Turismo más allá de los límites: un horizonte inasumible

Por Jesús Iglesias. Cuenta Macià Blázquez que cuando el capital ha llegado a los límites de su propia acumulación en un espacio concreto, los excedentes deben ser valorizados para que el sistema pueda aplazar, de forma temporal, la inminente crisis que le espera, lo cual lleva a cabo mediante la devaluación de gran parte del capital fijo y posterior construcción de un paisaje totalmente nuevo. Si en el pasado estos arreglos espaciales se tradujeron en fenómenos desgraciadamente bien conocidos como el colonialismo o el imperialismo, hoy el sistema echa mano de una nueva fórmula: la creación de enclaves turístico-residenciales, un proceso que induce crisis localizadas intensas y destructivas, y que implica la puesta en marcha de procesos de transformación de esos espacios y de los diferentes grupos sociales presentes en los mismos, así como de su organización territorial.[1] Es lo que Peter Rosset llama guerra por la tierra y el territorio.[2]

     La construcción de estos nuevos espacios de acumulación, al concentrar múltiples ofertas e infraestructuras que aumentan la atracción de capitales y generan economías de escala, fuerzan el desplazamiento, pérdida de peso y marginalización de ciertas actividades económicas y actores que antes ocupaban un espacio central. Porque, como bien apunta Stephen Britton, son los capitales globales (turísticos e inmobiliarios especialmente), acompañados de determinadas leyes y políticas públicas, los que dirigen el proceso de creación de esos nuevos territorios.[3]

 

Una isla de récords

     Hoy, la masificación turística y el exceso de construcción, esos arreglos espaciales modernos para absorber excedentes no acumulables, están destruyendo la biosfera. Muchos ecosistemas que han sostenido la vida durante siglos han sido convertidos en conglomerados urbanos sin tener en cuenta los recursos naturales, la orografía, la escala local, los núcleos históricos o la cultura preexistente; una segunda piel urbano-metropolitana que arrasa los territorios sobre los que se construye, en el marco de un proceso incontrolado de urbanización a escala global en el que se refuerzan las dinámicas de litoralización, meridionalización (concentración en zonas con climas benignos) y llanificación (concentración en zonas accesibles y poco accidentadas), a la vez que despliega su desarrollo sobre los ejes de transporte de gran capacidad y vías fluviales, en muchas ocasiones devorando espacios agrícolas de gran valor.[4]

     En virtud de estos nuevos enclaves, y lejos de la publicidad que relaciona turismo y desarrollo, la naturaleza se transforma en una mercancía (se vuelve funcional a los intereses de la acumulación capitalista) que, como tal, se puede destruir o degradar en aras del incremento de beneficios; la tierra se expolia, los barrios se desarticulan, los recursos naturales se despilfarran. El agua, nuevo factor de competencia, es objeto de un consumo elevadísimo, mucho más alto desde luego que el de las poblaciones aledañas no turistificadas. Por otro lado, la industria turística apenas tiene consecuencias positivas para la población que la acoge; la mayor parte de las ganancias termina en grandes empresas radicadas físicamente en el norte enriquecido y domiciliadas vaya usted a saber.

     En Mallorca sabemos mucho de esto porque aquí batimos todos los récords negativos: masificación, consumo de agua y energía, de producción de residuos, elevadísimo número de coches de alquiler, degradación del litoral, emisiones contaminantes (en el caso de Palma llevamos desde principios de marzo superando el límite establecido por la legislación y, por descontado, por la OMS, en cuanto al nivel de ozono troposférico en la atmósfera), etc. 2016 fue el año de mayor presión de la historia sobre la biosfera balear y se prevé que siga creciendo. La planificación urbanística, que permite para esta temporada superar los 3,7 millones de plazas, es un horizonte inasumible a largo plazo.

     A todo esto, es bastante evidente que nuestra medalla de oro en masificación turística no se corresponde con una mejora de las condiciones de vida de la mayoría de las personas. Cada año vienen más turistas y cada año los sueldos bajan. Los tiempos de mayor invasión han sido los de mayor tasa de paro. Aunque no forma parte de este texto, la pregunta es obligada: ¿dónde van a parar las ingentes cantidades de dinero que generan los más de 20 millones de turistas que vienen cada año? Este negocio es una ruina o, mejor dicho, nuestra ruina, tanto económica como ecológica o laboral, pues estamos condenando a las generaciones venideras a que su futuro se vincule a la hostelería o a la obra.

