Reapropiarnos del tiempo

Por Jesús Iglesias. Dos albañiles a las puertas de una obra. Por motivos ajenos a su trabajo se han visto obligados a parar varios minutos y han salido a la calle a fumar. Uno de ellos, visiblemente irritado, le dice a su compañero: “estamos perdiendo dinero”.

     Es una expresión bastante común, en la que subyace una idea asumida por tod@s: el dinero es más importante que el tiempo. Al igual que en el caso de la velocidad, nos topamos aquí con otro magnífico ejemplo de colonización de las mentes por parte de la ideología dominante, que como bien sabemos no es otra que la de la clase dominante. El tiempo nos esclavizó por primera vez cuando campesinos y artesanos, despojados de sus medios de producción, comenzaron a entrar en las fábricas y fueron sometidos a una disciplina externa, acorde a los ritmos de la máquina y la cadena de montaje, dictada por lógica imperturbable del reloj. Los obreros pasaron de reivindicar el tiempo libre a incorporar la máxima capitalista de “el tiempo el oro”. La lógica de la ganancia se imponía a la vida a través de una visión del tiempo que aún hoy sigue vigente.

     Para John  Zerzan, el comienzo del tiempo constituye una caída, el inicio de la alienación de la historia. “Es el lenguaje fundamental de la técnica y el espíritu mismo de la dominación. Hoy la aceleración febril del tiempo lo revela como una fuerza artificial y opresiva, al igual que sus corolarios: el progreso y el devenir”.[1] La tecnología y el trabajo se ven actualizados por la ineludible esclavitud del tiempo, sin la cual nunca se hubiera podido desarrollar el capitalismo industrial. Nos hemos acostumbrado a vivir contando horas, minutos y segundos, algo de reciente cuño, pues en las sociedades preindustriales nadie se preocupaba por el tiempo en términos de exactitud matemática. Simplemente, modelaba los cambios naturales.

     Como consecuencia de esta nueva concepción del tiempo, George Woodcock acierta al afirmar que “el reloj representa un elemento de tiranía mecánica en las vidas de los hombres modernos, mucho más poderoso que cualquier explotador en tanto individuo o que cualquier otra máquina[2]. Necesario para una mejor regulación y organización de la vida en virtud de un sistema hiperindustrializado, estamos viviendo en un mundo regido por los símbolos mecánicos de un pequeño mecanismo que nos convierte en sus criad@s, establece nuestros ritmos vitales, nos arruina la salud y nos crea desórdenes nerviosos.

 

La expropiación del tiempo

      En el mundo contemporáneo, la expropiación del tiempo se ha extendido a todos los ámbitos de la vida y no se limita, como antes, al terreno laboral[3]. Renán Vega Cantor apunta con esto a que el ánimo de lucro, motor del capitalismo impuesto en su momento por los sectores burgueses, nos ocupa ahora todo nuestro tiempo. Una expropiación que se expresa, paradójicamente, en la falta de tiempo; el culto a la velocidad, la dilatación de los trayectos en las ciudades, los atascos y demás trastornos producidos por el empleo masivo del automóvil (un trasto maldito, como explico aquí y aquí), la constante tiranía del teléfono móvil, la rendición ante el televisor, la comida basura… son muestras perfectas de la efectiva colonización de nuestras mentes, henchidas ahora de imaginario capitalista, que sin duda alcanza su máxima expresión cuando nos sentimos unos winners por tener las agendas completamente saturadas, por vivir en una constante situación de asfixia, por hacer ver a l@s demás lo ocupad@s que estamos, por oírnos a nosotr@s mism@s decir eso de “estoy muy liad@”. No tener tiempo va camino de convertirse en un nuevo símbolo de clase y de estatus, lo que distingue a las personas importantes de los mindundis. Jorge Moruno se pregunta, con toda la razón, cómo es posible que hayamos pasado de rechazar entrar en las fábricas a “exprimirnos y desear exprimirnos continuamente”. El neoliberalismo, dice, “ha sido capaz de convertirnos en accionistas de nuestra fuerza de trabajo. Estamos continuamente vendiéndonos, somos nuestras propias marcas y tenemos que estar en una constante reconversión industrial propia”.

     La tecnología, un elemento claramente adictivo –creado, por lo demás, para imponer el consumo obligatorio, el control social y la estafa permanente con las facturas, los contratos, el ancho de banda y los megapíxeles- no sólo no ha reducido la jornada de trabajo, sino que ha roto la separación de trabajo y tiempo libre, entre horario laboral y horario de descanso, entre el tiempo de preocuparse por otr@s y el de preocuparse por un@ mism@. Más concretamente, el tiempo de trabajo ha absorbido el resto del tiempo. Las clases dominantes pueden apuntarse otro tanto, han conseguido que en el mundo ‘desarrollado’, las grandes mayorías estén entregadas sin descanso al beneficio ilimitado de las pequeñas minorías. Efectivamente, incluso nuestro tiempo de ocio (que no tiempo libre, en concordancia con la distinción de Marcuse) ha sido mercantilizado: se emplea en ver la televisión, jugar a los videojuegos, revisar la vida de los demás, consumir lo que sea… la mercantilización de todas las áreas de la existencia humana, unida a la invasión de las nuevas tecnologías, deriva en una absoluta subordinación de la vida al capital: todo nuestro tiempo al servicio de la máquina de la ganancia. Por otro lado, la conectividad perpetua devasta el psiquismo individual, obliga a la gente a que sienta la necesidad imperiosa de estar siempre conectada, de enviar mensajes continuamente, de utilizar los chismes correspondientes de la manera que sea. Lo más triste es que las relaciones sociales siguen perdiendo calidad, la presencia ajena cada vez es más molesta, la sociedad entendida en su más amplio y bello sentido muere poco a poco. El ‘otro’ se nos aparece cada vez más como un puñado de datos, como una virtualidad, como una abstracción, como un valor de cambio que debe ser despachado con rapidez y evacuado de su materialidad.

