La renta básica: un desafío a la cultura del trabajo (Parte 3)

Por Jesús Iglesias. Desde que en los años 70 la obra de Betty Friedan puso de relieve el malestar indefinible de la ama de su casa, su aislamiento y su angustia, el vacío de su existencia y su ausencia de identidad[1], desde que la división desigualitaria de los roles sexuales y la asignación de las mujeres a las tareas domésticas recibieron un dura reprimenda por parte también de la prensa y de la sociedad civil, el reconocimiento social del papel profesional de la mujer ha dado un salto adelante y la actividad profesional femenina se puede decir que ha adquirido derecho de ciudadanía. La superación de la ama de casa que se dedica a sus labores marca un nuevo capítulo en la historia de las mujeres; en un ambiente de rebeldía generalizada, la imagen de esposa-madre confinada en casa se convierte en sinónimo de pesadilla.

 

La superación del modelo de la mujer de su casa

     La actividad profesional de las mujeres supone, desde hace varias décadas, un valor y una aspiración legítimos, la condición normal de su existencia. Ya no es un mal menor, sino una exigencia individual e identitaria, un medio de autoafirmación personal. Las mujeres se negaron a depender de sus maridos, reivindicaron la autonomía en el seno de la pareja y optaron por asegurar económicamente su futuro. El trabajo ha pasado a convertirse en soporte primordial de su identidad, facilitado por la emergencia de un contexto cultural que ha logrado dotar de nuevo sentido a la afirmación de la independencia femenina. Gilles Lipovetsky observa la convergencia de dos series de fenómenos que han empujado paralelamente en esta misma dirección: una economía basada en la estimulación y la creación incesante de nuevas necesidades (que obliga a obtener ingresos suplementarios) y el desarrollo de valores antimónicos con la cultura de la ama de casa (bienestar, ocio, felicidad individual, consumismo). “El reconocimiento social del trabajo femenino traduce el reconocimiento del derecho a una vida propia, a la independencia económica en el hilo conductor de una cultura que celebra cotidianamente la libertad y el mayor bienestar individual“.[2]

     Pero este modelo no fluye en sintonía con la desaparición de las desigualdades entre los sexos. Si bien se ha verificado un proceso de nivelación de las condiciones de ambos (en virtud, como decimos, de una cultura que consagra la individualidad soberana), los roles no son en absoluto intercambiables. Por decirlo de alguna manera, el sexo sigue orientando la existencia, fabricando diferencias de sensibilidad y aspiraciones. Por mucho que las mujeres hayan adquirido el pleno derecho a la independencia económica, a ejercer todos los empleos y todas las responsabilidades, aunque la ideología de las esferas separadas se muestre caduca, la preponderancia de la mujer en el ámbito doméstico sigue siendo abrumadora. En el caso concreto (y no tan concreto) de nuestro país, las madres amas de casa de anteriores generaciones se han ocupado del cuidado de sus niet@s y de ayudar en el espacio doméstico a sus hijas, recientemente incorporadas al mundo laboral. Lo dice Yolanda Herranz “el proceso de emancipación de las mujeres ha sido y sigue siendo a costa de otras mujeres”. La mano de obra inmigrante y femenina que ha posibilitado el crecimiento económico facilita a la mujer su promoción social y profesional, pero también ha consolidado el modelo de familia nuclear y el papel del varón en ella como miembro privilegiado: la no participación masculina en las tareas del hogar prevalece[3].

 

Mujeres y renta básica: luces y sombras

     Si, como apunta Lipovetsky, el reconocimiento del principio igualitario de plena posesión de sí no impide que perdure el carácter asimétrico de los roles sexuales, ¿en qué medida una renta básica puede modificar este orden establecido? Si las tareas de cuidados y del hogar siguen siendo asumidas mayoritariamente por ellas (tanto en tiempo como en carga de trabajo) y, a su vez, la mayor parte de l@s desemplead@s, precari@s o pobres también son mujeres, parece claro que éstas deberían erigirse como principales beneficiarias de la implantación de la renta básica, ya que estaríamos hablando de una transferencia de rentas no sólo de las capas altas de la sociedad a las bajas, sino de la población masculina a la femenina, lo cual conllevaría una mejora de las condiciones materiales de muchas mujeres y un fortalecimiento evidente de su capacidad de elección. Añadamos a esto el hecho de que muchas de ellas siguen sin tener ingresos propios, y podremos concluir que la renta básica supondría un paso firme hacia la necesidad de garantizar una vida digna tanto a todas aquellas mujeres que realizan un trabajo fundamental para el sostenimiento de la vida; trabajo invisible, no reconocido y no valorado (obviamente hablamos del trabajo reproductivo y de cuidados) como a aquellas otras que no perciben siquiera unos ingresos mínimos de subsistencia. Además, y siguiendo este argumento, una renta básica quebraría (aunque sea parcialmente), el vínculo entre ausencia de denuncias por violencia machista y dependencia económica de las mujeres con respecto a sus agresores, una necesidad fundamental para hacer efectivas las leyes contra este terrorismo doméstico.

