Feminización de la pobreza (Parte 2)

Por Jesús Iglesias. Este segundo capítulo de la serie está íntegramente dedicado a un aspecto de la feminización de la pobreza que considero particularmente grave, la llamada crisis de los cuidados. A modo de recordatorio, la primera parte abordó la diferente asignación de roles en función del género en los procesos de producción campesina y la difícil situación de la mujer fruto de este desigual reparto, el hegemónico papel de la agroindustria en los países del Sur y la franca desvalorización, tanto de actividades como de saberes, que ha invisibilizado en gran medida el papel de la mujer en la organización económica.

     Si podemos definir la sostenibilidad de la vida como aquel conjunto de actividades y procesos que la hacen digna de ser vivida y en equilibrio con los ecosistemas, uno de sus pilares principales es el cuidado de las personas. Buena parte del mismo se desarrolla de forma mercantilizada, inserta dentro los procesos de acumulación de capital, con lo que, para evitar la explotación que conlleva y el ánimo de lucro que la mueve, una buena idea sería mantener las actividades de cuidados fuera de los resortes del mercado, sin menoscabo de unas condiciones dignas en la profesionalización del trabajo correspondiente, que pasaría a estar gestionado a través de los servicios públicos o de la economía social y solidaria. Pero no vayamos tan rápido, antes echemos dos vistazos a la situación actual.

 

Una mirada desde el Sur

     En aquella parte del globo, la línea que separa habitualmente el empleo (actividades que contabilizan oficialmente como riqueza) y el trabajo (actividades necesarias para el sostenimiento de la vida) queda mucho más difuminada. En efecto, ir a buscar leña o agua, cultivar un terreno o criar animales es la base de la supervivencia, actividades realizadas -igual que el cuidado de las personas y el trabajo doméstico- mayoritariamente por mujeres. Ciertamente, para alguien que viva en el norte enriquecido quizá le resulte un tanto extraño que el trabajo asalariado sea minoritario en la mayoría de países de esa región, especialmente tanto para mentes colonizadas por la cultura de la racionalidad y la cuantificación capitalista, dominante en esta civilización industrial, como para personas que piensan que la economía nació anteayer con Adam Smith o, aún peor, ayer con los expertos habituales de los programas de la televisión (habituales con sorna, evidentemente, porque, aun con gran formación y amplios conocimientos en la materia que les ocupa, siempre son los mismos).

     Bueno, la idea era que, en el Sur, la vida se sostiene principalmente fuera del mercado, a cargo de mujeres y en el seno familiar, lo que proporciona con toda seguridad más cohesión y bienestar social que cualquier programa de políticas públicas. El problema es que tienen que hacer frente a dos grandes obstáculos; el primero, que esta cantidad enorme de trabajo no remunerado no se tiene apenas en cuenta a la hora de elaborar programas de inserción de las mujeres en el mundo laboral, y, valiéndome de la antropóloga Natalia Quiroga, el segundo sería la “exclusión sistemática de amplios sectores de la población del acceso a los recursos indispensables para satisfacer sus ne­cesidades de reproducción, biológica y social[1]. En efecto, es algo que nos suena porque ya lo traté en el anterior post. Pero lo recupero aquí porque es esta falta de acceso lo que está generando movimientos migratorios forzosos y masivos de mujeres tanto del Sur hacia el Norte como hacia otros lugares del Sur (con todo lo que implica en cuanto a las condiciones en las que se producen esas migraciones). Las mujeres, incorporadas al trabajo de cuidados en sus nuevos lugares de residencia, se ven obligadas a abandonar a sus propias familias a cambio de empleo mientras otras mujeres emprenden otros proyectos en el sur para ocuparse de los cuidados desatendidos.