     Lo dice el grupo ecologista GOB en su manifiesto Sin límites no hay futuro: este modelo favorece la corrupción, la dependencia exterior y la escasez de agua. La agricultura isleña, garante hasta ahora de alimentos de calidad y de la preservación de paisajes, retrocede. Las piscinas sustituyen a los árboles, el mar y su orilla se privatizan y se ensucian. Los (pocos) espacios naturales salvados se masifican y no disponen de recursos para mantenerse en buenas condiciones.[5] Lo dicho, una ruina.

 

 Reducir

     Frenar la ocupación exagerada de territorio y la creación de infraestructuras que alimentan el crecimiento basado en el petróleo, proteger el litoral y el campo, no construir nuevos aeropuertos, puertos o campos de golf, abandonar los proyectos de autopistas y grandes tendidos eléctricos… En definitiva, el turismo de masas es uno de los ámbitos donde con mayor intensidad se puede poner en práctica la que quizá es la R más importante de las ocho que conforman el Círculo Virtuoso, esa necesaria hoja de ruta que Serge Latouche nos sirve para transitar hacia una sociedad más respetuosa con el medio ambiente, más sana, más social, más rica, más igualitaria, más sobria, más humana; en una palabra, una sociedad del decrecimiento. Me estoy refiriendo a Reducir, en este caso el turismo de masas, probablemente el enemigo público numero uno.[6] Porque, aunque es cierto que el deseo de conocer nuevas culturas, nuevos paisajes, nuevas formas de vivir, está escrito en el ADN de las personas, constituyendo, y así es, una fuente de conocimiento y experiencia de incalculable valor, la industria turística ha convertido esta curiosidad tan nuestra en un circo entregado al consumo desaforado y a la destrucción de los ecosistemas, de la cultura autóctona y del tejido social de los países de destino.

     Es fundamental disminuir el movimiento, abandonar esa manía de desplazarse cada vez más lejos, cada vez más rápido y cada vez con más frecuencia. Hay que echar el freno a esta necesidad abiertamente artificial, creada por la vida moderna, exacerbada por los medios de comunicación, alimentada por las agencias de viajes. El turismo y el ocio basados en vuelos baratos, cruceros, etc. de largas distancias suponen grandes movimientos, un enorme consumo de energía y fuertes impactos ambientales. En este sentido, Jorge Riechmann llama la atención sobre el hecho de que, en la naturaleza, el transporte vertical (propio del reino vegetal) predomina de forma clara sobre el horizontal (privilegio de animales, que representan una fracción muy pequeña de la biomasa terrestre), siendo el transporte horizontal de larga distancia una rareza absoluta, sólo presente en aves migratorias o en salmones [7]. La naturaleza terrestre está básicamente fija, así que  desde un punto de vista biológico, también el turismo de masas crea un serio conflicto con el equilibrio de la propia biosfera, recogido también por Antonio Esteva y Alfonso Sanz: “dado que los ecosistemas naturales terrestres han ido autoorganizándose mayoritariamente sobre la base de los ciclos verticales y cercanos, están muy mal adaptados para soportar movimientos horizontales masivos en su seno […] Sus estructuras primordiales (suelo, comunidades vegetales, interconexiones ecológicas, etc) presentan una gran fragilidad frente al incremento de los desplazamientos horizontales”.[8]

     Reducir cobra gran importancia si pensamos que la mayoría de las prácticas vinculadas con el turismo se desarrolla conforme a normas opuestas a las de la lentitud. La idolatría de la velocidad, que afecta a sectores como el financiero o el de la información, se vincula a menudo con los viajes de larga distancia. Vamos más rápido, podemos por tanto ir más lejos y, como consecuencia, empleamos más tiempo en transportes y viajes. Como colofón, tenemos que trabajar más para pagar todo esto. En vez de continuar con esta espiral enloquecida y absurda, ¿Qué tal si salimos de ella y miramos de transformar los entornos de nuestras ciudades y nuestros pueblos, desplegamos proyectos comunes, desmercantilizados, con mayor presencia de jardines, bosques, animales y mucha menor de vehículos privados, espacios publicitarios, centros de ocio desmesurados y demás atropellos de la vía pública?  Tod@s saldríamos ganando. Y nuestro pequeño planeta, con todo lo que contiene, también.

