Feminización de la pobreza (Parte 3)

Por Jesús Iglesias. La globalización, como hecho socio-económico más significativo de las últimas décadas del pasado siglo, está protagonizando un profundo proceso de transformación social en el que se pueden identificar nuevas formas de estratificación que coinciden con intensos cambios en muy diferentes ámbitos. Entre ellos podemos nombrar la sedante ética del consumo, la precarización del mercado de trabajo, la pérdida de derechos sociales, el debilitamiento de la política frente al poder financiero y la hegemonía de la tecnología en prácticamente todos los aspectos de la vida. Con este escenario, resituar a las mujeres dentro de estos vertiginosos procesos de cambio que se suceden en la actualidad pasa por dar cuenta de su complejidad como colectivo y de su posición con respecto a esas jerarquías que tanto gustan al sistema capitalista.

     No es una tarea fácil la que está encima de la mesa, debido principalmente a lo que Isabella Baker ha llamado silencio conceptual; el no reconocimiento de que la reestructuración global se produce en un terreno marcado por el género, pese a que los efectos de la globalización neoliberal sobre la vida de las mujeres, la feminización de la pobreza y la segregación en el mercado laboral son muy difíciles de obviar[1]. Más aún, no pueden entenderse los procesos asociados a la globalización sin contar con la variable de género. El Llamamiento del Foro Social Mundial de Porto Alegre, una reunión anual de miembros del movimiento por una globalización diferente, con el objetivo de compartir y organizar estrategias y organizar campañas de acción y actividades reivindicativas, concluye que “la globalización refuerza el sistema sexista, excluyente y patriarcal. Incrementa la feminización de la pobreza y exacerba todas las formas de violencia contra las mujeres. La igualdad entre hombres y mujeres es una dimensión central de nuestra lucha. Sin esa igualdad, otro mundo jamás será posible”. Aún así, saludamos que en los últimos años se haya registrado un incremento en el porcentaje de mujeres que acceden a la enseñanza secundaria, una reducción en los niveles de analfabetismo y una mayor presencia de aquéllas en empleos remunerados. Pero es evidente que aún queda mucho por hacer.

 

El rol crítico

     Este silencio conceptual, sin embargo, no puede ocultar el significativo deterioro en la vida de muchas mujeres en algunas zonas del planeta, como es el caso Europa central y oriental, así como una emigración masiva que gana terreno en el sudeste de Asia y en el que, y no es precisamente un problema menor, despunta cada vez más el lucrativo negocio de la trata. Efectivamente, el tráfico ilegal de mujeres como fuente de ingresos está aumentando y las mujeres copan la gran mayoría de los sectores de la prostitución y la industria del sexo. Este fenómeno podemos enmarcarlo en un cuadro más amplio de la mano de Saskia Sassen: “La globalización ha producido otro conjunto de dinámicas en las cuáles las mujeres están desempeñando un rol crítico[2]. La fuerte disminución de recursos del Estado destinados a la satisfacción de necesidades sociales abren una serie de vías que sirven de sustento protagonizadas por las mujeres, con lo que se está feminizando la supervivencia: la producción alimenticia de subsistencia, el trabajo informal, la emigración o la citada prostitución como actividades económicas de creciente importancia en las opciones de supervivencia para las mujeres.

     Para entender este rol crítico, debemos acudir a la raíz del asunto. Hasta hace poco, al ser uno de los sectores de población más pobres, las mujeres eran quienes más se habían beneficiado de los programas sociales de unos Estados que hace tiempo abandonaron la etiqueta de bienestar, incluso cuando supuestamente lo eran, ya que siempre se apoyaron en la unidad familiar heterosexual en un contexto en el que la mujer asumía todas las tareas del ámbito doméstico. Así que es evidente que la globalización no afecta de la misma forma a tod@s; las mujeres sufren un impacto mayor y más específico por ser quienes más acusan las medidas de austeridad correspondientes, ya que son los servicios asumidos por ellas donde más se aplican los recortes de presupuestos.

 

La falacia del trabajo sexual

     “La prostitución cursa con la feminización de la pobreza[3]. Estas palabras de Amelia Valcárcel tienen todo el sentido: la pobreza trae a las mujeres del Tercer Mundo alentadas o engañadas por las mafias de traficantes y terminan dentro de la prostitución como horizonte vital. Ayudar a estas mujeres, pobres e indefensas, explotadas y traficadas, implica actuar en dos direcciones; por un lado habría que acometer programas serios de inclusión social, abordar políticas de igualdad y poner freno a la pobreza y a la marginación. Convendría, y aprovecho ya que estamos, para llamar la atención sobre la conveniencia de recuperar en nuestro país la Ley de Igualdad de 2007, que enfilaba el camino de la igualdad real entre hombres y mujeres, y que una década después ha registrado visibles retrocesos. Formó parte de una apuesta valiente, que también puso en negro sobre blanco la Ley Integral contra la Violencia de Género (2004), la Ley de Salud Sexual y Reproductiva y de Interrupción Voluntaria del Embarazo (2010) y la modificación de la Ley de Matrimonio en 2005, que permitía la unión entre personas del mismo sexo. En su conjunto, las medidas incluidas abarcaban una gran variedad de ámbitos, eran leyes dotadas con recursos y sistemas de evaluación. De hecho el balance 2004-2011 habla por sí sólo. Ni que decir tiene que el PP, aparte de llevar la Ley de Igualdad al constitucional, se ha dedicado a poner trabajas de todo tipo.

