Optimismo peligroso

Por Jesús Iglesias. Con el Teatro principal de Palma hasta los topes, el histórico periodista Iñaki Gabilondo y el destacado jurista Antonio Garrigues Walker dedicaron algo más de ochenta minutos a analizar algunos de los temas de más actualidad a nivel global: Donald Trump, la independencia de Cataluña, el Bréxit, la cuestión de los refugiados, el proyecto de España como país, etc. En general, ambos estuvieron lúcidos en sus análisis, certeros como siempre y nos dejaron varias reflexiones muy interesantes, algo que por otro lado ya es una costumbre en actos protagonizados por estos dos brillantes intelectuales. Pero durante el desarrollo de la charla, Iñaki Gabilondo lanzó dos ideas que me gustaría comentar aquí: nos espera un mundo mejor y Europa es un supermercado.

 

Nos espera un mundo nuevo y mejor

           ¿De verdad? Me cuesta creer que alguien tan formado (y, especialmente, informado) como Iñaki Gabilondo no haya oído hablar del cambio climático, la escasez de recursos y materias primas energéticas (especialmente el petróleo), la extinción masiva de especies (sexta de la historia, primera causada por el ser humano), un presión demográfica insostenible, el efecto multiplicador de la crisis financiera, la delicadísima situación social… y el hecho nada despreciable de que las consecuencias de todos estos fenómenos, por si fuera poco, se alimentan entre sí. Teniendo en cuenta que el propio desarrollo del sistema capitalista se fundamenta en generar continuamente la ilusión de un futuro mejor (las razones son obvias), entiendo que Gabilondo estaba hablando como un digno representante del establishment pro-crecimiento que necesita, como es lógico, insuflar optimismo sea como sea y a cualquier precio. Porque en su fuero interno, sabe, y mejor que muchos de nosotr@s, lo que realmente está pasando y que su  afirmación “el tiempo (actual) es muy ilusionante” no ayuda en nada.

          ¿Y qué está pasando? pues que nuestra civilización tiene, básicamente dos problemas: una incapacidad de aceptar los límites impuestos por el planeta y una fe ciega e irracional en la tecnología. Resolver estos problemas es cada vez más difícil porque aún no hemos entendido que no todo se puede conseguir con los métodos adecuados. Efectivamente, la cultura occidental tiene la curiosa creencia de que con buena voluntad, iniciativa, ingenio, etc. todo puede resolverse; la fe mueve montañas, los límites están en tu mente, puedes conseguir lo que te propongas (si tienes el suficiente dinero, claro), nos dice el vigente mantra liberal. No es cierto, como nos recuerda Antonio Turiel: “Nuestra sociedad de consumo nos va permeando con la idea de que con suficiente dinero todo se puede cubrir, y lo que nuestra capacidad física no nos permite la omnipotente tecnología será capaz de suplir[1]. Esta realidad resulta muy conveniente (y, sobre todo, muy cómoda) porque elimina la incertidumbre del mundo real a la vez que nos impulsa a consumir sin reflexionar.

          El otro problema que tenemos, el tecnooptismo, ideal para las desgracias, que entendemos como defectos de nuestra permanente ilusión de un mundo mejor, es la creencia de que la tecnología lo resolverá todo si recibe la suficiente inversión. El mismo Gabilondo se refirió a ella: “La ciencia, tecnología… están avanzando a gran velocidad, abriendo caminos llenos de esperanza”. El fondo de la cuestión aquí es que esta idea alimenta el convencimiento de que existe un problema intrínseco en nuestro esquema de juego que se solventa sacando del campo a los titulares (coche de combustión interna, energías sucias) y haciendo jugar a los suplentes (coche eléctrico, energías renovables). Mirándola con perspectiva y un poco de distancia, esta idea es resultado del infantilismo en el que nos ha sumido la cultura de consumo actual. Pues bien, creo que ya es hora de que crezcamos un poco: no todos los problemas se pueden resolver; ni siquiera papá Estado, junto con las autoridades científicas, está en condiciones de hacer apenas nada, salvo obstaculizar las posibles estrategias para minimizar los efectos de los dos problemas en cuestión. De hecho, éstos adquieren tintes dramáticos cuando las propias administraciones aceptan el papel de entrenador-Dios que proveerá de soluciones que no puede, ni en muchas ocasiones sabe, cumplir.

