La ética de la carne

      Por Jesús Iglesias. Consumir es un acto político. De hecho, es la herramienta más eficaz de la que disponemos l@s ciudadan@s para ejercer nuestra acción política. En una sociedad de consumo (aquella cuya principal aspiración cultural es la posesión de bienes y servicios), es desgraciadamente más importante que el voto o incluso me atrevería a decir que la acción directa o la cooperación social. Es fácil entender entonces que el consumo de carne, como el de cualquier otra mercancía, también tiene implicaciones más allá del mero intercambio comercial.

       La dieta altamente cárnica es uno de los motores más importantes de generalización de impactos sociales y ambientales que requiere, además, de una enorme cantidad de animales. Quizá no somos conscientes de ello en parte debido a lejanía de las explotaciones respecto a los núcleos urbanos y a su escasa visibilidad. Como no, la publicidad también aporta su grano de arena, ofreciendo idílicas  imágenes de vacas pastando en vastas y fértiles praderas. Nada más lejos de la realidad.

 

Los graves impactos de un modelo próspero

       La ganadería intensiva propia del modelo industrial de producción de carne se caracteriza por la cría de ganado alimentado de piensos compuestos en explotaciones desconectadas de los ecosistemas naturales. Presenta, a su vez, una elevada productividad, y necesita elevadas inversiones de capital y tecnología, así como grandes aportes de energía.

     Empecemos por los efectos medioambientales: la industria de la carne es, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), responsable (directa o indirecta) de la emisión del 18% de los gases de efecto invernadero, más que la industria del transporte (con todo lo que ello conlleva en cuanto a cambio climático). Es también la mayor fuente de contaminación del agua (vía heces, residuos o piensos con antibióticos o metales pesados, hormonas, pesticidas, etc) y de su eutrofización (asfixia de la vida acuática).

       La industria cárnica es altamente extractiva en lo que a recursos básicos se refiere, ya que emplea 8% del agua mundial (para producir 1kg de carne se requieren 15.400 litros de agua, de nuevo según la FAO) y requiere muchísimo suelo para producción de alimentos para el ganado. La expansión de las actividades ganaderas es la causante de la degradación de tierras y responsable del 80% de la deforestación de la Amazonia. Ha convertido Argentina en un desierto verde de monocultivos de soja transgénica para consumo animal. Además, es profundamente petrodependiente.

sojaok
Monocultivo de soja en Argentina

   En cuanto a los efectos sanitarios, la práctica productivista de las granjas industriales provoca que muchos de los antibióticos que contiene la carne proveniente de ellas sean innecesariamente requeridos o mal utilizados, convirtiéndose su uso y abuso en una amenaza sanitaria. Si bien se emplean para compensar las condiciones insalubres en las que se crían, convierten a los animales en enfermos crónicos. Por otro lado, para que éstos crezcan, se les suministran hormonas sintéticas (también conocidas como disruptores endrocrinos o contaminantes hormonales) que se relacionan con enfermedades y graves daños para la salud (infertilidad, malformaciones congénitas, cáncer, diabetes, etc).

       A pesar de que la revolución ganadera habló de mejorar las razas de algunas especies de animales, promocionando, eso sí, las más productivas y adaptables al medio, la riqueza en nuestra alimentación no ha experimentado ninguna mejora. De hecho, la variedad de animales criados en las granjas se ha reducido, en un escenario marcado por la abrumadora presencia de monocultivos dedicados a la producción de piensos que son altamente demandantes de fertilizantes y plaguicidas sintéticos, lo que amenaza gravemente la biodiversidad. Así que, por consiguiente, nuestra alimentación cada día depende de menos variedades animales y vegetales, lo que implica mayor inseguridad alimentaria.

       El maltrato animal es quizá la mayor causa de rechazo social hacia el consumo de carne. Es fácil ver por qué: los verdes pastizales han sido sustituidos por establos sin ventanas, jaulas alambradas y otros sistemas de encierro, donde las vacas, terneros, cerdos y gallinas malviven en pequeños espacios sin posibilidad si quiera de darse la vuelta. A los animales se les priva de ejercicio (para que todas las energías del cuerpo conduzcan a la producción de carne, huevos o leche), se les alimenta, como hemos visto, con hormonas del crecimiento y se les rocía con pesticidas. Sufren deshidratación, enfermedades respiratorias, infecciones, ataques cardíacos y otras serias dolencias. A los animales se les castra, se les quita los cueros y se les marca sin anestesia. Por último, y por dejarlo ahí, durante su transporte sufren lesiones, soportan temperaturas extremas y padecen falta de comida, agua y ayuda veterinaria.

