Mascarillas contra la energía sucia

Por Jesús Iglesias. Frente al mayor desafío lanzado por la especie humana contra nuestro planeta, un movimiento global surge para pedir el fin de la tiranía de los combustibles fósiles. Con el lema #BreakFree, la ola mundial se levanta por el fin de las energías sucias y a favor de proteger a las comunidades vulnerables de los fenómenos meteorológicos extremos y de las grandes multinacionales del petróleo, el gas y el carbón, que envenenan el aire, ocupan la tierra y secuestran a los gobiernos. Es un movimiento ciudadano pacífico decidido a acabar con la era de la energía sucia e impulsar una transición justa a un futuro más limpio y sostenible.

     La energía ha sido la principal causa de un crecimiento demográfico sin precedentes, al haber garantizado, mediante la agricultura industrializada y el transporte motorizado, el abastecimiento a un mundo que entraba en un proceso urbanizador muy dañino en términos ambientales y terriblemente injusto en términos sociales. En las últimas décadas, el crecimiento ilimitado generado por el petróleo ha creado un modelo enormemente dependiente. A la vez, las metrópolis se han ido extendiendo sin control por todo el mundo, impulsadas desde las estructuras del poder y activadas por la lógica del mercado. En la actualidad, lo que tenemos son megalópolis (metrópolis interconectadas) tributarias de un enorme consumo de energía fósil, que es, como tod@s sabemos, lo que las hace factibles.

     Aparte de insostenible, este modelo requiere también sistemas centralizados y controlados por las grandes corporaciones transnacionales (eléctricas, petroleras) y otras relacionadas (automovilísticas, constructoras). Siendo éstos los agentes más beneficiados por este sistema económico, y  sus directivos los que más se han enriquecido, es evidente que el sistema capitalista ha determinado el tipo de modelo energético que habría de imponerse.

     Actualmente 90% de la energía que empleamos para transporte, generación de electricidad y usos domésticos, tiene un origen fósil. Demanda grandes centrales transformadoras de recursos, refinerías, centrales de generación eléctrica, etc. que conllevan la construcción de grandes infraestructuras, que a su vez requieren grandes cantidades de dinero y, de nuevo, de energía. Todo ello, lógicamente, se ha traducido en graves daños ambientales y sociales. En este modelo, el transporte motorizado y la velocidad que despliega han agrandado las distancias entre puntos de producción y consumo, lo que implica, una vez más, grandes infraestructuras para su distribución (gasoductos, oleoductos). No está de más recordar aquí que las empresas constructoras, para mantener económicamente estas enormes instalaciones, caras y complejas, se deben hacer con el control de los recursos de la zona correspondiente. El acaparamiento de tierras para la posterior fabricación de biocombustibles (bioetanol, biodiésel), una estrategia más, dicho sea de paso, en la consecución del ansiado crecimiento ilimitado (y que ignora, por lo tanto, los impactos ecológicos y la escasez de recursos)  es un buen ejemplo.

     Este modelo es absurdo, caro e insostenible. Genera gravísimos impactos en los ecosistemas, pérdida radical de biodiversidad, afecta a la salud y contribuye a la desigualdad social y a la injusticia ambiental. Nosotros abogamos por un nuevo modelo distribuido que apueste por acercar distancias, que minimice las pérdidas en transporte, que simplifique su mantenimiento, que democratice su acceso. Un modelo donde, en definitiva, el impacto ambiental y social sean los menores posibles. Entendemos que la energía no es un producto mercantil destinado a estimular el mercado, sino uno de los vectores principales de la transición hacia un nuevo modelo social que la reconozca como un derecho básico de las personas, sujeta a un reparto justo y accesible para tod@s. En este sentido, el modelo de producción debe priorizar la utilidad social y la sostenibilidad ambiental, mientras transita hacia un nuevo sistema organizativo donde prime el reparto del trabajo también de forma equitativa.

     Pero para ello tod@s tenemos que empezar a abrir los ojos: nuestra felicidad no mejora con el crecimiento del consumo energético. Ni tampoco nuestro progreso. Ya lo dijo el gran Iván Illich: “Debemos abandonar la ilusión de que un alto grado de cultura implica el más alto consumo de energía posible“. En las civilizaciones antiguas, sin tanto desarrollo tecnológico, los recursos energéticos estaban repartidos más equitativamente. A estas alturas, los progresos en cuanto a la tecnología y la disponibilidad de energía barata debieran haber aliviado a las personas de las tareas más duras, facilitado la disminución de la jornada laboral. Sin embargo, nada de eso ha pasado. El empleo sigue repartido de forma muy desigual, fomentando la exclusión y dificultando el acceso a la energía de muchas personas. Todo esto, como siempre, cruzado por un sesgo de género en el que las mujeres son siempre las más perjudicadas. En los países empobrecidos, la falta de acceso a la energía, esencial en el ámbito de la reproducción social (el 80% de la energía es empleada para tareas del hogar y tareas de cuidados), ha provocado que la proporción de mujeres rurales afectadas sea del 60% en África y el 80% en Asia, según el informe del Programa Naciones Unidas para el Desarrollo Humano (PNUD) de 1995.

     Por último, no puedo dejar pasar el hecho de que la mayoría de impactos ecológicos provocados por el ansia de crecimiento en el Norte enriquecido ha sido trasladada al Sur. Dicho de otro modo, hemos contraído una deuda ecológica que, bien mirado, no podemos pagar. En esto ha consistido nuestro tan preciado crecimiento: petróleo barato y externalización de daños ambientales. Hay que frenar este modelo, y para ello debemos cambiar nuestros hábitos y estilos de vida, necesitamos una nueva definición de riqueza, tenemos que regular de una manera racional y acorde a los límites la explotación de los recursos energéticos, favorecer la generación de energías limpias, fomentar el autoconsumo, reconocer la energía como un bien básico y avanzar hacia la soberanía energética.

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