 

La burbuja mallorquina

     La implantación del espacio turístico bajo la hegemonía del gran capital tiene un carácter violento, ya que va asociada a conflictos en la distribución de los recursos que afectan tanto a los diferentes sectores entre sí como a los distintos grupos sociales. En este sentido, los nuevos espacios creados expulsan a personas de origen campesino y atraen fuerza de trabajo para la construcción y servicios turísticos auxiliares, en muchas ocasiones procedentes de regiones empobrecidas. Paralelamente, el espacio correspondiente se va llenando de población de alto poder adquisitivo que viene a ocupar puestos medio-altos en las instalaciones turístico-residenciales. De esta manera, a medida que se van generando nuevos procesos de vertebración social, cultural y política, la dinámica espacial y social se polariza entre los lugares destinados a la producción turística y los que garantizan su reproducción. Ni que decir tiene que los empleos creados por el turismo son habitualmente precarios y ocupan los niveles más bajos en la escala laboral; l@s trabajador@s se ven sometid@s a unas condiciones de sobreexplotación (bajos salarios, irregularidad en los pagos, subcontrataciones, actividades de riesgo) que se agravan aún más con la poca presencia de los sindicatos.

     En el caso concreto de Mallorca, el maremágnum turístico sin control está creando una segunda burbuja especulativa, que se refleja en la combinación entre masificación descontrolada y gentrificación. Los protagonistas son grandes grupos de inversión opacos escondidos tras la imagen del Airbnb original, una empresa especulativa con todos los vicios de la economía neoliberal. Según el portavoz de Terraferida Joaquín Valdivielso, los pequeños propietarios y los inquilinos son los grandes perjudicados por estos “nuevos mercaderes que no consideran peligrosas las consecuencias de sobrevender los espacios colectivos y de vaciar de su función primordial de residencia a los espacios privados que son los hogares familiares y las comunidades de vecinos. Y tampoco consideran peligroso el desproveer a la ciudadanía completamente de su derecho de acceso a la vivienda”. L@s trabajador@s se están viendo forzad@s a volver a sus lugares de origen o emprender el éxodo por no poder pagar los nuevos precios de los alquileres, que han aumentado de forma espectacular. Ha tenido que ser precisamente Aena quien haya anunciado que este verano va a tener problemas de personal en el aeropuerto por falta de camas para sus trabajador@s. “Vamos hacia una colonización de la sociedad por parte del mercado en la que esos sujetos desfavorecidos que necesitan alquilar serán pronto víctimas excluidas por la turistización total”.

     Lo que está sucediendo es que la expansión de los pisos turísticos está provocando la sustitución de una población estable por una población temporal sin conexión con el barrio, poco comprometida socialmente y cuya movilidad y/o comportamiento rompe la cohesión y espíritu comunitario del lugar. Todo ello constituye un coste muy alto para la calidad de vida de l@s residentes. Por otro lado, las empresas se benefician de la escasa regulación en este ámbito, con lo que muchas veces los pisos no ofrecen garantías de seguridad y/o calidad. En general, no hay protección frente a esta actividad que, además, contribuye muy poco a la hacienda pública, pues un gran número de pisos no están identificados ni legalizados. Por último, la utilización de las viviendas turísticas disminuye la oferta de pisos en alquiler para los sectores populares de la población, ya que disparan sus precios muy por encima de los límites de lo razonable. En Palma, la situación se está tornando insostenible para much@s vecin@s. El fondo de la cuestión nos lo sirve el sociólogo Vicenç Navarro: “Su existencia es una prueba más del impacto sumamente negativo de las políticas neoliberales aplicadas en el diseño del desarrollo urbano. La mercantilización de todas las dimensiones de la actividad humana está llevando a un deterioro muy notable de la calidad de vida de la ciudadanía. Y lo que es sorprendente es que a este desarrollo algunas voces que se definen como progresistas lo llamen progreso”.