 

La dimensión ecológica y social de la dieta

       Ya hemos visto los impactos de la industria cárnica sobre el medio ambiente, sobre los recursos del planeta, sobre la salud de las personas, sobre la biodiversidad y sobre la vida de los animales. Además, como parte de la dieta, el consumo de carne tiene implicaciones sociales y políticas, que no son las mismas que hace ochenta años, pero que hoy juegan un papel determinante en la injusticia ambiental.

       Si bien antiguamente el acceso a la carne estaba restringido a unos pocos privilegiados, el modelo fordista de trabajo desarrolló una auténtica industria de ganadería mundial. Desde los años cincuenta, su producción se ha disparado y ahora su consumo pertenece al estilo de vida de los ricos del mundo. El problema es que el sector ganadero compite por la tierra, el agua y los recursos, por lo que el consumo correspondiente (carne, huevos, leche) se apoya en lacerantes desigualdades que fundamentalmente perjudican a las comunidades ganaderas del Sur. Dicho de otro modo, el desmesurado consumo de carne en el Norte opulento impide a muchas personas de grandes regiones del globo a hacer uso de los recursos naturales más básicos que tienen a su disposición. Les condena, si así se quiere decir, a la miseria.

      Especialmente delicado es el acaparamiento de enormes extensiones de suelo fértil por parte de inversores extranjeros vinculados al agronegocio (incluidos muchos gobiernos), con el objetivo de plantar monocultivos de cereales y oleaginosas (y exportarlos para alimentación animal, por supuesto). Esta adquisición (expolio en cristiano) conlleva una dramática expulsión de campesinos, de comunidades indígenas y de trabajadores rurales con la consiguiente desaparición de los modos de vida asociados a la ganadería tradicional (diversificada, local, familiar); y provoca además drásticas subidas del precio del maíz o del trigo debido a las prácticas especulativas de las que muchos fondos de inversión hacen gala sobre estas materias primas alimentarias.

       En otro sentido, no menos importante, este expolio (hay que empezar a llamarlo por su nombre) de suelo para consumo animal es realmente preocupante, porque es una de las señales más visibles de impacto contra los límites biofísicos del planeta. Las enormes extensiones de tierras en África o Sudamérica ya equivalen a la mitad de la tierra fértil disponible en Europa. Lo recalca Jorge Riechmann, no sin cierta ironía: “Si nos preocupan las repercusiones de la utilización masiva de agrocombustibles sobre la seguridad alimentaria de los pobres, ¿no nos inquietarán las consecuencias del chuletón y los embutidos?[1].

       La industria de la carne forma parte de un sistema agropecuario altamente petrodependiente que además es muy ineficiente, ya que la cría de ganado a base de vegetales aptos para el consumo humano conlleva una gran pérdida de calorías. Recordemos que la energía que estamos obteniendo es menor a medida que nos alejamos la parte baja de la cadena trófica. No es el caso de los animales criados extensivamente en pastizales, ya que los seres humanos no podemos comer hierba o paja. Esto implica que, en un mundo saturado (muchas personas, poca naturaleza) una alimentación adecuada de todos los seres humanos del planeta pasa necesariamente por dietas básicamente vegetarianas, algo implícito en las palabras de Gianni Tamino: “Cada vez que la soja y el maíz se transforman en alimento para animales y el animal se convierte en comida para el hombre, allí donde con la carne obtenida come una sola persona, con las legumbres y los cereales correspondientes habrían podido comer, de forma equilibrada, entre ocho y diez[2]

      Un importante problema derivado de esta ineficiencia (realmente triste en nuestro caso concreto, con una rica y saludable dieta mediterránea en vertiginoso descenso), acompañada del hiperconsumo de carne, es que los sistemas alimentarios importan la mayoría de los alimentos que consumen sus animales y reclaman mucha más energía de la que producen en forma de alimentos, lo que impide a las economías locales ser autosuficientes. Esta dramática pérdida de soberanía alimentaria nos aleja de modelos basados en sistemas alimentarios locales, igualitarios, de base campesina y producción agroecológica. Modelos, en fin, que representan la antítesis de lo expuesto hasta ahora.

