La trampa del PIB

     Por Jesús Iglesias. Tod@s sabemos, más o menos, qué es el Producto Interior Bruto. Su cálculo es el punto de partida del crecimiento y contabiliza la totalidad de la actividad económica, el conjunto de bienes y servicios producidos en un país durante un espacio de tiempo determinado. Pero realmente no nos dice mucho más, no contesta a muchas preguntas importantes: ¿Cómo se ha generado esa riqueza?, ¿qué consecuencias tiene?, ¿cómo está repartida?, ¿qué actividades privilegia?, ¿es un indicador adecuado para valorar el bienestar de una sociedad? ¿es imparcial? Aunque todas estas preguntas son muy importantes, probablemente la que más llame la atención puede formularse así: ¿Por qué este indicador, que tantas lagunas deja, es unánimemente aceptado como un indicador prácticamente universal? Muy sencillo: porque el PIB refleja un modelo de sociedad en el que las respuestas a esas preguntas son, sencillamente, irrelevantes.

 

Un robo al futuro

     Asumir el PIB como indicador de referencia implica tener en cuenta una serie de consideraciones. Primera, el PIB es un indicador que se alimenta de todo bien o servicio producido, independientemente de que contribuya al bienestar individual o social, o de que se haya llevado a cabo en condiciones ecológicas y sociales provechosas. Segundo, un alto número de actividades no se tienen en cuenta, como son el voluntariado, el trabajo doméstico, la economía social y solidaria, o la explotación no comercial de los recursos naturales. Estos procesos al margen del mercado incorporarían cifras escalofriantes al PIB si pudieran ser medidas, pero al no hacerlo, ocultan todo un nuevo sector en crecimiento. Por último, el PIB no considera la distribución de la riqueza que cuantifica; simplemente indica la suma total de lo producido.

     Dicho esto, es fácil deducir que el PIB contabiliza actividades perjudiciales social o individualmente e ignora muchas saludables. Por ejemplo, contabiliza todo lo relacionado con la ganancia especulativa, los incendios, la deforestación, el comercio de armas, el gasto médico, los accidentes de tráfico, la contaminación o la obsolescencia programada. Por otro lado, ignora actividades como las tareas desarrolladas por las mujeres en el hogar (que representaría casi un tercio de la riqueza que recoge el PIB), el cuidado de dependientes o ancianos, el autoconsumo de frutas y verduras, los bosques vivos y funcionando, el mar limpio, etc. Desde otro punto de vista, podríamos decir que, en general, el PIB tiende a privilegiar la actividad de las ciudades sobre la del medio rural.

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Deforestar el Amazonas para fabricar biodiésel sí que es PIB

     Todo esto se puede resumir en la frase de Gadrey, Marcellesi y Barragué: “el PIB está construido sobre la contaminación y la degradación medioambiental, una losa que recae sobre los países pobres y una deuda que pagarán las generaciones futuras[1]. Paul Hawken lo confirma con otras palabras:Estamos robando el futuro, lo estamos vendiendo en el presente y lo estamos llamando PIB.[2].

     No hay que olvidar que el crecimiento sostenido durante la segunda mitad del siglo XX se ha sustentando en el consumo energético y, más concretamente, en el petróleo barato. Debido a ello, hoy dependemos dramáticamente de los combustibles fósiles, que encima son contaminantes. Una dependencia que, llegado el momento, nos saldrá muy cara: varios sectores enteros se vendrán abajo, el crecimiento será menor, la inestabilidad política crecerá, los conflictos sociales se endurecerán. Nada quedará, en definitiva, de nuestra civilización termoindustrial.

 

Las élites políticas se mueven

     Por esta razón, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) elaboró en 1990 el IDH (Indicador de Desarrollo Humano). Fue difundido como contrapeso al dogmatismo pro-crecimiento de las instituciones al uso como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Una iniciativa importante que, sin embargo, no tuvo eco a nivel mundial hasta que el 2007 la OCDE y la Comisión Europea lanzaron sendas conferencias internacionales de gran magnitud (Medida del progreso de las sociedades y Más allá del PIB, respectivamente). Que instituciones tan relevantes hayan cuestionado la idoneidad del sagrado PIB para valorar el bienestar de las personas es algo que, como mínimo, llama la atención.

