Por qué decimos NO al CETA

Por Jesús Iglesias. Con el enemigo a las puertas, cientos de miles de personas salieron ayer a las calles de toda Europa para mostrar su rechazo al CETA, el acuerdo de libre comercio que hasta ahora han estado negociando en secreto Canadá y la Unión Europea. El Día de acción global, convocado por la Campaña No al TTIP junto con otras organizaciones sociales y políticas europeas, demostró que l@s ciudadan@s, tras poner contra las cuerdas las negociaciones comerciales de la UE, no quieren este tipo de acuerdos, pensados únicamente para incrementar el flujo de inversiones y el poder de las grandes corporaciones. Pese a esta fuerte oposición, el Parlamento europeo tiene previsto ratificar el CETA el próximo 14 de febrero, con lo que empezará a aplicarse de forma parcial y provisional con vistas a su confirmación final en los parlamentos nacionales de los veintiocho miembros de la UE.

     A diferencia del TTIP, las negociaciones concluyeron en 2014, fuera de los focos y del debate político. En efecto, este acuerdo ha pasado mucho más desapercibido que su hermano mayor, por lo que es de prever un papel aún más preponderante de las grandes empresas en detrimento, como no, de l@s ciudadan@s. La intrigante ausencia de documentos publicados sobre la negociación y el deliberado silencio de la partes para con el público dan buena cuenta de ello.

     Lo primero que hay que tener claro es que no sirve de nada tumbar el TTIP si el CETA sale adelante. Primero, porque implica la misma armonización a la baja (bonito eufemismo que podríamos traducir como dar preferencia a las regulaciones más beneficiosas para las corporaciones), la misma desprotección laboral y social, la misma vía libre para la implantación de transgénicos y los mismos tribunales de arbitraje (aquí llamados sistema tribunal de inversiones, lo que de facto viene a ser un sistema judicial paralelo y profundamente antidemocrático).  En segundo lugar, porque las multinacionales estadounidenses pueden utilizar el CETA a través de sus filiales canadienses para acceder al mercado europeo, lo que significa que estamos ante un auténtico caballo de Troya, como acertadamente ha apuntado el eurodiputado de la formación ecologista Equo, Florent Marcellesi.

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     El acuerdo, por otro lado, apuesta por la eliminación de las barreras comerciales (salvaguardias para la salud y el medio ambiente) y despeja el camino para una progresiva desregularización de los servicios públicos (vender lo que es de tod@s a los amigotes), ya que limita seriamente la capacidad de los gobiernos para fortalecerlos o revertir la liberalización de los mismos. En este aspecto llama la atención la presencia de una lista negativa, una relación de todos los servicios públicos “liberalizables”, que nunca antes la UE había incluido en sus tratados. Esta lista probablemente es, junto con los ya citados tribunales de arbitraje (que, recordemos, permitirán hacer vinculantes los mecanismos que permiten demandar a los gobiernos si se consideran perjudicados por sus decisiones), el gran triunfo de los lobbies de las grandes multinacionales en el texto definitivo del CETA. Cuca Hernández, integrante y activista de la plataforma ATTAC, no puede ser más certera: “Aunque nos lo quieran vender como un intento de gobernar la globalización, el CETA ahonda la actual crisis global de desregulación del mercado, el empleo y el capital”.

     Y no quiero dejar pasar dos efectos importantes que también conllevarán la ratificación del acuerdo. El primero, que el CETA supone un obstáculo prácticamente insalvable en la lucha contra el cambio climático, ya que fomenta el transporte transatlántico y la comercialización de un petróleo mucho más sucio, que es el que se obtiene de las arenas bituminosas a través de la técnica de fracking. La minería canadiense está, pues, de enhorabuena mientras las grandes petroleras, Repsol entre ellas,  presionan para diluir la Directiva sobre calidad de los combustibles, prevista para garantizar la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero.  Si a esto sumamos que el CETA supondrá un frenazo a la producción de energía limpia autoproducida y localizada, vemos que, en definitiva, el acuerdo otorga más poder a las multinacionales energéticas y, por lo tanto, propicia un aumento considerable de las emisiones de CO2 a la atmósfera, algo que que va justo en sentido contrario a lo acordado en la reciente Cumbre de París.