     ¿Y qué hacen mientras tanto las instituciones? Apenas nada, puesto que, según Navarro, no tienen poder para ello; en los estados del sur de Europa, donde los grupos conservadores han dominado en períodos muy largos de la época reciente, los ayuntamientos no tienen la fuerza suficiente con respecto al poder central para imponer muchas de sus políticas. Es una situación que hemos visto recientemente en la lucha de Ada Colau con el objetivo de, precisamente, frenar el perjuicio creado por esta problemática. Obviamente, la alianza político-empresarial, la casta de toda la vida en este país, ha salido al paso para demonizar su consistorio, echar más leña al fuego y tratar de ocultar que la valentía de la alcaldesa de Barcelona ha sido aplaudida en muchas ciudades y que su resistencia está siendo fuente de inspiración en otras tantas. La realidad es que la falta de poder de las instituciones municipales limita enormemente la incidencia de la ciudadanía en el desarrollo de políticas públicas que afectan con mayor intensidad a su calidad de vida y bienestar[9]. Otras ciudades, sin embargo, están creando soluciones, como es el caso de Ámsterdam (limitación de 60 días como plazo máximo en el alquiler de una vivienda particular), Londres (90 días como máximo), París (gravar las viviendas vacías para promover su alquiler) o Berlín (prohibir el alojamiento turístico, una decisión avalada por un tribunal alemán, argumentando la grave amenaza que los alquileres turísticos tienen sobre la disponibilidad de viviendas a precios accesibles).

 

Una alternativa: el turismo ecológico

     La expresión turismo ecológico, cuando nos referimos a turismo de masas, es un oxímoron realmente difícil de defender. De entrada, tendríamos que dejar en paz el mar (al menos temporalmente) en favor de un turismo de perfil más cultural o agroecológico en zonas rurales cercanas para disfrutar de la naturaleza (no contaminada, no degradada), la brisa y la montaña. En el fondo se trata, ni más ni menos, que de los tranquilos veraneos de hasta hace no mucho tiempo, pero con actividades y aprendizajes agroecológicos.

     Es lo que recomienda Julio García Camarero; unas enseñanzas que serían de gran utilidad para que l@s niñ@s de ciudad supieran cómo crecen las verduras, cómo ponen huevos las gallinas, como nace un ternero, cómo es la vida.[10] En definitiva, experiencias por descontado mucho más saludables y beneficiosas que los infames videojuegos o esa maquinaria del fango llamada televisión con su espectáculo grotesco donde no faltan l@s famosill@s insípid@s, frívol@s y maleducad@s (siempre l@s mism@s, por cierto), las imágenes a toda pastilla y los platós repletos de colorines. Sería interesante plantearse incluso la agroecología como asignatura básica, obligatoria, sagrada en el mejor sentido del término, pues resulta lo más urgente, vital y necesario para salvaguardar una vida sana y una mente saludable.

     Y esto por no hablar del hecho en sí ya muy beneficioso de cambiar de aires y respirar una atmósfera más o menos saludable, libre de humos, con largos momentos de esparcimiento, de contemplación, de reflexión, de lentitud. Y hablando de lentitud, dedico las últimas líneas a recomendar una actividad genuinamente lenta: la lectura, un desafío al culto a la velocidad, un ejercicio de reflexión calmosa, un arma pacífica contra la violenta hipereficiencia de las sociedades industriales, un antídoto contra el estado continuo de aceleración de la vida moderna. Lo expresa maravillosamente el escritor Saul Bellow: “El arte tiene algo que ver con el logro de la inmovilidad en medio del caos. Una quietud que caracteriza… al ojo de la tormenta… la atención detenida en medio de la distracción”. Y es que leer, como cualquier actividad lenta, sosegada y creativa, es un acto de rebeldía en toda regla.

 

[1] Macià Blázquez, La difusión de las periferias de placer.

[2] Peter Rosset, La guerra por la tierra y el territorio.

[3] Stephen Britton, La economía política del turismo en el Tercer Mundo.

[4] Ramón Fernández-Durán, Un planeta de metrópolis.

[5] GOB, Sense límits no hi ha futur.

[6] Serge Latouche, Pequeño tratado de decrecimiento sereno.

[7] Jorge Riechmann, Biomímesis.

[8] Antonio Esteva y Alfonso Sanz, Las raíces del conflicto entre transporte y medio ambiente.

[9] Vicenç Navarro, Los pisos turísticos están destruyendo los barrios. (Artículo)

[10] Julio García Camarero, El oxímoron del turismo ecológico. (Artículo)

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2 comentarios en “Turismo más allá de los límites: un horizonte inasumible

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