     También ha habido algunos movimientos en gobiernos nacionales; en 2008 una comisión presidida por el prestigioso economista Joseph Stiglitz, y nombrada por el expresidente francés Nicolás Sarkozy, desarrolló una batería de críticas potentes y alertas sobre los peligros de prestar excesiva atención al PIB y, por extensión, al crecimiento económico (aunque no se cuestione expresamente). Es el llamado Informe Stiglitz, que aparte de apuntar acertadamente que el PIB no dejó ver venir la crisis, propone una manera innovadora y alternativa de medir el bienestar de la población basada en un número de recomendaciones. A título de síntesis, son: hacer hincapié en la perspectiva de los hogares y en las actividades no mercantiles, tomar en cuenta el patrimonio, llevar a cabo un esfuerzo en la aplicación de herramientas sólidas de  medida de las relaciones sociales y de la participación política, considerar asimismo las desigualdades y construir diferentes índices que también tengan en cuenta la sustentabilidad.

     También en Inglaterra David Cameron encargó en 2010 un informe para medir el crecimiento y el bienestar, un texto que de alguna manera surge a raíz del llamado sistema monet, un conjunto de 45 principios orientados a caminar hacia un desarrollo sostenible (aceptemos el oxímoron) con el que se informa a la población y a los encargados de la toma de decisiones y que se utiliza en Suiza desde 2004. Nada cuestiona el crecimiento en sí, no podíamos esperar otra cosa, pero las voces de alarma crecen.

 

La dimensión de género

     El PIB tampoco es neutro cuando los analizamos desde una perspectiva de género. Empecemos por el principio: en la creación del PIB sólo encontramos hombres. Fue ideado poco antes de la Segunda Guerra Mundial y se vinculó estrechamente con la pretensión de movilizar recursos para una eventual contienda bélica. Se efectuó, pues, de acuerdo con una lógica militar e industrial y con el objetivo de proporcionar a los gobiernos una visión de los recursos que podían ser movilizados en caso de guerra y, varios años después, con la reconstrucción industrial. Así que podemos decir que ya desde muy pronto el PIB incorporó preocupaciones que históricamente se han vinculado al sexo masculino relacionadas con el control político y económico (el poder, la guerra, la dedicación técnica y la industria).

     Por otro lado, y como ya mencioné antes, la actividad doméstica no está contemplada en el PIB. La producción de bienes sí (arreglos, pintura), pero no la de servicios (limpiar, cocinar, cuidar). Es decir, aunque contabiliza los bienes generados por las economías domésticas no hace otro tanto con los servicios generados fundamentalmente por las mujeres, actividades socialmente infravaloradas debido a su supuesto carácter femenino y que dan buena cuenta de lo que realmente importa (siempre para un indicador creado, como se ha dicho, para los hombres).

     El trabajo de cuidados, desarrollado mayormente por mujeres, es uno de los ámbitos en el que más dura e injustamente se manifiesta el carácter machista del crecimiento y, por tanto, de su indicador de referencia. Es una de esas actividades no valoradas (ergo, invisibilizadas) por el PIB, pero imprescindibles para que el sistema económico actual pueda funcionar.  Lo recalca Amaia Pérez Orozco: “Los hogares son el ámbito donde en última instancia se ajustan todos los procesos de forma que adquieran sentido económico, esto es, que sostengan la vida”[3].

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La limpieza doméstica, inexistente para el PIB

     Pero los agentes económicos, racionales, egoístas, que buscan su propio bienestar (tal y como nos dice la teoría económica liberal) sólo actúan en el ámbito público. El homo economicus ya apareció directamente en el mercado, epicentro de la organización social (de lo que importa para el PIB), de tal modo que “las tareas relacionadas con la producción, mayoritariamente realizadas por hombres y de dominio de la naturaleza con una alta huella ecológica son consideradas como creadoras de riqueza y superiores[4], mientras la cruel y difícil, pero fundamental tarea de mantener la vida fue arrinconada en la esfera de lo gratuito. Sin miramientos, sin reconocimiento colectivo, sin ningún gesto de gratitud.

     En definitiva, si lo único que prima el crecimiento, la lógica de la acumulación, está claro que la sostenibilidad social no es una prioridad, sino una responsabilidad invisible que el PIB relega al ámbito privado. Y esa invisibilización de trabajos de las mujeres es también la invisibilización de las mujeres mismas, la apropiación de sus experiencias y la negación de la complejidad de sus vivencias.

 

Falso bienestar

     Debemos reconocer que la relación entre consumo y bienestar es bastante nebulosa. De entrada, en tanto que la publicidad se encarga de crear nuestra agenda de necesidades artificiales, la compra de bienes y servicios nunca proporcionará satisfacciones reales y auténticas. En todo caso, nos situará en un permanente estado de insatisfacción que creemos menguará con cada nueva adquisición. Y esa nueva adquisición debe venir rápido, así que el mercado debe sacar nuevos productos constantemente y asegurarse, de paso, de que se van estropeando los que ya tenemos. Así que podemos decir que el consumo provoca, en mejor de los casos, estados de satisfacción tan falsos como efímeros que nos obligan a trabajar más tiempo del necesario para que podamos comprar más productos innecesarios. Es un círculo vicioso con un propósito claro y preciso: crecer. O lo que es lo mismo, aumentar el valor del PIB.

