El día de la mujer también es cosa de hombres

     Por Jesús Iglesias. Cada vez que una mujer es asesinada, más pronto que tarde, entre la indignación y la rabia, entre la condena y el revuelo, salen a la superficie las mismas cuatro palabras. Una y otra vez, de forma automática, la pregunta obligada salta como un resorte y golpea como una losa, como un gong, como un gancho en la mandíbula. Para formularla, bastan, como digo, cuatro palabras: “¿y los hombres, qué?”. De hecho, se podría decir, sin riesgo a equivocarse demasiado, que es una pregunta planeada. Los es porque nunca proviene de una persona neutral y con interés intelectual legítimo en la materia, ni de algún ingenuo o de alguien que no posee, digámoslo así, demasiado tacto. Ni siquiera procede de alguien que, con problemas severos de vocabulario, no acierta a dar con las palabras adecuadas. Muy al contrario, es la pregunta de quien minimiza el problema, de quien lo desprecia, de quien quiere hacerlo desparecer a golpe de tweet. Es la pregunta de quien nunca se interesa por la violencia, salvo cuando ésta es ejercida sobre una mujer y el suceso es recogido por los medios, porque cuando se trata de hombres que asesinan a hombres (el 95% de los casos en todo el planeta), no parece preocuparle mucho. Es la pregunta de quien aumenta las cifras de víctimas masculinas para decir que “violencia es violencia”, sin darse cuenta de lo profundamente simplista que es la afirmación, sin darse cuenta de los muchos tipos de violencia que se pueden practicar, sin darse cuenta de que la violencia hacia la mujer se ejerce sobre un trasfondo de machismo. Es la pregunta de quien se siente cómodo en esta sociedad desigual, porque desigualdad y machismo van de la mano. Es la pregunta de quien trata de evitar que se llegue a la raíz del asunto, porque sabe (o teme) que llegar a esa raíz es llegar a la raíz cultural del asunto, y porque entenderla, tomar conciencia de ella, implica poner en marcha la demolición cultural de la estructura patriarcal, rediseñar los roles de género, las identidades, las funciones culturalmente creadas y asignadas. Y eso, a muchos, a quienes dicen esas cuatro palabras, no les gusta nada.

     Ayer fue el día de la mujer, pero no un día de celebración, sino de lucha. Una lucha que clama por una sociedad más libre, igualitaria y respetuosa. Una sociedad sin violencia ni machismo, sin dominadores ni dominadas, sin jerarquías, sin abusos. Se puede conseguir, y tod@s saldríamos ganando. Pero gran parte del éxito en esta empresa depende de todos nosotros, esta vez sin arroba, y especialmente de aquellos que gustan de repetir cada cierto tiempo sus cuatro palabras favoritas. Porque muchas veces empleamos la violencia para resolver nuestras disputas. Porque muchas veces nos creemos propietarios de nuestras parejas o de nuestras hijas. Porque muchas veces entendemos que no sólo debemos ser respetados, sino también obedecidos. Porque no nos han enseñado a gestionar nuestras emociones, porque somos inseguros y muchas veces nos ponemos violentos. Porque la herencia de la superioridad masculina está tan anclada en nuestra cultura que muchas veces no distinguimos entre broma y falta de respeto. Porque muchas veces nos dicen desde pequeños que tenemos que alcanzar la cima, tener “éxito”, que ese es nuestro objetivo como hombres y sólo para los hombres. Porque muchas veces percibimos el empoderamiento de la mujer como un ataque a nuestra virilidad. Porque muchas veces no sabemos soportar las derrotas, necesitamos sentirnos ganadores, hemos sido educados para ser competitivos. Porque muchas veces hemos visto en las pelis que los héroes son todos unos machos implacables, fuertes, violentos, y que además debemos exhibir esas cualidades contra el que ose ponerse en nuestro camino. Porque muchas veces entendemos que hemos sacrificado demasiado y nos merecemos ser los primeros. Porque muchas veces gozamos de más impunidad, del favor de la opinión pública, que no es tan severa con nosotros. Incluso nuestros representantes entienden la violencia machista como un problema menor.

     La violencia contra la mujer es la expresión superlativa del poder que ejerce el varón sobre ella en la sociedad patriarcal, de la idea de la superioridad masculina que todos hemos interiorizado desde pequeños. Esto nos lleva a asumir y consentir formas de maltrato como normales que, incorporadas en nuestra identidad como una forma de afirmación de la virilidad y acompañadas de otros atributos masculinos como valentía, fuerza, riesgo o poder, pueden degenerar en violencia física. El miedo a la pérdida de masculinidad y a su feminización lleva a muchos varones a desarrollar mecanismos de defensa de hipermasculinidad, a veces patológicos y violentos. El aumento de la violencia de género tiene también su causa en esa reacción de algunos varones al empoderamiento de las mujeres.

     Hemos de tener claro que el género condiciona de una manera  muy intensa nuestro desarrollo personal, por lo que tomar conciencia de la opresión de la ideología patriarcal es necesaria para la libertad de tod@s. En los debates sobre feminismo, sobre las reivindicaciones de las mujeres, la identidad masculina suele quedar fuera, quizá porque incorporar una perspectiva femenina supone cuestionar la masculinidad, los privilegios que tenemos y que modelan una forma de vivir. Pero nuestro comportamiento, nuestro pensamiento, están muy condicionados por ella, de manera que la cultura patriarcal también perjudica a los hombres, nos conduce a un escaso desarrollo emocional y de la comunicación afectiva, nos impide llevar a cabo una construcción integral como personas. Tod@s somos víctimas, pero a la vez todos somos responsables de que se perpetúe.

     Pero para creer en la igualdad, para estar dispuesto a vivirla, a dejar espacio, a compartir el poder, a fomentar la solidaridad entre los hombres contra la violencia de género, a implicase en una mayor igualdad en la vida cotididana, para ser, en definitiva, feministas, primero hemos de dejar de ser machistas. Desmontar la normalidad masculina que hemos interiorizado, y que entiende que la violencia y el dominio se inscriben en el modelo masculino, pasa por entender que visibilizar la reproducción de esta ideología patriarcal y androcéntrica, que limita nuestro desarrollo, es necesaria para que la movilización contra la desigualdad no sea sólo cuestión de mujeres. Porque no es sólo cuestión de mujeres, también es nuestra. Muy nuestra.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s