Las miserias del capitalismo verde (Parte 4)

Por Jesús Iglesias. Hemos visto que el capitalismo verde se presenta como la solución a la contradicción entre desarrollo económico y protección de la naturaleza, en la medida en que propone una política ambiental que debe seguir criterios más ‘saludables’ -el llamado desarrollo sostenible– y rechazar aquellas actividades más dañinas para el medio ambiente. El problema, sin embargo, es que deja al margen el proceso de acumulación de capital, la productividad y la competencia, de manera que proporciona continuidad y legitimidad a la estrategia productivista, la cual va a seguir operando como lei-motiv de una economía en una dinámica grotesca de interminable y obligado crecimiento, empujada a su vez por una tecnología cada vez más eficiente cuya meta final es el fraude de la desmaterialización de la economía.

 

La ofensiva neoliberal

     Tres décadas de consumo de masas y de tasa de ganancia sostenida han dejado consecuencias ecológicas intensas y una preocupación de efectos profundos y, en buena medida, imprevisibles: el cambio climático producido por las emisiones de gas de efecto invernadero. Si el período del ‘consenso keynesiano’ confirmó y alentó la sed capitalista de beneficios que ha puesto a la humanidad al borde un caos ecológico catastrófico e irreversible, es con la clausura de estos ‘treinta gloriosos’ cuando, con Reagan y Thatcher a ambos del Atlántico, entra en juego la ofensiva neoliberal y se procede a una fuerte desregulación y a una regresión social que ha allanado el terreno para que campe a sus anchas la economía de casino, que es la que hoy tenemos.

     Los problemas de acumulación, recurrentes desde la Revolución Industrial, fueron ‘solucionados’ a base de crédito barato, consumo conspicuo, privatización de lo público, nuevos expolios de recursos (agua, genoma, semillas, tierras cultivables), obsolescencia programada, globalización y deslocalización de la producción en busca de mano de obra esclava. Esta batería de despropósitos sólo podía agravar los impactos ecológicos: explosión de emisiones y de contaminación, aceleración de la destrucción de los sistemas naturales, saqueo de recursos, extinción de especies, etc. Por su parte, los mecanismos del mercado se vieron fortalecidos por el tratamiento de las problemáticas ambientales, como por ejemplo pone de manifiesto el vergonzante trapicheo con las emisiones de carbono entre países, permitido en el Protocolo de Kioto. De hecho, el tratamiento neoliberal de la cuestión ambiental va a consistir en eliminar toda dimensión social e histórica y proceder a su mercantilización. Sometida a la ampliación del proceso de capitalización de la naturaleza y la vida, para José Seoane el capitalismo verde “se constituye así en una matriz del tratamiento neoliberal de la cuestión ambiental promovida a nivel internacional por una fracción de las elites políticas y económicas del viejo centro del capitalismo, tanto de EE.UU. como de la Unión Europea. Su despliegue coincide y refuerza la expansión del mercado, del capital y de la privatización de los bienes naturales y la naturaleza características del neoliberalismo “.[1]

     Esta profundización del daño ambiental ha obligado a buscar otro eslogan resultón para ver si los ecologistas se tranquilizan y las grandes empresas lavan un poco la cara. Después de la revolución verde y del capitalismo verde, ahora llega la economía verde, que oficialmente dice algo así como conjugar la satisfacción de necesidades y la preservación de la biodiversidad y los ecosistemas con más crecimiento. Esto en cristiano se traduce como mercantilizar -aún más- los recursos naturales para que todos los servicios ecosistémicos, sin excepción, sean transformados en mercancías. En este sentido, resulta toda una joya del razonamiento mezquino e inmoral la afirmación de uno de los arquitectos de la patraña neoliberal: “los valores ecológicos pueden encontrar su espacio natural dentro del mercado, como cualquier otra demanda de los consumidores. ¿Y por qué no los humanos, señor Friedman?, ¿a cuánto cotiza la bondad, la generosidad, la empatía?.

