La renta básica: un desafío a la cultura del trabajo (Parte 2)

Por Jesús Iglesias. En la primera parte de esta serie explicamos en qué consiste la renta básica, los aspectos psicológicos que la rodean y algunas resistencias que habitualmente se presentan para su implantación. Si ya quedó claro que fortalece la libertad de las personas, introduce un importante componente de justicia social, proporciona seguridad económica independiente del crecimiento y fomenta el pensamiento y la preocupación por problemas humanos y éticos, en esta nueva entrega veremos otras ventajas que conlleva un sueldo garantizado universal y algunas alternativas que se han propuesto o se han llevado ya a la práctica.

 

Más ventajas

          Tratando de ser escueto, diré que una renta básica facilita la autonomía necesaria para que cada un@ pueda trazar su propio plan de vida mediante la aceptación de trabajos estables o temporales, o incluso el autoempleo, un camino vedado para quien no tiene recursos. Impide en gran medida los abusos laborales, ya que al no estar condicionada por ningún requisito, nadie estaría forzado a aceptar trabajos penosos o peligrosos por necesidad. Incluso en el peor de los casos, las nuevas estructuras salariales que resultarían de la implantación de la renta básica reflejarían más ajustadamente los aspectos desagradables del trabajo en el mercado. En tiempos como los actuales, en los que tener un trabajo no es garantía de gran cosa, la cada vez mayor flexibilidad e inestabilidad inherentes a la lógica capitalista hacen depender la fuerza negociadora de la existencia de una base mínima que evite el chantaje y la explotación. Por lo tanto, la renta básica reduce el miedo y la ambición, vicios bastante más graves que la vagancia (en el dudoso caso de que ésta lo sea).

     Al fortalecer la posición negociadora de los trabajadores, una renta básica elevaría los sueldos y contribuiría a visibilizar una buena parte de la economía sumergida de quienes se ven obligad@s a combinar ayudas sociales y trabajos esporádicos. Otra ventaja es que el carácter de derecho universal de la renta básica no supondría grandes gastos ni complejidad administrativa para concederla; un subsidio condicionado comporta muchos más controles a fin de evitar fraudes, cumplimiento de requisitos, verificación de compatibilidad, etc. Por último, y por dejarlo ahí, un sueldo garantizado eliminaría la discrecionalidad y la corrupción en la administración, ya que su carácter de derecho universal evitaría el habitual componente de arbitrio al otorgar la ayuda correspondiente, así como la corrupción de los cargos públicos, pues las prebendas y los favores dejarían de tener sentido.[1]

     Pero probablemente, y por encima de todo lo mostrado hasta ahora, hay una razón en concreto que funciona prácticamente como un imperativo de supervivencia. La resume André Gorz: “Cuando el proceso de producción exige cada vez menos trabajo y distribuye cada vez menos salarios, la evidencia se impone progresivamente a todos: ya no es posible reservar el derecho a un salario únicamente a las personas que ocupan un empleo ni, sobre todo, hacer depender el nivel del salario de la cantidad de trabajo que cada uno hace”.[2]

     Por ahora, sigue habiendo un cierto número de países (cada vez más pequeño) que se puede permitir prescindir de la implantación de una renta básica. Es el caso de Suiza que, como es sabido, la rechazó tras ser sometida a referéndum hace justo un año. Nuestros liberales más mediáticos no desperdiciaron la ocasión para elogiar a los suizos, su elevada cultura, su sistema político más refinado y sus raíces calvinistas basadas en la moral del esfuerzo, sin todo lo cual obviamente nunca hubieran podido contribuir a la humanidad con el reloj de cuco y la navaja multiusos. Más allá de esto, el país helvético es últimamente muy popular por ser el orgullo de nuestra delincuencia de traje y laca, lo que seguramente tiene algo que ver con que la pobreza y la desigualdad no cuenten entre sus preocupaciones. Llama la atención cómo esos mismos liberales que arman tanto alboroto cuando la redistribución de riqueza va desde l@s ric@s a l@s pobres, de pronto se quedan bien calladit@s cuando el trasvase se lleva a cabo entre nuestr@s delincuentes y los bancos de países extranjeros.

 

Las alternativas

     La renta básica afecta de manera muy diferente a como lo hacen los subsidios condicionados a lo que Daniel Raventós llama la trampa de la pobreza, la penalización que comporta el aceptar por parte del beneficiario de un subsidio condicionado un trabajo remunerado que consiste, obviamente, en la pérdida la ayuda. Este modus operandi de la administración, aparte de desincentivar la búsqueda de trabajo (remunerado), incentiva el fraude en forma de dinero negro. Una dimensión muy importante que conviene subrayar es el agujero de exclusión al que muchas veces las personas se ven abocadas en virtud de tres procesos que toman forma al calor de la trampa de la pobreza: la pérdida de conocimientos técnicos adquiridos, la transformación de las aspiraciones personales en el ámbito laboral y las dificultades sobrevenidas a la hora de reintroducirse en el mundo laboral tras un desempleo de larga duración.[3]

     Dicho esto, existe toda una serie de medidas que, si bien ya se practican en otros lugares, conllevan problemas relacionados con la libertad personal, y que sin embargo serían cubiertos con una renta básica. Me estoy refiriendo, por ejemplo, a la Renta de Inserción (presente en el País Vasco), vinculada a la búsqueda activa de empleo y sometida a las limitaciones de toda inspección, a su coste y a la discrecionalidad en la concesión. Los servicios públicos, por su parte, son muy útiles para capacitar a las personas, pero no garantizan per se la inclusión social (muchas personas tienen medicina y educación gratuita, pero no dinero para pagarse la comida). En este aspecto, la renta básica y los servicios públicos deben ser derechos inalienables hasta las máximas posibilidades de su desarrollo.

