Carl Honoré: “Estamos atrapados en la cultura de la prisa y de la falta de paciencia”

Por Jesús Iglesias. Nuestra cultura nos inculca el miedo a perder el tiempo, pero la paradoja es que la aceleración nos hace desperdiciar la vida”. Carl Honoré, historiador y periodista, nos ofrece en su libro Elogio de la lentitud (2004) una buena solución para vivir mejor en un mundo obsesionado por la prisa: la filosofía slow, reducir la marcha y buscar el tiempo justo para cada cosa. No es una invento pasajero de monjes budistas o ejecutivos estresados, sino un cambio histórico que no entiende de fronteras ni clases sociales, una actualización de los conceptos clásicos del ser en vez del tener y el aquí y ahora. Frente a esta cultura de la velocidad, la falta de paciencia, la superficialidad y la multitarea, la obra de Honoré aboga por restaurar una relación saludable con el tiempo para encontrar la lentitud, redescubrir los pequeños momentos y priorizar la vida.

     Vivimos siempre en el carril rápido y hemos creado una cultura de la prisa donde buscamos hacer cada vez más cosas con cada vez menos tiempo”. Somos esclavos de los horarios, del ruido, del consumo, de la hipoteca y de lo que se espera de nosotros, y eso equivale simplemente a sobrevivir, no a vivir consciente y responsablemente. En este sentido, el consumismo, inherente a la cultura occidental, es otro poderoso incentivo para ir rápido. Ya dijo Alexis de Tocqueville que “quien se interesa exclusivamente por la búsqueda del bienestar mundano siempre tiene prisa, pues sólo dispone de un tiempo limitado a su disposición para asirlo y disfrutarlo”. Hoy, con el mundo entero como gran escaparate, este análisis es más cierto que nunca y la gente recurre a la tecnología porque piensa que le ahorrará tiempo, pero “la tecnología es un falso amigo. Incluso cuando ahorra tiempo, estropea el efecto al generar toda una serie de deberes y deseos”. Un problema añadido es que, como el cerebro humano está condicionado para la velocidad, nos acostumbramos a ella, de modo que nuestra relación con el tiempo es cada vez más difícil y disfuncional. “El hábito de la velocidad alimenta una necesidad constante de más rapidez”. Y nada mejor refleja esta idea que nuestro todopoderoso automóvil, identificado como uno de los principales enemigos de la filosofía slow que, más que cualquier otro invento, expresa y alimenta nuestra pasión por la velocidad. “En el mundo real, la velocidad es la forma más corriente de desobediencia civil […] Personas que jamás pensarían en violar la ley tienen la costumbre de hacer una excepción cuando se trata de correr en el coche”.

     Hemos generado una especie de dictadura social que no deja espacio para la pausa, para el silencio, para todas esas cosas que parecen poco productivas. Un mundo tan impaciente y tan frenético que hasta la lentitud la queremos en el acto. “La velocidad ha contaminado todas las esferas de nuestras vidas, como si fuera un virus: nuestra forma de comer, de educar a los hijos, las relaciones, el sexo… hasta aceleramos el ocio. Vivimos en una sociedad en que nos orgullecemos de llenar nuestras agendas hasta límites explosivos”. En efecto, las antiguas civilizaciones utilizaban los calendarios para saber cuándo plantar y cosechar, la vida obedecía a los dictados del tiempo natural. Pero cuando empezamos a dividirlo, pasó a dominarnos y nos convertimos en esclavos del horario. Benjamin Franklin bendijo el matrimonio entre el beneficio y la prisa con un aforismo que hoy sigue en plena vigencia: “el tiempo es oro”; nada reflejaba mejor la nueva mentalidad que pagar por horas en vez por producto. En este sentido, la precisa medición del tiempo ha permitido la extensión de la industrialización y la urbanización, de modo que podemos decir claramente que “el reloj es el sistema operativo del capitalismo moderno”, lo que posibilita todo lo demás: reuniones, fechas límite, contratos, procesos de fabricación, horarios, transporte, turnos de trabajo, etc. Por fin, con el despertador y el reloj portátil, la puntualidad recibió un formidable refuerzo y se pudo determinar el tiempo exacto asignado a cada tarea para buscar la máxima eficiencia.