     Todo ello tiene su reflejo en el informe The Happy Planet Index, de The New Economiscs foundation (2006), que demuestra que el aumento de riqueza de un país en PIB por persona va acompañado de un crecimiento cada vez más débil de la satisfacción promedio de la población, correlación que se pierde cuando este indicador excede de los 15.000 dólares al año.

     También se pueden vincular la renta personal y la esperanza de vida. De nuevo, se confirma la correlación positiva en el conjunto de países del mundo, pero se pierde más allá de los 18.000 dólares al año. Pensemos que la salud depende de múltiples factores como el entorno social y físico, las condiciones de vida y de trabajo, la distribución de la riqueza, el nivel de educación, el acceso a servicios sociales, etc. Un buen ejemplo de esto lo encontramos en Cuba; una sociedad de la escasez donde la dieta presenta muchas frutas y verduras y se estila la sana costumbre de caminar y utilizar la bicicleta (debido a la precariedad del sistema de transportes). La esperanza de vida allí es la misma que en EEUU (datos de la OMS de 2015).

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La bicicleta en Cuba, una sana costumbre que no crea PIB

     La conclusión que se puede extraer de estos estudios es que la riqueza material (incluyendo los servicios de asistencia médica, la presencia de agua potable, la higiene, la educación o la alimentación) es determinante en un primer momento, pero en una segunda fase la forma de vida propia del modelo productivista, excesiva y sedentaria (contaminación, desigualdades, violencia, estrés, tabaquismo) tiende a influir negativamente en la salud general.

         Así pues, no parece extraño que la felicidad no se haya incrementado en las sociedades opulentas, más bien lo contrario. Serge Latouche anota una de las razones por las que los países ricos en PIB no son necesariamente más felices: “Una sociedad basada en la avidez y en la competición produce inevitablemente una masa enorme de “perdedores” absolutos -los dejados a su suerte- y relativos -los resignados-, esto es, de frustrados, al lado de un pequeño grupo de depredadores siempre ansiosos de consolidar su posición y de fortalecerla[5].

 

 Un modelo de sociedad

     Dije al principio de este texto que la elección del PIB como indicador de riqueza y crecimiento se debe a que refleja un determinado modelo de sociedad. Efectivamente, la dimensión global de los bienes producidos y su adecuación a las necesidades no son apenas tomadas en cuenta. El tiempo libre, fundamental en nuestra relación con el bienestar, tampoco importa. El corolario nos lo sirve Carlos Taibo: “El PIB refleja un modelo de sociedad, y en consecuencia determina la condición de las políticas macroeconómicas y sociales[6].

     Efectivamente, el PIB determina las partidas destinadas a educación y sanidad, entroniza el crecimiento económico como elemento central, permite que las grandes empresas presuman de sus contribuciones a la riqueza nacional y alienta un reconocimiento público por ello. Lorenzo Fioramenti lo resume de una manera brillante: “Detrás de una cifra aparentemente neutral e inocua, el PIB remite a un mundo de luchas por el poder y conflictos de interés suscitados por el discurso político hegemónico. En último término, el PIB debilita la democracia en la medida en que ensalza el papel de los tecnócratas y expertos[7].

     Una mirada crítica al PIB nos invita a reflexionar sobre su significado y su validez. Sirve de herramienta a las clases dominantes para imponer políticas, obligar a consensos e implantar estrategias en nombre de los números. Para el sistema capitalita, está claro que es un magnífico medidor. Pero no tiene en cuenta la satisfacción de muchas necesidades, es incapaz de medir el bienestar, desgasta la democracia, no considera (fomenta, de hecho) la destrucción de los ecosistemas y el agotamiento acelerado de recursos y, además, incorpora un sesgo de género que ahonda en una cultura patriarcal que ya dura demasiado. Cabe preguntarse entonces si no sería más conveniente adoptar otro tipo de indicador, uno que esté en armonía con la naturaleza y nos permita medir aquellos aspectos que conforman la buena salud de las personas y las sociedades en vez de la buena salud de los negocios.

 

[1] Jean Gadrey, Florent Marcellesi, Borja Barragué, Adiós al crecimiento.

[2] Paul Hawken, Una declaración de sostenibilidad.

[3] Amaia Pérez Orozco, Subversión femenina de la economía.

[4] Florent Marcellesi, Cooperación al posdesarrollo.

[5] Serge Latouche, Salir de la sociedad de consumo.

[6] Carlos Taibo, ¿Por qué el decrecimiento?.

[7] Lorenzo Fioramenti, Gross domestic problem.

 

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