       Una última nota que no me resisto a dejar pasar es la estrecha (y deliberadamente borrada) relación entre el maltrato animal y el sistema industrial-capitalista, claramente manifiesta en el tema que nos ocupa. La visión del ser humano como único protagonista de la civilización industrial ha ignorado la explotación masiva y cruel de los animales, fundamental en el desarrollo de la misma. Incluso pensadores tan poco afines entre sí como Karl Marx o Adam Smith reconocieron el papel clave de los animales en los procesos de acumulación de capital. Si esta visión tan antropocéntrica de nuestra civilización sobrevive es por la resistencia al cambio de los seres humanos y la presión de los lobbies económicos.

       Así pues, al hecho lamentable de que (según la FAO) estemos alimentando 30.000 millones de animales a diario en las granjas industriales mientras 800 millones de seres humanos pasan hambre y otros tantos no tienen acceso a agua potable o medicinas, hay que añadir que vivimos en una sociedad en la que los grandes sectores económicos (no sólo el de la agroalimentación, sino también el químico, la moda, el ocio, o el sector financiero) están directa o indirectamente vinculados a la explotación y maltrato de otros seres sintientes.

 

Sensibilidad y coherencia

       Creo que ya puedo ir cerrando el círculo. Todo lo expuesto hasta ahora invita a una conclusión evidente: reducir el impacto socio-ecológico en lo concerniente a las actividades de alimentación pasa por renunciar a la ganadería intensiva. Incluso desde un punto de vista animalista, la ganadería extensiva (llevada a cabo en ecosistemas con una producción vegetal adecuada a las necesidades del ganado) es la única actividad ganadera moralmente aceptable, ya que ha quedado claro que la producción industrializada de carne implica un mundo de animales esclavos que viven para nuestro consumo. El premio nobel Isaac Bashevis Singer, superviviente del exterminio nazi, nos recuerda que: “En relación con los animales, toda la gente es nazi; para los animales, esto es un eterno Treblinka[3].

granja-industrialok
Granja industrial

       Si queremos mejorar el clima, reducir la huella ecológica, frenar la pérdida de biodiversidad, fortalecer la soberanía alimentaria a nivel global, ampliar las extensiones de tierra cultivable para consumo humano y, además, estamos a favor de abandonar la vieja visión antropocéntrica que considera el confinamiento, explotación, manipulación y muerte de billones de seres sintientes en nuestro beneficio, es imprescindible reducir drásticamente la producción y consumo desaforado de carne (especialmente en países industrializados y emergentes). Para ello, las instituciones gubernamentales deben implicarse y abordar este grave problema como parte de una estrategia que transite hacia una ganadería autosuficiente, integrada en los agrosistemas y acorde con la biocapacidad del planeta. Un modelo más sostenible y menos petrodependiente que minimice (o elimine) la importación de carne y de productos agrícolas destinados a la alimentación animal que destruyen los ecosistemas y la soberanía alimentaria de los países exportadores.

       Empecé este texto aludiendo al consumo como acto político. Pues bien, hoy en día las personas que se conceden a sí mimas cierta sensibilidad ambiental, social o animal, deben ser conscientes de que sólo dietas con pequeñas cantidades de carne (y no procedente de ganadería industrial) son coherentes con su ideario. Si nos tomamos en serio los valores de igualdad, justicia, sostenibilidad y dignidad, en un mundo donde cientos de millones de seres humanos están desnutridos o pasan hambre no podemos desperdiciar tanta comida criando animales como hacemos hoy, ni agredir a los ecosistemas de forma innecesaria, comprometer la salud de tod@s o seguir financiando la industria de la muerte, ese eterno Treblinka en el que se ha convertido la vida de tantos seres que sufren diariamente nuestro delirio consumista, miope y carente de escrúpulos. El consumo de carne, en pleno siglo XXI, también es una cuestión ética.

[1] Jorge Riechmann, Los otros animales: vida o mercancía.

[2] Gianni Tamino, Ideas para una civilización post-desarrollo.

[3] Isaac Bashevis Singer, El escritor de cartas.

Anuncios

5 comentarios en “La ética de la carne

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s