     Si bien desde los movimientos por el decrecimiento hemos insistido mucho en la necesidad de relocalizar la economía con el fin tanto de erradicar la explotación laboral en el Sur como, en palabras de Serge Latouche, “producir localmente los bienes esenciales en la medida de lo posible, y recuperar el anclaje territorial de la política, la cultura y el sentido de la vida fundamental para revertir la huella ecológica[2], ya es hora de reivindicar con la misma fuerza la relocalización del trabajo doméstico y de cuidados, pues no olvidemos que la dimensión solidaria que conllevan refleja en gran medida el programa reivindicativo del decrecimiento, lo cual por otro lado, y no casualmente, ofrece una explicación certera de la notable presencia de mujeres en él. En otras palabras, es necesario organizarse para poner en el centro la vida, en un escenario de total restructuración del sistema desde la justicia de género y eliminando la explotación vinculada al régimen capitalista de producción.

 

Una mirada desde el Norte

     Como ha sucedido en anteriores crisis, es el trabajo realizado mayoritariamente por mujeres dentro de los hogares el que está minimizando los efectos devastadores tanto de la destrucción de los servicios públicos como de la drástica reducción del capital monetario disponible en muchas familias. Desde Oxfam, Anna Ratcliff lo ratifica: “Cuando se recortan los servicios públicos porque las grandes corporaciones y las personas más ricas no pagan los impuestos correspondientes, las mujeres suelen ser las más perjudicadas […] Por ejemplo, cuando la educación no es gratuita, la población femenina es la queda afuera”.

     Es así como las élites políticas y empresariales, tomando esta vez como pretexto la crisis financiera, han lanzado un ataque frontal contra la sostenibilidad de la vida. Esto, por otro lado, demuestra que, como se dice habitualmente, el trabajo de cuidados en los hogares es contracíclico; cuando se recorta desde el Estado, además de mermar la calidad de los servicios, se trasvasa un elevado número de horas de trabajo a los hogares que será realizado mayoritariamente por mujeres. Las razones son sencillas de dirimir, por un lado muchas familias no pueden pagar estos servicios liberalizados (regalados a los amigotes) y, por otro, el incremento del paro requiere una intensificación del trabajo doméstico y de cuidados que se ha de asumir, esta vez, fuera del mercado. Queda claro que, como certeramente apunta Antonella Picchio, son los hogares la variable de ajuste que sostiene el sistema: “El proceso productivo no se sustenta solamente en el trabajo remunerado que permite producir bienes y servicios; se extiende al trabajo no remunerado que permite la reproducción social y la de la clase trabajadora. Sin el trabajo doméstico y el cuidado de las personas y de sus relaciones, el sistema económico no podría perpetuarse. Sin embargo, la economía del crecimiento no lo contempla de ninguna manera[3]. No hace falta recordar que las dificultades para sostener todo ese trabajo no remunerado, agravadas además por la actual crisis del sistema, se verán amplificadas en virtud de una probable ratificación de los tratados que ahora mismo tratan de abrirse paso, como es el caso del CETA.

     Efectivamente, con el mercado como centro de la organización social, y objeto preferente, es prácticamente imposible en el Norte difuminar la barrera entre los espacios público y privado. De manera que, en palabras Amaia Pérez Orozo: “Afirmar la primacía de la satisfacción de las necesidades humanas y la sostenibilidad social como objeto básico de la sociedad, nos obliga a iluminar el lugar social prioritario en el que se realizan dichos objetivos: el grupo doméstico[4]. Entendiendo por tal tanto una malla afectiva, responsable e interdependiente de personas, como también una red de dominación y subordinación con límites precisos. Por lo tanto, se echa en falta una visión feminista de la economía, que ponga en el centro del tablero los requerimientos del grupo doméstico para resolver las necesidades materiales e inmateriales de las personas que lo integran.

