La renta básica: un desafío a la cultura del trabajo (Parte 1)

Por Jesús Iglesias. La implantación de un sueldo garantizado a tod@s l@s ciudadan@s por el mero hecho de serlo, conocido generalmente como renta básica, es una medida que ha tomado fuerza en los últimos años de la mano, principalmente, de partidos de izquierda (en España, Podemos o Equo) pero también en sectores considerados más de derecha, quizá porque es más simple desde el punto de vista burocrático que el sistema de protección actual, o porque much@s conservador@s entienden (por fin) que el pleno empleo, a estas alturas, ha dejado de ser una posibilidad real. L@s liberales, por su parte, la tachan de “infinanciable y egoísta”, “un ataque contra los derechos individuales” que “distorsiona gravemente el comportamiento de los individuos”.[1]

     Antes de nada, conviene aclarar que la renta básica es un sistema de distribución, una especie reorganización del dinero disponible dentro de una economía privada (no implica ningún trasvase al sector público), cuya necesidad parte del hecho, bastante palpable, de que el actual sistema impositivo, más que repartir la riqueza, consolida la desigualdad. Así pues, la renta básica supone en el fondo una enorme transferencia de rentas de las capas superiores de la sociedad hacia las inferiores que, y esto conviene reseñarlo, no debe ser tratada como un coste, aquí la equivalencia contable no tiene sentido (aunque es cierto que son muchas las variables a tener en cuenta en un proyecto de financiación de este calibre), ya que es dinero que parte de la ciudadanía y vuelve a ella. Si, entonces, no requiere creación de dinero, la cuestión real es hasta qué punto estamos dispuestos a sacrificar riqueza a favor de una equidad social y libertad individual. Yo entiendo que los dos últimos bienes, en su sentido más amplio, son definitivamente superiores al primero, máxime cuando el sistema capitalista entiende la libertad como un señuelo sujeto a la capacidad económica, un bien de aristas recortadas que únicamente se identifica con el libre mercado, la libertad de contratos y libertad de empresa, un derecho del que tiene para explotar al que no tiene, una carta blanca para saquear los bienes públicos y destruir la naturaleza, un espejismo basado en el mito de la libre elección. Volveré sobre esto.

     Evidentemente, no elimina las desigualdades, no es el objetivo último, pero introduce un importante componente de justicia social, reduce de forma significativa (si no totalmente) la pobreza (y sus consecuencias asociadas sanitarias y sociales asociadas) y permite, a su vez, disminuir el consumo de recursos energéticos y materiales finitos sin que ello empuje a nadie a la marginalidad o a la exclusión social. Porque lo que necesitamos es, precisamente, una redistribución de lo básico y una reducción de lo excesivo e insostenible. En este sentido, no hay que olvidar que, en buena parte, lo que nos hace crecer de forma ilimitada (o al menos intentarlo) es la inseguridad económica que genera la ausencia de libertad para llevar a cabo los necesarios ejercicios de autocontención. La renta básica encuentra aquí otra razón poderosa para su instauración, la necesidad de seguridad económica independiente del crecimiento.

     Pero para ello deben cumplirse dos condiciones: primera, la renta básica debe ser universal, provista como un derecho de tod@s (al igual que una consulta médica o una plaza en un colegio público) cuya implantación, por añadidura, evitaría la estigmatización de los receptores e impediría la intromisión en su vida privada. En efecto, el estigma que para muchos individuos trae consigo el tener que solicitar alguna suerte de subsidio condicionado es la antesala de saberse señalado como fracasado social. En segundo lugar, la renta básica debe ser incondicional, debiéndose entender como un derecho esencial con prioridad sobre las demás medidas públicas. Es, en el fondo, una cuestión de dignidad, pues las ayudas que ofrece el estado del bienestar actual están ligadas a que los receptores sigan siendo pobres.[2]

 

Los aspectos psicológicos

     Como decía antes, la renta básica puede fortalecer esencialmente la libertad del individuo, pues lo libraría de una amenaza que le ha obligado durante ya mucho tiempo no sólo a actuar de acuerdo a lo que se exigía de él, sino también a sentir y pensar de manera que no tuviera la tentación de actuar de otra forma. Así que, en un entorno de ausencia de escasez proporcionado por una renta básica, este derecho no debería ni tan siquiera estar limitado por la idea de que el individuo deba ser socialmente útil. Aún diré más: la utilidad social no necesariamente (ni principalmente) ha de venir de la mano del trabajo asalariado. De hecho, es frecuente que aparezca de manera mucho más intensa si procede de sectores no asalariados, como por ejemplo el voluntariado.

      Por otro lado, la posibilidad de disminuir considerablemente las jornadas laborales y el previsible fin (después de casi medio milenio) de la infame cultura del trabajo, facilitarían el pensamiento y la preocupación por problemas humanos y éticos. Evidentemente, nos estamos topando aquí con uno de los más poderosos hándicaps que tendría la implantación de una renta básica: podría desincentivar el empleo. Para abordar esta tesis, es necesario plantear algunas objeciones: primera, el incentivo material no es el único, sino que hay otros como la dignidad, el reconocimiento, el placer de un trabajo no forzado y no alienado, la satisfacción de la propia creación, siendo el ejemplo más claro el de los artistas o los hombres de ciencia, cuyas realizaciones más destacadas no han sido motivadas por el incentivo económico. Y en segundo lugar, hay que desmontar un mito que los liberales (como no) se han encargado de convertir en dogma de fe: las personas son vagas por naturaleza. Suponer que una renta básica estimularía la pereza natural del ser humano (e incluso el parasitismo) es dar por sentada una psicología humana sin necesidad de estímulo. Lo que realmente ocurre nos lo sirve con toda claridad el psicólogo Eric Fromm: “El hombre moderno y alienado padece un profundo hastío (a menudo inconsciente) y por consiguiente anhela la pereza antes que la actividad. Sin embargo, este mismo anhelo es un síntoma de nuestra ‘patología de la normalidad”.[3]