     Los impactos ecológicos, de nuevo, pasan a segundo plano como meros efectos colaterales, inevitables, en pos relanzar la acumulación de capital, estrategia a la que las grandes instancias internacionales han dedicado millones de artículos e informes para tratar de implementarla. No hay que ser un lince para avistar el nuevo estado de las cosas: intensificar los ataques contra el mundo del trabajo, los jóvenes, las mujeres, las comunidades campesinas y los pueblos indígenas bajo la hegemonía de los lobbys energéticos fósiles, los agrocombustibles y el ‘carbón limpio’, todos ellos funcionando a golpe de privatizaciones y subsidios públicos. Para Daniel Tanuro, “Dos siglos después de su nacimiento, el capitalismo enfermo, hundiéndose bajo las deudas, quiere imponer a la humanidad un remake global de los “cerramientos”, combinado con la continuación de sus otros crímenes sociales y ambientales”.[2]

     Priorizar los aspectos económicos e ignorar los energéticos y ambientales, como propone el dogma correspondiente, es una opción que perpetúa la vulnerabilidad y la inestabilidad. A día de hoy, de los diez equilibrios identificados en un estudio reciente como fundamentales por la Universidad de Estocolmo (y cuya alteración podría resultar muy grave para la biosfera en su conjunto) ya hemos rebasado tres: cambio climático, biodiversidad y niveles de nitrógeno. Por otro lado, el modelo económico sólo es estable si crece a un ritmo determinado, hasta el punto de que acierta Aniol Esteban cuando dice que “el imperativo de crecer ha definido la estructura de la economía moderna”.[3] En este sentido, el culto al crecimiento opera como un mito que el neoliberalismo tiene a bien emplear para mantener alejada de la gente la gravedad de los retos económicos y ambientales a los que nos enfrentamos, un precepto, por otro lado, ya ampliamente cuestionado pero que goza de la inacción (complicidad, más bien) de políticos y economistas de casi todo pelaje. Lo estamos viendo en España, con la vuelta del ladrillo (uno de los principales causantes de la crisis de 2008, dicho sea de paso), la decidida intención de seguir rentabilizando el litoral y la irracional, absurda, despilfarradora y ecológicamente nefasta apuesta por el AVE, que pese a que la ristra de desastres que está causando parece que continúa de manera incontestable.

     Ante la lógica productivista del sistema, que agota las dos únicas fuentes de riqueza -tierra y trabajador- en el altar del beneficio; y el furioso individualismo impuesto por el desarrollo capitalista –en particular por los modos de movilidad y hábitat inducidos por el vehículo individual motorizado y la especulación inmobiliaria- no nos queda otra que contraponer a la lógica del crecimiento y del beneficio la de los bienes comunes, la del tiempo libre y la de la satisfacción de necesidades  humanas reales, democráticamente determinadas en el prudente respeto a los ecosistemas. Esperemos que François Chesnais tenga razón cuando dice que la conjunción de la crisis económica y ecológica debería crear las condiciones propicias para la eclosión de una conciencia y una lucha ecosocialista durante las que -mediante una necesaria reapropiación colectiva de las riquezas naturales- se irá forjando una cultura de las relaciones entre la humanidad y su entorno “basadas en la premisa de nuestro compromiso en el mundo en lugar de nuestra desvinculación de él”.[4]

 

Un resultado desolador

     En resumen, convertido en ‘desarrollismo verde’, la fórmula neoliberal sitúa la cuestión ambiental al servicio del capitalismo y apuesta por el mercado y los parches tecnológicos como soluciones al problema ecológico y social, siempre tratando de dejar intacta la estructura de los actuales sistemas de producción. Siguiendo a Kathleen McAffee, con la reconceptualización de los problemas ambientales como problemas de eficiencia de los mercados, los pilares ecológicos y sociales de la sostenibilidad aparecen como subsidiarios y subordinados al económico, tratando de mantener alejado del foco de atención el debate sobre el cambio socioestructural.[5]

     Para Lanka Horstnick el resultado es desolador: la mayoría de los habitantes del planeta continúa siendo pobre (vive con menos de 10 dólares diarios), la desigualdad sigue siendo endémica en regiones ricas, millones de pequeños campesinos ven cada vez  más restringido el acceso a bienes básicos (tierra, agua, semillas) y nuestra presión sobre la biosfera no deja de intensificarse. El paradigma productivista, bajo el mantra de que la industrialización reduce el hambre y la pobreza, y pese a haber incrementado enormemente la producción agrícola, está haciendo que la mitad de los pobres del mundo sean los pequeños agricultores y un quinto de ese total sean familias rurales sin tierra.[6] El prestigioso antropólogo Marshall Sahlins no puede estar más acertado: las sociedades actuales representan la era de un hambre sin precedentes. “Ahora, en la época del más grande poder tecnológico, el hambre es una institución.[7]