     Sin embargo, y antes incluso, hay que eliminar el tabú del trabajo sexual, que como bien apunta Raquel Rosario Sánchez, “no admite ni víctimas ni vulnerabilidades ni opresiones estructurales. Toda mujer y niña se convierte en un ser que encuentra poder para decidir, acceder, curiosamente, a todo lo que el patriarcado de por sí quiere[4]. La expresión trabajo sexual no confiere dignidad ni respeto a esta explotación; es una sábana que desintoxica la industria, que oculta el fetichismo de la mercancía, la realidad material de la explotación a mujeres (y niñas) en situación de pobreza. “La universalización del discurso del trabajo sexual para hablar de prostitución es el triunfo del patriarcado más neoliberal”. Es la naturalización de la desigualdad, algo que se elige y que elimina por tanto cualquier atisbo de subordinación, de espacios para las víctimas entendidas como elementos necesarios dentro de las relaciones de poder. No nos engañemos; la expresión trabajo sexual sirve para legitimar las divisiones de clase y las desigualdades de género[5]. Nos impide, desde luego, hacernos muchas preguntas en torno a secuelas psicológicas, contextos sociales permisivos y piruetas con el lenguaje. Pero sí hay víctimas. Víctimas y perpetradores.

     Por otro lado, hace falta un cambio de valores culturales. Porque bien lo dice Beatriz Ranea: “El consumo de prostitución trasciende a los demandantes y tiene que ver con la construcción del género masculino en una sociedad patriarcal capitalista como la nuestra en la que la prostitución aparece como una institución donde se hacen muy explícitos los privilegios de la masculinidad[6]. Las mujeres parecen así como objetos-cuerpo, devaluados socialmente, y al servicio de los hombres, sujetos hegemónicos. La prostitución no entiende de años, ni de clases, ni de nivel educativo o ideología política. La única coincidencia es pertenecer al género masculino, porque la demanda femenina es tan insignificante que no constituye ni siquiera un fenómeno social (una “cosa”, que diría Durkheim).

     Ese cambio de valores comienza en la infancia, cuando en la socialización de los niños la prostitución merece un trato bien diferente que en la de las niñas, que ya desde pequeñas han de convivir con la palabra puta. Y sigue en la adolescencia, durante la cual hay que hacer comprender a los jóvenes que un deseo, lejos de ser una necesidad o, aún menos, un derecho, no es más que una construcción basada en un contexto que es desigual y está jerarquizado. En este sentido, Carole Paterman entiende que la legitimación de la prostitución tiene que ver con una pulsión por parte del sexo masculino que es incapaz de gestionar en términos culturales. Se construye, si así se quiere decir, sobre el estereotipo de la urgencia sexual natural de los varones.[7]

 

Los tratados internacionales

     En un ámbito distinto, aunque inevitablemente relacionado, la globalización ha disparado el peso de los flujos especulativos, ha propiciado aceleramiento de los procesos de fusión de capitales (ahí tenemos los ejemplos de Monsanto-Bayer, Dow Chemical-Dupont y, más recientemente, ChemChina-Syngenta, que está al caer) y una concentración de riqueza en cada vez menos manos. Y a todo ello ha contribuido de manera destacada la deslocalización, traducida en una agresiva apuesta por la desregulación lo que, además, ha hecho posible un auge significativo de las redes del crimen organizado, con las mujeres como principales víctimas, como se ha mencionado anteriormente.

    Pasando del cuadro general al tema que nos atañe, no creo que a estas alturas sea una novedad decir que la precariedad se hará aún más presente con las ratificaciones de tratados como el TTIP o el CETA (últimos peldaños de la globalización en curso) y que, por lógica, las mujeres serán las grandes castigadas. Por varios motivos; de entrada ellas, encargadas de forma mayoritaria del trabajo de cuidados (infancia, salud, dependencia, tal como expuse en el segundo capítulo de esta serie) verán incrementado el peso de estas actividades debido a los procesos de privatización (que ponen en riesgo la calidad del empleo público de las mujeres, más protegido que el privado) y los recortes, como se ha mencionado. Por otro lado, se prevé que los llamados tribunales de arbitraje puedan sancionar políticas públicas de fomento de la corresponsabilidad (ampliación de servicios públicos de guardería, ampliación de permisos de maternidad iguales, intransferibles y pagados). Un tercer elemento es la armonización a la baja de la discriminación (recordemos que, en el caso del TTIP, EEUU no se ha adherido a la convención sobre la eliminación de las formas de discriminación de las mujeres, ni a convenios como los que afectan a los trabajadores con responsabilidades familiares, a los trabajadores domésticos o a la protección de la maternidad)[8]. Todas ellas son, dicho sea de paso, razones por las cuales, por ejemplo, decimos no al CETA.

