Feminización de la pobreza (Parte 1)

Por Jesús Iglesias. Como sostiene Alicia Puleo, la idea que vincula más a las mujeres que a los hombres con la naturaleza y la vida no deja de ser una construcción cultural que tiene su origen en el acceso restringido a las armas y a su tradicional papel como responsables de las tareas de cuidado de la vida más frágil, así como del mantenimiento de la infraestructura material doméstica. De esta manera, las mujeres han desarrollado una “subjetividad relacional atenta a los demás y con mayor expresión de la afectividad. Cuando estas características se unen a una adecuada información y a una sana desconfianza hacia los discursos hegemónicos, se dan las condiciones para que se despierte su interés por ecología[1]. Desde otro punto de vista, Sherry Ortner afirma que la asociación biológica de las mujeres con la naturaleza ha creado una situación de subordinación, ya que lo natural es algo que debe ser dominado, interpretado y controlado. “La mujer ha sido identificada con, o si se prefiere, parece ser el símbolo de algo que todas las culturas desvalorizan, algo que todas las culturas entienden que pertenece a un orden de existencia inferior a la suya. Ahora bien, sólo hay una cosa que corresponde a esta descripción, y es la “naturaleza” en sus sentido más general[2].

     Las relaciones entre género y subordinación que apuntan Puleo y Ortner tienen su reflejo en los informes tanto del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD como del Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente PNUMA, que reconocen, como resultado de la diferente posición social y conocimiento del medio rural que tradicionalmente han tenido tanto hombres como mujeres, el distinto rol que ambos desempeñan respecto al uso, control y gestión de los recursos naturales y energéticos. Así pues, el papel de reproducción de la vida asignado a las mujeres las perfila como responsables del aprovisionamiento familiar y colectivo, de forma que, en los países empobrecidos, vemos que ellas suelen llevar a cabo funciones claramente definidas de vigilancia de las tierras y el agua, ordenación de la fauna y la flora de los bosques, las tierras áridas, los humedales y la agricultura o recolección de agua, combustible y pasto para uso doméstico. Según la FAO, las agricultoras representan más de la cuarta parte de la población mundial producen el 60-80% de los alimentos en los países del sur y la mitad a nivel mundial.

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Campesina boliviana

     Así que, como siempre, la peor situación se vive en el Sur. La economía agrícola ofrece más oportunidades para el trabajo asalariado masculino y las mujeres, que pagan el precio del funesto crecimiento económico que tanto obsesiona al Norte enriquecido, son, además, las mayores víctimas de las agresiones medioambientales y de los programas de desarrollo. En definitiva, son realmente las mujeres quienes mejor conocen el lado dramático de la modernización, para ellas una maldición, que las lleva a tener que emigrar, vivir en chabolas de grandes capitales con su familia, aceptar trabajos precarios y mal pagados o acabar en las redes de prostitución.[3]

     En este sentido, la agroindustria, como una de las actividades más dañinas para el medio ambiente (debido al uso de pesticidas y tóxicos que emplea, su desmedido gasto de agua y energía, a la contaminación que genera, etc), está acabando con la agricultura de subsistencia familiar, los bosques comunales o la biodiversidad. Todo ello provoca un deterioro en las condiciones de vida de los habitantes del Sur, especialmente de las mujeres, en lo que Vandana Shiva ha acertado en llamar mal desarrollo: la situación de escasez que crea la deforestación o la desertificación dificulta el acceso a educación y participación en la esfera productiva de mujeres y niñas, a la vez que las obliga a incrementar su esfuerzo físico con desplazamientos a pie cada vez más largos. [4]

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Mujeres y niñas recibiendo educación en Chad

     Si la implantación de la agroindustria golpea especialmente a las mujeres, estando además, muchas veces sometidas a una doble jornada laboral, los bajos niveles de educación que en general presentan, la falta de tiempo ligada a la división del trabajo y/o la actividad doméstica y de cuidados, la falta de empoderamiento y las relaciones sociales de desigualdad y/o opresión promovidas por el mercado o el Estado, hacen que las mujeres, aparte de sufrir restricciones en materia de enseñanza y participación, como se ha dicho, vean a menudo limitado el acceso y control de los recursos de todo tipo (económico, financieros, productivos, etc) y naturales, en particular la posesión de la tierra. La paradoja es totalmente diabólica; por un lado, las mujeres dependen más de los recursos naturales y de propiedad y, por otro, ven limitado su acceso al control de los mismos por una cuestión que, en el fondo, es el resultado de una imposición cultural.

 

Acaparamiento y explotación

     En tanto que las mujeres son las que habitualmente cultivan la tierra para alimentar a sus familias, la compra de grandes extensiones de suelo productivo en países de desarrollo por parte de grandes multinacionales extranjeras para obtener enormes cantidades de alimentos dedicados a la exportación, repercute principalmente en ellas. Este fenómeno se conoce con el nombre de acaparamiento, y suele ir acompañado del correspondiente control sobre otros recursos como, por ejemplo, el agua, sin duda un recurso igual o más valioso que la tierra en sí.