     Para un correcto y eficaz funcionamiento del sueldo garantizado, la aplicación correspondiente debe ir acompañada de varios cambios, empezando por un rechazo frontal a una economía basada en el principio del máximo consumo, lo que significa, entre otras cosas, que la producción de artículos de lujo debe reorientarse hacia la producción de bienes de uso público; el renacimiento de valores humanistas (en oposición a los valores estrella del capitalismo: productividad, competitividad, eficiencia, consumismo, beneficio personal, individualismo extremo); y una lucha firme y decidida contra la corrupción y el fraude.

 

Resistencias

     En realidad, si la idea de la renta básica no es aceptable por muchas personas, en buena medida es, por un lado, debido a la resistencia psicológica contra la abolición de un principio ha operado durante buena parte de la historia humana: el que no trabaja no come. Respecto a él, debería hacerse una consideración que se pasa por alto con demasiada frecuencia: trabajo no es sinónimo de trabajo asalariado. Considerar que el trabajo asalariado es la única forma de trabajo significa estipular que otras actividades (trabajo doméstico, voluntariado) no lo son, lo que nos llevaría a afirmar que el 60 o 65% de personas en España “no trabaja”, y aquí estamos incluyendo quienes disponen de tierras o de capital y pueden elegir voluntariamente no trabajar (en el mercado) sin verse atenazados por la amenaza del hambre. Precisamente una renta básica garantizaría (o estaría cerca de hacerlo) que mucha gente accediera a la posibilidad de elegir, lo cual nos situaría de pleno en un tipo se sociedad diferente, como apunta Karl Widerquist: “cuando el trabajo se convierte en sinónimo de trabajar para otros, la idea de quien no trabaja no come no es un hecho de la naturaleza, sino una consecuencia de cómo organizamos la sociedad”.[4] Porque cuando este principio sólo es aplicado a una parte del total de la ciudadanía, por numerosa que sea, otro principio, el de reciprocidad, es claramente violado.

     Otra de las resistencias a su implantación es el peligro que subyace en el hecho de que un estado que alimenta a todo el mundo pudiera convertirse en una megaestructura paternalista, protectora y, en último término, dictatorial, lo cual se combate (y, antes aún, se previene) con un aumento simultáneo y drástico de la actividad democrática en todas las actividades sociales. Me viene a la cabeza ahora el paralelismo que Daniel Raventós ha presentado entre la renta básica y un derecho tan (a estas alturas) incuestionable como el sufragio universal. La idea de conceder el voto a tod@s, independientemente de su nivel de renta y de su género, tuvo ilustres intelectuales de indudable peso en contra tanto desde la derecha como desde la izquierda cuyo mensaje caló en gran parte de la opinión pública. Esa misma oposición (tan sólida, tan cabal en un principio), fue lenta pero vigorosamente arrinconada hasta el punto de que no se puede hoy día considerar la democracia (y la libertad) sin el sufragio universal. Pues bien, es probable que tampoco se entiendan en un futuro sin renta básica, es decir, sin una garantía política del derecho de existencia económica y social de todos los ciudadanos por el mero hecho de serlo, porque “es una idea de tal fuerza normativa, que acabará barriendo a todas las consideraciones de oportunidad que puedan oponérsele”.[5]

     En la segunda parte de esta serie hablaremos sobre otras ventajas de la renta básica y algunas alternativas a la misma que, en buena parte, ya funcionan en muchos países.

 

[1] Juan Ramón Rallo, Renta básica: infinanciable y egoísta. (Artículo)

[2] Juan Carlos Escudier, La renta básica universal no crea vagos. (Artículo)

[3] Erich Fromm, Sobre la desobediencia.

[4] Karl Widerquist, Reciprocidad y sueldo garantizado.

[5] Daniel Raventós, La renta básica

 

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4 comentarios en “La renta básica: un desafío a la cultura del trabajo (Parte 1)

  1. Me parecen atinadas las propuestas sobre la renta básica universal, pero habría que ver cómo se concilia con la falta de recursos y la oposición de las clases dirigentes apoyadas por las clases medias, ansiosas de poder acceder a un consumismo exacerbado.

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    1. No estoy de acuerdo en lo de la falta de recursos. Recursos hay, el problema es, por un lado, que hay que irse un poco lejos a buscarlos (Bahamas, Suiza, Panamá), y por otro, el sistema impositivo es demasiado poco progresivo. Como digo en el texto, no se trata de crear dinero a cascoporro, sino de redistribuir mejor (o de redistribuir, ya puestos). Las clases dirigentes, obviamente, están en contra, lo cual tiene sentido en tanto que, como dices, son mantenidas por las clases medias a las cuales los problemas socio-ecológicos derivados de acumular y consumir de forma desaforada les dan exactamente igual, por no hablar del gravísimo problema de la desigualdad, que prácticamente ha sido legitimada como necesaria en virtud de la doctrina neoliberal que se nos impone. La primera batalla que hay que librar no es, pues, económica, sino cultural, pues es sobre los valores culturales e ideológocos sobre los que descansa la hegemonía liberal. A partir de un cambio cultural, desde abajo, las exigencias de renta básica serán insoslayables debido al colapso que se nos viene encima, que obligará a intensos esfuerzos de redistribución ante la escasez de todo tipo de materiales y materias primas energéticas. Un saludo!

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