     Otros factores de precariedad al calor de los tratados internacionales en lo que respecta a las mujeres son la mayor exposición a sustancias tóxicas (en el sector cosmético o agrícola, consecuencia de una mayor presencia de éstas en los productos de uso), mercantilización del cuerpo femenino (fruto de una previsible desregulación de protección de datos y el consiguiente bombardeo de llamadas al consumo) y la despoblación rural, ya que son las mujeres quienes están trabajando principalmente en las explotaciones familiares y en productos regulados y protegidos (denominaciones de origen), en riesgo frente a las multinacionales agrarias y ganaderas norteamericanas. En este sentido, y tal como apunta María Noel Vaeza, en el terreno de la agricultura y la seguridad alimentaria acabar con la precarización “generará múltiples dividendos en materia de desarrollo, como la igualdad de género para las mujeres rurales, seguridad alimentaria y reducción de la pobreza, mejor gestión climática y sociedades más pacíficas”. Por lo demás, la emigración de las mujeres en el medio rural supone la muerte del mismo, algo que ya traté en el primer capítulo de esta serie.

 

Empoderar a las mujeres

     Con todo esto parece bastante evidente la necesidad un cambio de perspectiva en cuanto a la igualdad de género, que pasa por empoderar a las mujeres. Pero, ¿qué es exactamente el empoderamiento de las mujeres? Es un proceso mediante el cual las capacidades de las mujeres son reforzadas, sus actividades valoradas y sus logros visibilizados. En un escenario que de entrada las dispone en una situación de desventaja debido a las barreras estructurales de género, el empoderamiento femenino busca la consecución de una vida autónoma en el acceso a recursos, reconocimiento y toma de decisiones en igualdad de condiciones con los hombres. Es necesario, para ello, tomar conciencia del poder que ostentan las mujeres en lo que respecta a la superación de las prácticas culturales y estructurales que perpetúan la desigualdad.

     En este sentido, la Conferencia Mundial de Beijing (1995), además de plantear estrategias para la igualdad y el aumento de participación de las mujeres en todos los ámbitos, puso el acento en el empoderamiento económico, debido a las visibles discriminaciones en los ámbitos de la pobreza, la marginación y la explotación. A menudo las mujeres acaban llevando a cabo trabajos inseguros y mal pagados, mientras el tristemente famoso techo de cristal les impide sistemáticamente acceder a los puestos directivos de las empresas. Así pues, fomentar el empoderamiento económico de las mujeres es un paso indispensable hacia la igualdad de género, la erradicación de la pobreza y el bienestar de la comunidad en su conjunto. El Presidente de IFAD Kanayo F. Nwanze da en el clavo: “Cuando inviertes en un hombre, inviertes en una persona. Cuando inviertes en una mujer, inviertes en una comunidad”. La igualdad de género abre las puertas para que comunidades enteras refuercen la seguridad alimentaria y nutricional. “Empoderar a las mujeres es empoderar a la humanidad”.

     Si la pobreza y la violencia son dos graves problemas para las mujeres, la ausencia de autonomía se encuentra en la raíz de ambas, pues sin ella no hay libertad individual que se sostenga. Y como “las oportunidades y libertades de las mujeres aumentan allí donde las libertades generales están más aseguradas y un Estado previsor garantiza unos mínimos adecuados[9], resulta bastante evidente que las mujeres dependen para alcanzar sus objetivos del afianzamiento de las democracias y, en un mundo globalizado, de su presencia y visibilidad en los organismos internacionales. En este sentido, feminismo y democracia funcionan muy bien en sinergia, se fortalecen mutuamente, por lo que las mujeres y la agenda feminista deben estar constantemente en la esfera pública asegurando la adecuación las políticas y los programas de ayuda en función del género, denunciando las desigualdades y los desequilibrios de poder, fomentando la integración de los hombres en la esfera de la reproducción y de los cuidados, aumentando las oportunidades educativas para las mujeres y, claramente, reconociendo y valorando sus conocimientos y la importancia de su esfuerzo.

 

[1] Isabella Baker, Dotar de género a la reforma de la política macroeconómica en la era de la reestructuración y el ajuste global.

[2] Saskia Sassen, Contrageografías de la globalización. Ciudadanía en los circuitos transfronterizos.

[3] Amelia Valcárcel, ¿La prostitución es un modo de vida deseable?

[4] Raquel Rosario Sánchez, El discurso del trabajo sexual es el discurso del patriarcado más neoliberal

[5] Kajsa Ekis Ekman, Ser y ser comprada

[6] Beatriz Ranea, (Des)centrar el debate sobre prostitución: un putero no nace, se hace

[7] Carole Paterman, El contrato sexual

[8] Carlos Taibo, Para entender el TTIP

[9] Amelia Valcárcel, Feminismo y globalización

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