     Pese a que las nuevas generaciones aceptan este fenómeno sin más, como algo del todo normal, exento de crítica alguna, ni siquiera de análisis, no lo debemos subestimar; es un cambio antropológico y social realmente importante, fruto de una notable pérdida de vínculos humanos (especialmente en las grandes ciudades), de una triste mercantilización de las relaciones entre las personas y de una cultura del consumo entronizada en el más alto pedestal de la existencia humana. El éxito del capital es demoledor: ha impuesto la ideología individualista en aras de su propia acumulación, ha propiciado un claro retroceso de la solidaridad entre ciudadan@s, ha impuesto la cultura del trabajo y el imperativo mayúsculo de la competencia.

 

Recuperar el tiempo, vivir mejor

     Como bien dice Serge Latouche, l@s objetor@s del crecimiento profesamos un moderado (moderadísimo, en mi caso) respeto a las pretendidas leyes de la economía y consideramos obscena la idea de trabajar más para ganar más. Entendemos que la jornada laboral es más que excesiva y que, además, precipita un colapso que ya tenemos enfrente. Nosotr@s proponemos trabajar menos para vivir mejor, repartir el trabajo entre tod@s, favorecer la autonomía para apostar por la autoproducción.

     Es una idea difícil de digerir en una sociedad corroída por el productivismo e intoxicada por el crecimiento del PIB. “La salida del sistema productivista y laborista supone una organización totalmente distinta, en la que el ocio y el juego se valoren junto al trabajo y en la que las relaciones sociales primen sobre la producción y el consumo de mercancías inútiles[4]. En su momento Bertrand Russell llamó la atención sobre si las personas sabrían llenar sus días trabajando, por ejemplo, cuatro horas diarias. Pregunta del todo legítima, porque “el hombre moderno piensa que todo debería hacerse por una razón determinada, y nunca por sí mismo […] La noción de que las actividades deseables son aquellas que producen beneficio económico lo ha puesto todo patas arriba».[5] Por ello, André Gorz tiene a bien subrayar que “el creciente ahorro de tiempo de trabajo sólo podrá ser cargado de sentido si es percibido y valorizado socialmente como un tiempo liberado cuya apropiación individual y colectiva permitirá a los individuos perseguir fines diferentes a los económicos[6]. La apropiación individual del tiempo es la tarea que debe reemplazar la función central, atribuida en el pasado, a la apropiación colectiva de los medios de producción y a la abolición del trabajo asalariado.

     Debemos reapropiarnos de nuestro tiempo, concederle la importancia debida. Porque en el fondo, es lo único que tenemos como propio, como un bien que nos acompañará toda la vida y que, por tanto, merece la pena tenerlo en la más alta estima, en la más profunda de las consideraciones, cuidarlo, respetarlo, moldearlo según nuestras necesidades, ajustarlo a nuestra propia existencia vital. Para ello, tenemos que diseñar nuevas sociedades y organizaciones en las que las necesidades productivas estén subordinadas al principio del buen vivir, en lugar de someter a la especie humana a la dictadura de la ley del valor, cuantificada por las inexpresivas, impersonales, inmisericordes agujas del reloj. Carlos Taibo pone de relieve la necesidad de desplegar fórmulas de ocio creativo, no mercantilizado, no tecnologizado; un ocio creador, descentralizado y preocupado por la cultura que no responda a los esquemas del negocio mercantil y del beneficio personal[7]. Debemos fomentar una desespecialización generalizada, una cultura de la multitarea que realce las potencialidades creativas, una liberación del trabajo asalariado. Porque la división del trabajo, como decía Marx, es el asesinato del pueblo. Hemos llevado demasiado lejos este proceso de racionalización deshumanizante en aras de una grosera búsqueda de beneficios personales. Debemos recuperar el control sobre nuestras propias actividades, gestionar nuestros propios recursos, fomentar, en definitiva, nuestra propia autonomía, conducirnos hacia la sobriedad y la reducción del despilfarro. Pero para que todo ello se convierta en una realidad, para enfilar el camino hacia una auténtica emancipación del ser humano, es imprescindible que nos reapropiemos de nuestro tiempo, porque vale mucho más que todo el oro del mundo.

 

[1] John Zerzan, En las fuentes de la alienación.

[2] George Woodck, La tiranía del reloj.

[3] Renán Vega Cantor, La expropiación del tiempo en el capitalismo actual. (Artículo)

[4] Serge Latouche, La hora del decrecimiento.

[5] Bertrand Russell, Elogio a la ociosidad.

[6] André Gorz, Salir de la sociedad salarial.

[7] Carlos Taibo, ¿Por qué el decrecimiento?.

5 comentarios en “Reapropiarnos del tiempo

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