          Así que, en definitiva, ser optimista es una manera socialmente aceptable de ser un suicida. El vago sentimiento de inquietud, no materializado ni en angustia ni en acción (y menos en una actitud expectante) que nos proporciona la ignorancia puede sortear equilibrios emocionales delicados; pensando que ocurrirá lo que deseamos, eludimos el costo emocional de aceptar que estamos equivocados, que los datos, por el contrario, hablan claro, que los síntomas son evidentes. Carlos Taibo da en el clavo cuando afirma que la estrategia de agarrarse a la información que nos es más cómoda sugiere que los cambios a los que se enfrenta nuestra civilización serán lentos, predecibles, que los podremos manejar a base de medidas menores, que en todo caso las autoridades sabrán que hacer[2] . El socorro de la tecnología, dice John Michael Greer, funciona como una especie de tótem religioso que difumina mágicamente todas las situaciones delicadas[3]. El carpe diem, una de las consecuencias de este optimismo perpetuo, se manifiesta las más de las veces en una primacía radical otorgada al corto plazo que bloquea toda estrategia con un mínimo de alcance que se presente.

          Así que, señor Gabilondo: el optimismo es peligroso, evita entender que los pequeños cambios no sirven para nada, que cambiar los jugadores o las estrategias manteniendo las reglas del juego tampoco es útil en absoluto, que estamos buscando soluciones haciéndonos las preguntas equivocadas, que no hay tiempo para resolver los verdaderos problemas y que lo máximo que podemos hacer es minimizar sus efectos si acudimos (eso sí) directamente a la raíz. Una persona de su talla intelectual, sin duda un referente en el periodismo y una poderosa influencia como creador de opinión, sabe que el optimismo en un momento como el actual retrasa las respuestas y las estrategias realmente efectivas y nos lleva en una dirección equivocada, suicida. Hay que contar la verdad: existen límites a la naturaleza (empezando por la termodinámica) con los que nos vamos a chocar en breve, de frente y yendo a toda velocidad, por lo que nuestra situación actual se ubica en la mismísima antesala de un colapso civilizatorio que no podremos evitar y para el que hay que empezar a tomar medidas de forma urgente si queremos mitigar sus peores efectos. Y de paso habría que empezar a convencerse de que, como bien apunta Richard Heinberg, los milagros no existen[4] . Seamos razonables, y racionales.

 

 Europa es un supermercado

           ¿Qué quiso decir Iñaki Gabilondo con “Europa es un supermercado?” No se entendió bien, de hecho, minutos después tuvo que matizar la frase: “entiéndase…. Europa es mucho más”. Vamos a tratar de desgranar el sentido de esta idea, ese supermercado que es mucho más.

          Desde el Tratado de Maastricht (1992), el mercado común europeo se ha convertido en un proyecto político, concebido para servir al de la gestión de las sociedades implicadas por parte de los monopolios generalizados. La prueba más palpable de esto es la centralidad de la OTAN en esta construcción política, y su permanente expansión hacia el este como medida de emergencia del imperialismo de los centros dominantes del capitalismo (EEUU, Europa, Japón), diseñada para hacer frente al desafío que representan las periferias de Asia, África y América Latina.