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Agricultora mexicana arando la tierra

    Como se puede deducir, el objetivo principal del acaparamiento de tierras no es, desde luego, una altruista preocupación por la seguridad alimentaria, como nos intentan hacer creer las grandes compañías chinas, japonesas, británicas o estadounidenses; aquí se trata, simplemente, de hacer negocio. O, mejor dicho, agronegocio; las plantaciones de palma aceitera por sí solas son responsables de la mayor parte del acaparamiento de tierras en el sector de los alimentos y la agricultura en los últimos años. Los gobiernos, como viene siendo habitual, juegan un papel muy importante construyendo infraestructuras, modificando regulaciones y estableciendo asociaciones público-privadas que facilitan la inversión del sector privado en la agricultura, incluyendo, como es el caso, la adquisición de tierras. No es casual que el último informe de Oxfam Internacional, “Una economía para el 99 por ciento“, denuncie que la población femenina, que suele emplearse en los sectores mal pagados, sufre una gran discriminación laboral, asume una desproporcionada carga de trabajo no remunerado y suele encontrarse en la base de la pirámide. El documento denuncia también cómo las grandes corporaciones y las personas superricas avivan la actual crisis de desigualdad.

     En efecto, el caso del aceite de palma es paradigmático; tal como denuncia el último informe a este respecto de Amnistía Internacional, ” El gran escándalo del aceite de palma: abusos laborales detrás de las grandes marcas“, el uso de tarifas por pieza (en el que los trabajador@s son pagad@s en base a tareas completadas y no por horas) y el empleo de un complejo sistema de penalizaciones, hace que en Indonesia se hayan registrado serios abusos de los derechos humanos que, aparte de prácticas continuadas de discriminación por género, incluyen trabajos forzosos, explotación infantil y actividades peligrosas para la salud (uso de pesticidas tóxicos o transporte de pesadas bolas de frutos de palma). El documento apunta a que las mujeres, junto a los menores, son las grandes afectadas ya que, a menudo, cuando terminan sus jornadas (consistentes, muchas veces, como digo, en rociar palmeras durante horas con pesticidas y fertilizantes), acuden a ayudar a sus maridos, a pesar de los efectos que las sustancias tóxicas presentes en aquéllos tienen para la salud.

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Niña trabajando en las plantaciones de palma aceitera en Indonesia

     Por si fuera poco, a la rapiña del agronegocio debemos sumar la perversa tradición en muchos países africanos que impide a las mujeres ser dueñas de las tierras que trabajan, incluso en un supuesto escenario de igualdad política. El rechazo social a la propiedad de las mujeres, vigente en muchos lugares, se traduce en que cuando una superficie comienza a ser rentable tras años de trabajo, aparece el marido, el hijo o cualquier familiar varón y puede reclamar su propiedad sobre ella. Toda la razón tiene Aurora Moreno, cuando concluye que legalizar las tierras y ponerlas a nombre de las mujeres es la única forma de hacer frente a la discriminación ancestral y a la venta de tierras a empresas extranjeras.[5]

 

Desvalorización

          No debemos olvidar que, como se ha dicho, al mismo tiempo las mujeres suelen llevar a cabo las tareas del hogar, lo que las convierte en las responsables de las actividades y los servicios domésticos que requieren esos recursos, muchas veces extraídos del sector informal (aunque fundamental, como  la recolección y transporte de leña y otros combustibles). Son, como tod@s sabemos, actividades como cocinar, calefactar o iluminar, prácticas no valorizadas por el mercado. De esta manera, las mujeres se convierten en importantes gestoras de los recursos naturales, la biodiversidad y de los procesos de reproducción de la vida. La FAO estima que “las campesinas generan ganancias productivas y reinvierten hasta 90 por ciento de sus ingresos en el hogar, dinero que se gasta en alimentación, salud, educación y actividades generadoras de ingresos, lo que ayuda a romper el ciclo de la pobreza”.

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Mujer llevando agua en la República Centroafricana

         Por otro lado, al depender más de los recursos naturales, de propiedad y gestión comunitaria, al llevar el mayor peso (tanto en el Norte como en el Sur) de la economía de subsistencia como dispensadoras de la vida material familiar y colectiva, al contribuir de manera decisiva a una socialización unificadora de la familia (y de la comunidad) y al desarrollar ese importantísimo trabajo que es la reproducción social de los trabajadores y campesinos, las mujeres tienden a acumular conocimientos y saberes relacionados con los ecosistemas, con la biodiversidad y con todo lo referido a la sostenibilidad de la vida humana, un hecho que se acentúa aún más en las comunidades empobrecidas, que dependen más de de los recursos que tienen a su disposición. Es una idea asumida dentro de la cooperación internacional que pone en valor Florent Marcellesi: “los conocimientos de las mujeres sobre el medio ambiente son un recurso muy valioso que se ha desechado y minusvalorado con demasiada frecuencia[6]. Esta minusvaloración de los amplios y sabios conocimientos de las mujeres sobre el entorno natural, la biodiversidad y los procesos de reproducción de la vida se suma, en fin, a la devaluación de su trabajo y a la invisibilización de sus luchas y de sus logros, de sus experiencias y de sus vidas.

     En la continuación de este texto hablaremos sobre la crisis de los cuidados (que presenta una dimensión solidaria de difícil sustitución), la situación de las mujeres que deviene con el actual mundo globalizado y la necesidad de un cambio de perspectiva que ajuste los equilibrios de poder en aras de una igualdad real entre hombres y mujeres y que ponga en el centro tanto la sostenibilidad como la seguridad alimentaria.

 

[1] Alicia Puleo, La perspectiva de género en la conciencia ecologista.

[2] Sherry Ortner, La construcción cultural del género y la sexualidad.

[3] Carlos Taibo, Por qué el decrecimiento.

[4] Vandana Shiva, Abrazar la vida: mujer, ecología y desarrollo.

[5] Aurora Moreno, La tierra, para las mujeres que la trabajan. (Artículo)

[6] Florent Marcellesi, Cooperación a posdesarrollo.

 

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4 comentarios en “Feminización de la pobreza (Parte 1)

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