     Estas dos visiones nos permiten entender el modo en que el capitalismo y el patriarcado gestionan la interdependencia de la realidad humana en términos de explotación generalizada y nos permite vislumbrar el creciente abandono de los Estados, aliados del capital, de sus responsabilidades en el cuidado de las personas y, al fin y al cabo, de la sostenibilidad de la vida. Lo paradójico es que, después de todo, el trabajo de cuidados, invisible, desvalorizado y no remunerado, es también necesario para que el sistema capitalista siga funcionando, como quedó patente en la primera parte de esta serie, y como ahora certifica Carlos Taibo: “La ratificación del orden capitalista reclama una ratificación paralela del patriarcado, con la voluntad expresa de que las mujeres se mantengan en los hogares y sigan desarrollando su trabajo de cuidados de forma gratuita, con el consiguiente ahorro para las instituciones[5]. La mística de la feminidad no se llegó a ir del todo, las mujeres siguen siendo objeto de una visible marginación simbólica y material, y ahora, además, víctimas de una formidable multiplicación de las formas de explotación que obliga a hablar de una inevitable crisis de los cuidados que es, en último término, una crisis de sostenibilidad.

 

La brecha de género

     Entre los varios elementos que, según entienden Fernández Durán y González Reyes, asisten a la sagrada voluntad del capitalismo en el tema que nos concierne (la concentración de población en las ciudades, el retroceso de los espacios de socialización, el creciente individualismo, la mayor presencia de ancianos y tardía emancipación de los hijos)[6], mención especial merece la incorporación masiva de las mujeres al trabajo asalariado, siempre en condiciones inferiores tal y como recoge la agencia Eurostat, cuyos informes muestran, año tras año, una brecha salarial de género que, además, es muy contraproducente para el conjunto de la sociedad, en palabras de la expresidenta del Consejo de la UE Gabriela Matecná: “La brecha de género le cuesta caro a la sociedad en términos de producción agraria, de seguridad alimentaria y de crecimiento económico”. El último informe de UGT, con datos de la EPA de 2016, muestra, además del crecimiento de esa brecha de género, que las mujeres no sólo están menos ocupadas que hombres, sino que además cubren mayoritariamente los contratos a tiempo parcial, mientras los de tiempo completo presentan una elevada presencia masculina. Y esto no es todo; a esta discriminación salarial se suma el (lamentablemente famoso) techo de cristal, que impide que las mujeres alcancen puestos de responsabilidad tanto en el sector privado como en el público, lo que a su vez se refleja en la escasez de puntos de vista femeninos (y feministas) desde las esferas del poder político y económico, como apunta Victoria Herranz: “La tendencia a desempeñar trabajos subordinados indica la escasa influencia de las mujeres en las decisiones politicoeconómicas[7].

     En el caso de España, con la transición, las mujeres, sobre todo las jóvenes, comienzan a introducirse en el mercado laboral y la brecha de género consigue reducirse en más de la mitad en los últimos 25 años. Muchas de ellas dieron este paso para poner tener sus propios ingresos, ya que la independencia económica era necesaria para posibilitar cierta autonomía y capacidad de decisión sobre sus propias vidas. Sin embargo esto no impidió que siguieran haciendo el trabajo de casa, al entender que era el suyo. De hecho, resulta interesante constatar que, independientemente de su grado de participación en el mercado laboral, el trabajo que realizan las mujeres en los hogares está creciendo, lo que pone de manifiesto que a ellas corresponde por mandato social la responsabilidad última del bienestar doméstico: en ausencia de otros recursos monetarios, son las mujeres las que se las apañan para resolver las necesidades cotidianas.

     Más concretamente, las circunstancias actuales están generando lo que Amaia Pérez Orozco llama economía de retales, la activación de redes que antes estaban latentes o no existían, y en la que se ponen en común los recursos familiares (dinero, trabajo, conocimientos, bienes, espacios y tiempo), La globalización neoliberal nos iba inoculando el anhelo de autosuficiencia, pero lo endeble de esta forma vital se hace patente en momentos de crisis. La autosuficiencia en y a través del mercado, que gira en torno a un modelo predefinido y auto-contenido de familia, muestra su tremenda fragilidad en cuanto el contexto mercantil deja de ser favorable. Es entonces cuando vemos que nos necesitamos unxs a otrxs; la interdependencia en tanto condición básica de la existencia exige el funcionamiento de redes que se hagan cargo de la vida[8].