     Para ello, es importante remarcar que la prestación debe ser individual, ya que sólo así podrá reforzar la autonomía de muchas mujeres, cuya dependencia del salario de su pareja sigue siendo un problema, proporcionando además más libertad para tomar la decisión de romper el vínculo familiar, algo muchas veces difícil de llevar a cabo debido a esa falta de capacidad económica. En palabras de Carole Paterman, “una renta básica es importante para el feminismo y la democratización precisamente porque está pagada no a los hogares, sino a los individuos como ciudadanos”.[4]

     Al hilo de esto, también hay que señalar que la división sexual del trabajo genera un efecto claramente discriminador en torno al sistema de pensiones y de seguridad social según el cual las mujeres tienen peores pensiones contributivas y prestaciones por desempleo. Para Paula Moreno y Alberto Tena, “la renta básica se mueve en la lógica de romper ese dualismo entre los derechos adquiridos en el mercado de trabajo o por contribución a las arcas públicas y los que no”. La individualización de la prestación implica, pues, una visión que rompe con la realidad, aún existente, de familia tradicional, una de las reivindicaciones de la agenda feminista.[5]

     Por otro lado, hay quienes sostienen que la percepción de un sueldo garantizado podría eliminar el incentivo necesario para redondear los ingresos familiares y podría acabar consolidando el papel tradicional de la mujer como ama de casa. Desde el punto de vista opuesto, tampoco parece la renta básica un motivo claro para que los hombres asuman los trabajos que hasta ahora han correspondido mayoritariamente a las mujeres. De ser así, una renta básica podría reforzar la dualidad mujer-ama de casa y hombre-trabajador remunerado. Se trata de un argumento ciertamente cogido con pinzas, si atendemos a la ácida ironía de Carolina del Olmo: “Si resulta que por obra y gracia de la imaginación institucional nos encontramos con una herramienta nueva que garantiza el objetivo de la independencia económica […] ¿dónde está el problema? Si algunas mujeres quieren aprovechar la renta básica para salir por pies del mercado laboral e irse a sus casas a cuidar de sus hijos, a cuidar de sus estúpidas uñas o a tocar la guitarra y comer plátanos tumbadas en una hamaca. ¿¿¿cuál es el problema???”.[6]

     Otro riesgo importante es la posibilidad (puesta sobre la mesa por algunos sectores conservadores) de que la renta básica sirva de canje por los sistemas tradicionales de protección social. Esto eliminaría todos los beneficios antes mencionados, haciendo recaer sobre las mujeres nuevas cargas de manera más intensa que sobre los hombres, por lo que es fundamental que no se atribuya la responsabilidad de los cuidados y de todos los trabajos vinculados a la economía reproductiva, de nuevo, al colectivo de las mujeres. Por lo tanto, para que los efectos de esta medida sean aprovechados en un sentido emancipador y no sean, a su vez, neutralizados por otras dinámicas, el plan en su conjunto debe ser más ambicioso y apuntar además, tanto a  una mejora del Estado del bienestar, como a un blindaje presupuestario de las partidas fundamentales: educación, sanidad, servicios sociales y dependencia. En este sentido, y desde una perspectiva feminista, la renta básica debe ser valorada como la posibilidad de ir más allá de la cultura del trabajo tal como la conocemos: articuladora del modelo de familia tradicional y en torno a la cual se han construido la mayoría de los derechos vinculados a nuestros Estados del bienestar.

     Dicho todo esto, entendemos con Antonio Piazuelo que el problema de fondo no está en la implantación de la renta básica universal, sino en el modelo de familia patriarcal que aún subsiste en nuestras sociedades. Si bien es cierto que propone una nueva ética del trabajo, debemos tener presente que la vigente sigue descansando sobre este modelo concreto que, como se ha dicho, es en torno al que giran nuestros Estados del bienestar.[7] No está de más recordar aquí que éstos no han servido para garantizar el de las mujeres, nunca han reconocido su trabajo y las han relegado siempre, como se ha dicho, a derechos derivados y no contributivos (peores en calidad y cuantía en comparación con los directos y contributivos que han recibido mayoritariamente los hombres). La clave nos la sirve Louise Haagh: “la renta básica no puede solucionar toda una variedad de problemas que hacen que sea más difícil para las mujeres conseguir controlar su trabajo y su tiempo, y estos son problemas que requieren una respuesta legislativa y de riesgo compartido”.[8]

     La conclusión salta a la vista: es sobre este sistema paternalista y patriarcal sobre lo que hay que actuar, con independencia de la implantación de una renta básica, ya que ésta no está diseñada para acabar con la desigualdad, con la división sexual, la opresión o la violencia de género. Profundizando en este sentido, el funcionamiento de los Estados del bienestar ha venido operando como un lavado de manos que ha dejado que la verdadera responsabilidad en el cuidado de la vida recayera en los trabajos no valorados (gratuitos) o mal valorados (empleadas del sector público con cualificaciones no reconocidas). Es por ello, en parte, que la renta básica no debe ser un objetivo ideológico ni programático de la izquierda: el camino hacia la emancipación total del ser humano pasa por la superación tanto de este sueldo garantizado como por la de los Estados del bienestar. Pero este punto lo dejo para la cuarta y última entrega de esta serie.

 

[1] Betty Friedan, La mística de la feminidad.

[2] Gilles Lipovetsky, La tercera mujer.

[3] Victoria Herranz, Igualdad bajo sospecha.

[4] Carole Paterman, El contrato sexual.

[5] Paula Moreno y Alberto Tena, Una renta básica para avanzar en la igualdad de género. (Artículo)

[6] Carolina del Olmo, La renta básica y la cuestión femenina. (Artículo)

[7] Antonio Piazuelo, Renta básica y mujer. (Artículo)

[8] Louise Haagh, El papel radical de la renta básica.

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