     “La lentitud nos devuelve una tranquilidad y un ritmo pausado que nos permite ser más creativos en el trabajo, tener más salud y poder conectarnos con el placer y con los otros. Hay que reaprender el arte de gozar si queremos ser felices”. Por esa razón, desde los tiempos en los que los sindicalistas destrozaban los relojes de las fábricas durante la Revolución Industrial, la resistencia al culto a la velocidad no ha cesado, cuajando incluso en amplios movimientos sociales durante las últimas décadas. El  terremoto de la contracultura, que tuvo lugar en los años 60, estimuló a millones de personas a reducir el ritmo y a vivir de una manera más sencilla. En EEUU, el Downshifting  y, en especial, el movimiento Simplicidad voluntaria, han impulsado (y practicado) un estilo de vida más austero, con menos trabajo, más tiempo libre e incluso un modo de ser y estar entregados al arte de vivir.

     Las diferencias con respecto al nuestra relación con el tiempo son, en buena parte, culturales. Para Occidente el tiempo es lineal, un recurso finito y precioso cuyo aprovechamiento ha llegado a convertirse en una obsesión con el cristianismo (utilizar bien el tiempo) y la industrialización (culto a la eficiencia). Para otras tradiciones, como la hindú, la china o la budista, el tiempo es cíclico, va y viene, nos rodea de una manera constante. Esto significa que, para que la filosofía slow pueda avanzar en la cultura occidental, sus partidarios han de desarraigar el profundo prejuicio que existe contra la idea de ir más despacio; lento sigue siendo una palabra fea en muchos ámbitos, sinónimo de torpe, lerdo o perezoso, y es que aunque mucha gente quiera cambiar su ritmo, la sociedad le envía constantemente un bombardeo de mensajes que aseveran que la velocidad es Dios. “En nuestra cultura hiperactiva, en la que prima la rapidez, una vida acelerada al máximo sigue siendo el trofeo más importante que uno puede exhibir”.  

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          “La mejor forma de aprovechar el tiempo no es hacer la máxima cantidad de cosas en el mínimo tiempo, sino buscar el ritmo adecuada a cada cosa”. Un buen ejemplo de esta aceleración de la vida la podemos encontrar en la comodidad que proporciona el fast food: comemos solos, en movimiento, mientras hacemos otra cosa o vemos la televisión, una aceleración que, por cierto, corre paralela a la aceleración en las granjas: “fertilizantes químicos y pesticidas, alimentación intensiva, reforzantes digestivos antibióticos, hormonas del crecimiento, modificación genética: todas las tareas científicas que el hombre conoce se han desplegado para reducir costes, fomentar la producción y hacer que el ganado y las cosechas crezcan con más rapidez”. El resultado de todo ello es que nos alimentamos mal y padecemos las consecuencias de los productos procesados (con una gran cantidad de azúcar, sal y gasa), de las verduras que maduran en contenedores refrigerados y de la contaminación del agua por la agricultura intensiva. Es lo que denuncia el movimiento slow food, que a su vez reivindica los productos de temporada, frescos y locales, recetas transmitidas a través de generaciones, una agricultura sostenible, cenar despacio con familia y amigos…. Es cierto que la comida sana, variada, tradicional, lenta en definitiva es, en general, más cara,  “pero es ése el precio que debemos pagar por comer mejor. El problema es que el mundo se ha acostumbrado a la comida barata“.

     “Tal es la carencia de tiempo para realizar nuestras excesivas ocupaciones que descuidamos a los amigos, la familia y los socios. Apenas sabemos disfrutar de las cosas porque siempre estamos poniendo nuestra atención en lo siguiente”. Tod@s sabemos que nuestras vidas son demasiado frenéticas y queremos ir más despacio, por eso cada vez hay más personas que tratan de tomarse las cosas con calma, vivir la vida de otra manera, reducir una marcha, incluso entregarse al placer de la contemplación… son hombres  y mujeres que, sin saberlo, forman parte de un movimiento a nivel mundial no reconocido, no estructurado, pero que va tomando forma de cruzada global contra el estrés y la prisa: el movimiento slow, que resalta además la importancia de tener una actitud más reflexiva sobre lo que nos rodea, ya que “la velocidad es una manera de no enfrentarse a lo que le pasa a tu cuerpo y a tu mente, de evitar las preguntas importantes”, preguntas que un@ no se hace porque quizás no le guste las respuestas, porque quizás es mejor tener permanentemente la cabeza ocupada constantemente que reflexionar sobre los problemas que tenemos o que nos rodean.