     Llegados a este punto, desde una economía feminista entendemos que, incorporadas las mujeres al trabajo asalariado como una anomalía (me vuelvo a servir aquí de Amaia Pérez Orozco), lo mejor es que sigan así si no quieren verse convertidas en un nuevo homo economicus, movido únicamente por su interés personal, autosuficiente, sin atisbo de responsabilidad social, disponible en todo momento para las necesidades de la empresa y en cuyo imaginario destaca un altar dedicado al laissez-faire. Porque el mercado laboral es una institución pensada para personas que no tienen que cuidar de nadie, una paradoja insostenible que constituye la “normalidad” desde la que se construyen las retóricas de igualdad y conciliación, una estructura frágil, que desvaloriza el sostenimiento de la vida e invisibiliza una cantidad de trabajos enorme. Frente a la lógica de la acumulación, las mujeres son el auténtico colchón del sistema económico, ellas reajustan los trabajos no remunerados para seguir garantizando la satisfacción de necesidades, garantizando, al fin y al cabo, la vida

 

El expolio máximo

     El empleo generalizado de instrumentos que visualicen la distribución por sexos del tiempo dedicado al trabajo, implantados en el Norte fruto de una larga lucha feminista, evidencian que las mujeres tienen que hacer frente a mayores dificultades en el empleo remunerado porque asumen el peso principal del trabajo no remunerado en el contexto de la familia, lo que a la postre supone diferencias de tiempo determinantes a la hora de valorar sus posibilidades de generar recursos económicos. Porque, al final, las mujeres, sea cual sea su situación frente al mercado, siempre dedican más tiempo que los hombres a las tareas domésticas. Todos los datos visibilizan el peso que los roles de género siguen teniendo en las actividades de mujeres y hombres, fruto de la doble jornada femenina, y nos sirven el trasfondo de la cuestión: la incorporación de las mujeres al mercado laboral no incide sustancialmente en la corresponsabilidad masculina en el trabajo no remunerado. Al final, queda claro que en unas sociedades estructuradas en base al salario, la falta de recursos impide a muchas mujeres tener acceso a vidas autónomas.

     Es importante tener presente que el trabajo de cuidados rompe con los paradigmas existentes (hogar como único lugar de trabajo propio de las mujeres y trabajo como algo delegable típico del sistema asalariado) y resalta lo inmaterial. Esto último es muy importante, ya que lo hace muy difícil de sustituir por el mercado y presenta un componente afectivo que contrasta con visiones materialistas del bienestar, lo que hace, como resultado, que sea muy difícil delimitar con exactitud la diferencia entre tiempo de vida y tiempo de trabajo (y más aún si se combina con otras formas de trabajo remunerado). Esta enorme transversalidad lleva a pensar que probablemente tenga razón Frieda Forman cuando afirma que, independientemente de los datos, el trabajo de cuidados se asienta en una plena y constante disponibilidad, con lo que “hablar de las mujeres y del tiempo es hablar del expolio máximo. Sólo los hombres libres pueden comprometerse a ceder su tiempo, mientras que las mujeres no lo poseen para poder darlo“. Esta apreciación se convierte en la explicación central de por qué las mujeres no han podido acceder a los mismos niveles salariales que los varones y de por qué tenemos que seguir denunciando y visibilizando la feminización de la pobreza.

