal de alerta: “Me temo que la izquierda va a quedar entrampada si no decide romper drásticamente con la dinámica actual y apela a la desobediencia”. Buena parte de la izquierda que vive en las instituciones sigue hechizada por los mitos del crecimiento, del desarrollo, de la productividad, de la competitividad, de las tecnologías liberadoras y de la industrialización. Muchas críticas que desde la izquierda recibe el TTIP no abordan en paralelo una contestación del sistema en cuanto los conceptos de capitalismo, trabajo asalariado, mercancía, sociedad patriarcal, militarismo, imperialismo, crisis ecológica y colapso.

      La entrevista se orienta en su tramo final hacia la política española y la corrupción. Taibo tiene claro de dónde procede ésta última: “La corrupción es funcional al sistema y buena parte de la ciudadanía entiende que la corrupción es un pecado disculpable”. No se trata de una cuestión española o de cualquier otro país, la democracia liberal no funciona: “las formas están tan marcadas y los intereses ocultos son tan evidentes que creer en eso a estas alturas es absurdo”. En cuanto a los partidos emergentes: “Cualquier plan que aspire a modificar el régimen es un proyecto ciego. Estos partidos plantean una discusión interesante sobre la corrupción, el bipartidismo e incluso la república pero no hablan del sistema, es decir, del trabajo asalariado, de la crisis ecológica, de la sociedad patriarcal. Su silencio sobre estos temas es llamativo”.

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