Esclav@s de la velocidad

Por Jesús Iglesias. No deja de sorprenderme con qué habilidad y con qué facilidad las clases dominantes (pequeñas minorías, recordemos) nos obligan a pensar como a ellos les conviene, a que asumamos sus prioridades y creencias como nuestras para satisfacer sus propios intereses sin que apenas nos demos cuenta. En este sentido, la velocidad, uno de los valores de la Modernidad por excelencia, es un buen ejemplo de ello. De hecho, es un ejemplo magnífico, porque opera en dos direcciones que, encima, se contradicen entre sí. Me explicaré.

     Está claro que la velocidad es muy importante para las élites empresariales, primero porque es un factor que determina los aumentos de productividad, es decir, posibilita crear más bienes y servicios en el mismo tiempo; segundo, porque nos obliga a l@s consumidor@s a comprar constantemente los artículos que quieren colocarnos (lo vemos en esos móviles que cada vez son más rápidos, siendo ese cada vez un desembolso nada despreciable); y por último, porque crea todo un tejido empresarial alrededor de sus productos estrella (el automóvil, la comida basura, las nuevas tecnologías en general, etc) que crece con los aumentos de velocidad y con el que l@s mism@s de siempre se garantizan seguir llenándose los bolsillos. Es, por lo tanto, una excusa perfecta al servicio del capital que, como tal, actúa directamente contra las clases populares: nos obliga a trabajar más rápido, a estar siempre disponibles, nos estresa, nos daña la salud, nos cuesta mucho dinero, nos expropia el tiempo (¡bonita paradoja!), nos obliga a hinchar nuestras agendas hasta límites explosivos, a quedar mal con todo el mundo, a correr para poder cumplir.

     Pues aun con todo ello (y he aquí uno de los puntos importantes), estamos increíblemente encantados con esta cultura industrial que tanto aprecia “lo más rápido” como promesa de emociones y prosperidad inimaginables. En efecto, han conseguido que entendamos la velocidad como algo positivo, como algo bueno para nosotr@s, como algo que mejora nuestras vidas, como algo que necesitamos. Tanto es así que hay incluso quienes la veneran: seguidores de la Fórmula 1, fanáticos de la tecnología, las nuevas generaciones del aquí y ahora, entusiastas del AVE. Velocidad es progreso, dirá algún gurú del marketing. Pues no señor, no es progreso; es la cara oculta de la riqueza, el alimento del capitalismo industrial, un factor de estratificación de las sociedades modernas y tecnologizadas, un desorden mental que nos impone unos ritmos inhumanos (alimentados además por la competición entre nosotr@s mism@s), un poder de destrucción que inhibe la posibilidad de pensar, un factor totalitario y sedante, una amenaza fuera de control, un ataque a la democracia. La velocidad es el nuevo fascismo.

     Pero es que esto no se agota aquí: en el caso de la industria del motor, herramienta trascendental en la penetración de los valores que constituyen esta modernidad hecha a la medida de los poderosos, incluso han logrado colarnos la imagen de que ser rápid@ es ser rebelde. Esto sí que es rizar el rizo. Me refiero aquí, como no, a toda esa parafernalia del inconformismo montada en torno a esos moteros machunos, brutos y ruidosos, amos de la carretera; y también a los tunneros flipaos que van con sus coches a toda pastilla (un auténtico peligro, por otro lado), con la música a un volumen insoportable (de dudosa calidad las más de las veces), después de haberse dejado varios años de sueldo en el absurdo intento de ser guays, de haber invertido en su remedo de nave espacial más dinero que los demás, cuando ése es precisamente el fin perseguido por los oligarcas del transporte privado: sacarle la pasta a todo el mundo en general, y a los flipaos en particular. Debemos agradecer al nazi de Henry Ford y a sus seguidores (en estrecha connivencia con los jeques del petróleo, no muy amigos tampoco de los derechos humanos), la gran repercusión social del automóvil que, habiendo endosado un trasto caro, voluminoso, complejo, contaminante, extractivo, violento y ruidoso al pobre populacho a base de publicidad y promesas de vivir el sueño del burgués, habiendo impuesto el consumo obligatorio, por otro lado un monopolio radical en toda regla, habiendo creado después todo un orden social dominado por la velocidad para seguir aumentando sus beneficios (que acaba costando al ciudadan@ más tiempo del que en teoría ahorra), al final pasarán a los libros por haber liderado uno de los mayores ejercicios de domesticación social de la historia, muy útil sin duda para vencer las resistencias y la cultura obreras mediante el arma letal de la deuda. La pirueta es brillante, magnífica, colosal.

     En una sociedad colonizada por el capital, domesticada por el coche privado y las nuevas tecnologías, ser rápid@ no es ser rebelde; es un acto servil y sumiso hacia el poder, es hincar la rodilla ante los potentados, es una declaración de esclavitud, es aumentar las riquezas de los que más tienen, es competir en una carrera hacia ninguna parte. Lo genuinamente rebelde es ser lent@, ir despacio, tomarse el tiempo necesario. La lentitud desafía los ritmos cada vez más acelerados del presente, descubre los pequeños momentos, establece una relación saludable con el entorno, nos permite ser más creativos, buscar el ritmo adecuado para cada cosa. Frente a estas sociedades complejas e hiperaceleradas, frente al despotismo del dinero y el poder, frente al individualismo codicioso y estrecho, frente a la cultura de la prisa y la gratificación instantánea, ser lent@ sí es un auténtico acto de desobediencia, un ejercicio revolucionario en toda regla que prioriza la sencillez, el bienestar, el equilibrio, la reflexión, la vida. Así que rompamos con el profundo prejuicio que existe contra la idea de ir despacio, declarémonos en rebeldía, y seamos lent@s.

 

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3 comentarios en “Esclav@s de la velocidad

  1. Totalmente de acuerdo. Y sin embargo me gustan los Ferrari, porque la velocidad, en mi opinión, está escrita profundamente en nuestros genes.

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