     Pero no se trata de sustituir el culto a la velocidad por el culto a la lentitud.  El secreto está en el equilibrio, en hacerlo hacer las cosas a la velocidad apropiada, en el tempo giusto. Ser lent@ significa permanecer sosegad@ e imperturbable incluso cuando las circunstancias nos fuerzan a acelerar. “El gran beneficio de ir más lento es que proporciona el tiempo necesario para establecer unas relaciones significativas, con el prójimo, con la cultura, con el trabajo, con la naturaleza, con nuestro cuerpo y con nuestra mente. Algunos llaman a eso vivir mejor. Otros dirían que es un bien espiritual”.

     Hemos pasado de un mundo donde el grande se comía al chico a otro donde el rápido se come al lento. La importancia de la rapidez en la vida económica es infernal. Todo objeto inanimado o ser viviente que se interpone en nuestro camino se convierte en enemigo (en el caso de los automóviles este fenómeno ha llegado hasta límites groseros) y poco a poco hemos ido perdiendo la capacidad de esperar. “La cultura de la gratificación instantánea es muy peligrosa”. Con todo esto, es evidente que “el movimiento slow implica un cuestionamiento del materialismo sin trabas que dirige la economía global”, por lo que muchos opinan que no podemos permitírnoslo (o que es privilegio de los ricos). Cierto es que algunas manifestaciones no son apropiadas para todos los presupuestos (medicina alternativa, comida ecológica), pero la mayor parte sí (pasar más tiempo con amigos y familia, caminar, cocinar, meditar, hacer el amor, leer). “Resistirse al impulso de ir más rápido es gratuito”.

     En nuestra época hedonista, el movimiento slow se guarda un as en la manga: ofrece placer. Implica disfrutar más de las cosas y proporciona buena salud, un medioambiente en buen estado, comunidades y relaciones fuertes y vernos libres del perpetuo apresuramiento. Es, en el fondo, una filosofía próxima a las perspectivas del decrecimiento, porque la invención del reloj, en plena Edad Media, fue el punto de partida de esta revolución de los tiempos modernos, es decir, del nacimiento de la sociedad del crecimiento, de la economía del tiempo, que es también su economización: pierde su concreción, deja de tener vínculo con lo vivido y se transforma en una magnitud homogénea, una papilla inconsistente que perdemos por querer aprovecharlo demasiado. Decrecimiento y filosofía slow comparten una clara denuncia a la aceleración febril del tiempo, que lo revela como una fuerza artificial y opresiva que ha convertido al ser humano moderno, occidental, en un habitante de un mundo regido por los símbolos mecánicos y matemáticos del reloj cronometrado. Porque, al fin y al cabo, la dominación del hombre por una creación del hombre resulta incluso más ridícula que la dominación del hombre por el hombre.

 

 

 

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6 comentarios en “Carl Honoré: “Estamos atrapados en la cultura de la prisa y de la falta de paciencia”

  1. Me ha encantado esta lectura, estoy muy de acuerdo. Hoy en día vivimos dominados por el reloj y lo hacemos todo a toda prisa. Es difícil romper con estos patrones porque este culto a la velocidad está alimentado por el sistema mismo. Y, claro, necesitamos ser parte del sistema. Trabajamos 40 horas a la semana (si no más), y el tiempo que nos queda lo rellenamos a toda prisa. Al final se nos va la vida sin apreciar las cosas verdaderamente importantes, dormitamos hasta el día siguiente y entregamos los mejores años de nuestra vida a este sistema de prisas y entretenimientos fáciles. Por razones similares, escribí hace poco “¿Vives para el fin de semana?” (http://www.musafrugal.com/vives-para-el-fin-de-semana), que está un poco relacionado. ¡Gracias por el artículo y un saludo!

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    1. Gracias Musafrugal, me ha gustado mucho tu artículo, es totalmente cierto lo que escribes. De hecho, antes yo mismo era bastante así. Pero desde hace algún tiempo, trato de trabajar poco en la medida de lo posible. No sólo por tener más tiempo libre, que creo en el fondo es una de las claves de la felicidad, sino como un rechazo frontal a la cultura del trabajo y la moral del esfuerzo, ideas salidas de la Revolución Industrial, como no, que transformó la sociedad de arriba a abajo a gusto de la nueva burguesía y para desgracia de los trabajadores. El libro de Honoré habla sobre esto y da algunas pautas de cómo aplicar la filosofía slow en los ámbitos de la comida, la ciudad, el sexo, el ocio, la educación, etc. Aunque quizá le falta un poco de profundidad, (tampoco creo que la pretenda), te lo recomiendo. Un saludo!

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