     El reparto del trabajo, vieja reivindicación sindical que quedó, como tantas otras, en el olvido, es una estrategia que conviene rescatar ahora más que nunca. Si producimos mucho más en menos tiempo, si la tecnología hace que fabriquemos una cantidad formidable de bienes cada vez más rápido, el reparto de trabajo debería ser una aspiración irrenunciable, pero que requiere el soporte de una renta básica que proporcione la resiliencia necesaria ante las convulsiones del mundo laboral. Repartir el trabajo permitiría, además, compartir mejor el trabajo no remunerado (cuidados, labores domésticas, voluntariado), la libre formación, la participación política y el desarrollo de la cultura libre, todas ellas actividades con un elevado valor social y fundamentales para fortalecer nuestras democracias. En palabras de Ignacio Ramonet, “es necesario imaginar una nueva distribución del trabajo y de las rentas en una economía plural en la que el mercado ocupe sólo una parte del espacio, con un sector solidario y un tiempo libre cada vez más importante”.

     No puedo dejar pasar aquí el empleo garantizado, promesa estrella de Izquierda Unida en las pasadas elecciones y cuyo objetivo declarado era en aquel momento crear un millón de puestos de trabajo en el sector público. Es, en principio, una buena forma de integración en la sociedad mediante labores poco depredadoras y dañinas para los ecosistemas, y además actuaría como un marco de referencia en cuanto a condiciones laborales. Pero de nuevo nos topamos aquí con los problemas de discrecionalidad y el arbitrio de las administraciones, por no hablar de que en España hay bastantes más desempleados que ese citado millón, teniendo en cuenta además que esta medida no supone un auténtico cambio en el modo de redistribuir las rentas, con lo que los problemas de fondo seguirán ahí.

     En la tercera y última parte de esta serie abordaremos la dimensión de género, un aspecto de obligado análisis en la implantación de un sueldo garantizado, y trataremos de explicar por qué la renta básica en realidad no debe ser el objetivo programático ni ideológico de la izquierda.

 

[1] Juan Carlos Escudier, La renta básica universal no crea vagos. (Artículo)

[2] André Gorz, Metamorfosis del trabajo.

[3] Daniel Raventós, El salario de toda la ciudadanía.

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4 comentarios en “La renta básica: un desafío a la cultura del trabajo (Parte 2)

    1. La cuantía exacta es imposible de saber sin bastantes cálculos, estudios, etc. Pero repito que no es una cuestión de financiación, puesto que, y contesto a la segunda pregunta, se retraería de los ingresos recaudados por el Estado (impuestos, lucha contra el fraude fiscal, etc). Se trata, como dije en la primera parte, de una transferencia de capitales, no de una impresión masiva de moneda. El dinero está, obviamente, simplemente se trata de repartirlo mejor, con todas las ventajas que ello traería, varias de las cuales he ido enumerando en los dos primeros capítulos.

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  1. Yo respondería a Jesús, diciéndole que el importe podríamos entenderlo desde la perspectiva del Comité Europeo de Derechos Sociales, que elaboró la Carta Social Europea y dice: Nadie por debajo del umbral de la pobreza, y son números que el INE nos daría, creo que ahora está sobre los 670 €.
    Sobre la recaudación necesaria, diría que evitar el fraude fiscal ayudaría, pero además podríamos plantearnos tasas a los movimientos del capital, que con la ingeniería fiscal nos toman el pelo, digo el dinero, añadiría que las empresas que obtienen beneficios en este país deben pagar por ellos aquí, ya que el negocio lo hacen aquí y nosotr@s les producimos esos beneficios, nosotros invertimos en ellas y por lo tanto tiene que revertir aquí, y habría que ponerle una tasa a las empresas que de una manera o de otra nos causan daños en el medio ambiente o en las personas, al fabricar sus productos o al utilizarlos, daños que nos supondrán costosas reparaciones.
    Y me gustaría decir que ese dinero se repartiría, beneficiaría a tod@s, al/a peluquer@, al/a panade@, al/fruter@, a la comunidad en su totalidad, porque podemos estar segur@s de que no se va a ir a Suiza o Panamá.

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    1. Completamente de acuerdo, Isabel. No se me ocurre qué más añadir, únicamente decirte que he visto cifras de distintas instituciones en cuanto a la cuantía de una posible renta básica, por lo que no me he atrevido a dar ninguna. Casi todas se mueven entre los 400-600 euros. Suscribo tasar los movimientos de capital (como una tasa Tobin, cuya recaudación, según cálculos realizados por el PNUD, alcanzaría un volumen de recursos superior al necesario para desarrollar un programa planetario de erradicación de la pobreza, ahí queda eso) e implantar fuertes impuestos ecológicos, no sólo para sancionar las malas prácticas en sí, sino para evitar las famosas ‘externalizaciones de costes’, un privilegio para quien atenta contra el planeta y contra nuestra salud. Para defender lo público, hay que acabar con la excusa de que no hay dinero. Sí que lo hay.

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