     El segundo tiene que ver con las denominaciones de origen protegidas (que garantizan a l@s ciudadan@s que el producto que consumen ha sido desarrollado de acuerdo a criterios estrictos en una zona concreta), y que el CETA sacrifica en un 90%. Efectivamente, con su aprobación, la fabada asturiana, las castañas de Galicia, la caballa andaluza, el vinagre de jerez, la chufa valenciana, el plátano de Canarias o nuestra querida ensaimada mallorquina podrán ser fabricados, copiados y plagiados en Canadá sin que los productores españoles puedan hacer absolutamente nada. Parece ser que, cuando se habla de propiedades y patentes, las de Monsanto o las de Bayer son intocables, pero en cambio las de los productores locales no lo son tanto. La razón es muy sencilla; tanto las clases que crea como los privilegios que otorga el propio sistema económico penetran en todos los ámbitos, también en el de la propiedad intelectual. Recordemos que las denominaciones de origen protegidas son propiedades intelectuales colectivas reconocidas por la Organización Mundial del Comercio.

    Otros graves efectos de la entrada en vigor del acuerdo son una mayor presión sobre l@s agricultor@s (debido a la fuerte competitividad comercial) y el rechazo del principio de precaución (un principio consagrado en el Tratado de Lisboa cuya eliminación pone en riesgo la salud de consumidor@s y medio ambiente, ya que se basa en riesgos que los países norteamericanos no incluyen en su regulación de la agroindustria y la ganadería, como el uso de disruptores hormonales o antibióticos en animales).

     La agricultura, siguiendo con el tema, es uno de los sectores que se verán más afectados con la ratificación del acuerdo, debido al papel que juega en ella la mencionada agroindustria. Y es que una característica importante que incluye el CETA (al igual que el TTIP) es su condición de acuerdo vivo, en el sentido de que, de salir adelante, permitirá que los temas controvertidos puedan apartarse temporalmente para ser retomados más tarde cuando el contexto sea más propicio para su aprobación, momento a partir del cual todas las instancias existentes en la UE y en Canadá quedarán obligadas a adaptar su legislación a lo estipulado en el tratado. Como dice Carlos Taibo en su libro Para entender el TTIP, es un “genuino cerrojo, impuesto por los poderes económicos y financieros, ante cualquier norma que ponga en peligro sus intereses“. Y es que, mientras a l@s ciudadan@s no se les pregunta nada, las grandes empresas disponen de una capacidad enorme de decisión y veto. Dicho esto, y al calor de esta permantente revisión de las normativas, Canadá no dudará en presionar contra ese principio de precacución, que ahora funciona en la UE, para introducir sustancias químicas de dudosa consideración sanitaria en los sectores de la agricultura y ganadería.

     Con estos mimbres, no nos queda otra alternativa que demostrar, tanto desde Europa como desde Canadá, que podemos frenar este modelo neoliberal y globalizador, desmantelar la estructura de impunidad que algun@s se han construido contra el resto del mundo y defender nuestros derechos, que tanto trabajo y tantas vidas han costado. Podemos revertir los flujos de  comercio y la inversión salvajes, que crean enormes bolsas de pobreza en el Sur, destruyen el medio ambiente y acaban con la biodiversidad y con los recursos básicos del planeta. Porque la ratificación de este acuerdo no es sólo un mero convenio entre partes; es la gran victoria del entramado político-empresarial sobre el ciudadano, es el toque de gracia que la pequeña élite privilegiada asesta a la gran mayoría, es el triunfo, en definitiva, de una batalla decisiva en esta lucha de clases que se libra desde arriba.

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