          En realidad, lo que se ha construido a partir de ahí es una política común y compartida con respecto al Sur de agresión permanente contra los pueblos y los Estados que osen poner en cuestión este sistema particular de globalización. Por otro lado, a nivel interno, la construcción de la UE y de la zona euro han sido concebidas y edificadas como bloques de construcción de la globalización neoliberal, un sistema que asegura el dominio exclusivo del capitalismo de esos monopolios generalizados. Lo que tenemos, apunta el prestigioso politólogo Samir Amin, es un proyecto, el europeo, vendido a la Europa Occidental como el fin de las contiendas bélicas y a la Europa del Este como promesa de opulencia al estilo occidental que se ha revelado como un ajuste estructural penoso, una austeridad impuesta a los trabajadores que se ha saldado con un desastre social[5].

          La solución a este desaguisado pasa por comprender que ha llegado la hora de la expropiación de los expropiadores. Lo primero, cuestionar las políticas de austeridad, antidemocráticas en su origen e injustas en su reparto. Como este primer avance topará de frente con el sistema de gestión del euro por parte del BCE, no va a quedar otra que salir del euro y restaurar la soberanía monetaria (o monetarias, pero eso es otro tema), de los Estados europeos. Me temo que es la única posibilidad de apertura de espacios de autonomía y revisión de tratados y textos que organizan las instituciones europeas, con vistas a implementar medidas encaminadas a poner en marcha la socialización de los monopolios: nacionalización definitiva de bancos en dificultades y sectores estratégicos, legislación fiscal fuertemente progresiva y penalizar las empresas que opten por la deslocalización.

          Pero volvamos a la frase de Gabilondo: “Europa es mucho más”. Totalmente cierto, Europa como perfil político tiene unas raíces históricas, ha desarrollado una secularización avanzada, una confianza en la política sobre el mercado (fruto de la irradiación de las ideas de la Revolución francesa por toda Europa), ha conseguido pacificar los antagonismos de clase a través de la acción colectiva, ha mostrado (al menos, hasta ahora) una especial sensibilidad ante vulneraciones de los derechos humanos (fruto, posiblemente, de un pasado de totalitarismos) y ha construido formas supranacionales de cooperación (bajo la creencia de que la necesidad de que la acción soberana de ser restringida dentro de ciertos márgenes). Desde luego tiene razón Gabilondo cuando afirma que “la idea (de Europa) tenía un aliento muy superior“.

          Siguiendo a Habermas, y contrariamente a la realidad, el recorrido natural de este camino debería consistir en la creación de una constitución europea que profundice en la integración, en un refuerzo a la capacidad de acción colectiva y a reducir el déficit democrático. Podría ser un vehículo para la formación de la identidad europea, para revivir el proyecto kantiano de la paz perpetua, que exigiría, en última instancia, derogar el derecho internacional que regula las relaciones entre los estados y establecer procedimientos inclusivos de representación popular con un fuerte protagonismo del debate y la participación[6]. Porque Europa no necesita grandes multinacionales neocolonialistas que escriban las reglas del juego, sino grandes proyectos integradores que mejoren la vida de su ciudadanía y haga de la solidaridad el valor central en un entorno de bienestar y protección a las personas. Florent Marcellesi vincula acertadamente la idea de Europa a la de democracia: “En un continente y mundo cada vez más interconectado e interdependiente, el futuro de la democracia pasa por Europa y su capacidad de compartir proyectos y visión común[7]. Ese “mucho más” es la seña inequívocamente social de una Europa que logró expulsar al fascismo de los centros de poder y restaurar un amplio Estado del bienestar (con todos sus defectos) que hoy se va diluyendo a marchas forzadas. Europa está hoy en disputa, su democracia y sus valores fundamentales representan un reto que sólo se alcanza con más democracia y menos oligopolios.

 

[1] Antonio Turiel, The oil crash.

[2] Carlos Taibo, Colapso.

[3] John Michael Greer, La riqueza de la naturaleza.

[4] Richard Heinberg, Buscando el milagro.

[5] Samir Amin, Europa vista desde el exterior. (Artículo)

[6] Jürgen Habermas, Occidente escindido.

[7] Florent Marcellesi, La batalla por Europa. (Artículo)

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4 comentarios en “Optimismo peligroso

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