 

Una economía feminista desde el decrecimiento

     El modelo que delega en las mujeres el trabajo de cuidados gratuitos se está volviendo cada vez más insostenible, al estar ligado a una estructuración social en la que mercados capitalistas y jerarquía sexual son expresiones interconectadas. Pero sigue inamovible y, lo que es peor, seguirá sin ser cuestionado mientras los discursos predominantes se sigan situando en contra de una economía más feminista, igualitaria y en interés de tod@s. Desde el feminismo institucionalizado se manejan dos ideas para superar la situación, que describe Amaia Pérez Orozco: la primera abogaría por un reparto equitativo del trabajo remunerado y no remunerado, por la corresponsabilidad de la vida y por una apuesta por políticas públicas de conciliación; y la segunda reivindica, sin tapujos, un cambio de modelo que coloque la sostenibilidad de la vida y el bienestar de las personas al frente de las prioridades de las comunidades y como objetivo último, en vez de situar la meta en la sostenibilidad de los procesos de acumulación de capital y emplear a las personas como herramientas para tal fin[8].

     Pese a que es cierto que vislumbran algunos aleteos del mainstream económico en pos de una economía más pluralista e incluso más humana (un ejemplo es el Informe Stiglitz, que aboga por redefinir los conceptos de crecimiento y bienestar), las exigencias del mundo laboral dentro de una economía de mercado no permite que se haga realidad el objetivo principal de los cuidados. Desde una perspectiva del decrecimiento cuestionamos la centralidad del trabajo e invitamos a reflexionar sobre la dinámica entre producción, empleo y consumo, en torno a la cual se estructura la mayor parte de nuestro tiempo. Proponemos reorientar  nuestras actividades hacia el autoconsumo y para la colectividad, primar las relaciones humanas y respetar los ritmos de la naturaleza. Se trata, en definitiva, de cambiar las prioridades, visibilizar la vida, facilitar la autogestión colectiva y democrática, salir de los circuitos de intercambio mercantil a través del trueque o la reciprocidad (prácticas, como se ha dicho antes, muy importantes en los países del Sur global), recuperar el don (tiempo donado, una lógica que opera de forma constante en el ámbito del trabajo doméstico y de cuidados, como también ha quedado patente), garantizar desde las instituciones el acceso al sistema de cuidados como derecho universal priorizando la inversión en servicios públicos o fomentar desde las prácticas educativas la integración del enfoque de sostenibilidad de la vida en el programa escolar.

     Por último, aunque no menos importante, recordar que la sociedad en su conjunto debe responsabilizarse del trabajo de cuidados, lo que implica que los hombres asuman su parte en términos de igualdad, garantizando que la organización social del trabajo doméstico y de cuidados no esté basada, obviamente, en la explotación de las personas de los países empobrecidos. Hoy, aunque la familia nuclear es la forma más generalizada de organización, el grupo doméstico presenta muchas formas y diferentes voces, llegadas también, y en gran medida, de otras partes del mundo; ancianas que viven solas, familias monomarentales o monoparentales, amig@s que viven juntos, parejas homosexuales o heterosexuales con o sin hij@s, etc. Son muchas combinaciones, muchas maneras de conjugar afectos y desafectos, muchas necesidades materiales e inmateriales, muchas formas de enfrentarse a las duras exigencias de la globalización en curso. Y de esto, entre otras cosas, hablaré en la tercera y última parte de esta serie.

 

[1] Natalia Quiroga, Economía feminista, social y solidaria.

[2] Serge Latouche, Pequeño tratado de decrecimiento sereno.

[3] Antonella Picchio, Reproducción social.

[4] Amaia Pérez Orozco, La economía desde el feminismo.

[5] Carlos Taibo, Por qué el decrecimiento.

[6] Ramón Fernández Durán y Luis González Reyes, En la espiral de la energía.

[7] Victoria Herranz, Igualdad bajo sospecha.

[8] Amaia Pérez Orozco, De vidas visibles y producción imposible.

[9] Amaia Pérez Orozco, La economía desde el feminismo.

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2 comentarios en “Feminización de la pobreza (Parte 2)

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