     Hemos visto que la mercantilización de la naturaleza y de la vida ignora los gravísimos desequilibrios ecológicos creados por ella misma. Pero quizá el mayor problema al que nos enfrentamos hoy día es que estamos prácticamente en tiempo de descuento para mitigar, al menos, los peores efectos del colapso que se avecina, por lo que vamos a tener que darle toda la razón a Jorge Reichamnn cuando afirmó hace unos años que “la crisis financiera de 2008 probablemente fue la última oportunidad para quebrar a tiempo la desastrosa hegemonía neoliberal de los últimos decenios”. Copenhage, al año siguiente, fue probablemente la última oportunidad para salvar el equilibrio climático del planeta.[8]

 

Por una democracia ecológica

     Creo que hay un aspecto que este texto no debe pasar por alto y es que el discurso del desarrollo sostenible, argumento principal del capitalismo verde, aparte de no contribuir a la eliminación de pobreza y el hambre y a la protección de los recursos naturales para las generaciones venideras, no está posibilitando ni la participación, ni la equidad social y ambiental. En tanto que la salud medioambiental está claramente vinculada a la existencia de instituciones y valores democráticos y participativos, se hace cada vez más visible la necesidad de una ‘democracia ecológica’. De hecho, buena parte del cuerpo científico, movimientos sociales y ecologistas (y cada vez más instituciones supranacionales) denuncia que la sostenibilidad tiende a favorecer a los países ricos –tanto privatizando beneficios y socializando costes, como mediante las externalizaciones propias de los procesos de producción-.

     Así pues, sumándonos a la definición de de Timotny Mitchell, esta democracia ecológica estaría basada en una “gobernanza participativa centrada en los entornos saludables, la justicia social y una ciudadanía vigorosa[9] que trata de superar el modelo de gobernanza de perfil tecnocrático, poco transparente, con fuertes alianzas público/privadas en la gestión del territorio, interesado en la desregulación y la privatización, en la austeridad (entendida como recortes injustos sobre l@s más vulnerables), en la implementación de sistemas impositivos poco progresivos; en gobiernos con vocación de transparencia, democracia y activa participación ciudadana, empoderamiento social, regulación de materias amenazadas por los mercados especulativos y un programa de acción política y presupuestos orientados a la sostenibilidad general y, más concretamente, a la ecológica. Explicado en palabras de Fernando Prats, Yayo Herrero y Alicia Torrego, se trataría, en definitiva, de recuperar el control democrático sobre campos estratégicos de interés general, requerir la contribución de la esfera económica privada con el bien común, aplicar prácticas democráticas también en el interior de las empresas, confrontar el poder desmesurado de la banca y las grandes empresas sobre la política y la vida social. Así pues, la democracia ecológica se presenta como una eficaz alternativa que une dos poderosos conceptos -democracia y ecología- y que parte del estudio de la interconexión entre el ser humano con la naturaleza y todos los seres vivos.[10]

     Si el capitalismo está destruyendo la base de recursos naturales y el entorno biofísico de los cuales depende su propio crecimiento, la propensión humana –apuntada ya en su momento por Adam Smith- a transportar, permutar e intercambiar[11] debe ser reorientada de acuerdo con una reforma democrática radical en defensa de la soberanía alimentaria y los métodos participativos en virtud de los cuales la gente vaya recuperando el control de los bienes comunes. Esto, obviamente, implica la abolición de la  mercantilización de la naturaleza sobre la que hoy se basa el éxito de los negocios, nada más y nada menos que una auténtica revolución contra el nefasto capitalismo verde, el último y desesperado intento de la era industrial para perpetuar su ya agónica existencia.

 

[1] José Seoane, La neoliberalización de la cuestión ambiental (Artículo).

[2] Daniel Tanuro, Las fases de desarrollo de la crisis ecológica.

[3] Aniol Esteban, De la economía de las 5 I’s a la economía verde (Artículo).

[4] François Chesnais, Pistas para un anticapitalismo verde.

[5] Kathleen McAffee, ¿Vender la naturaleza o salvarla?.

[6] Lanka Horstnick , Sostenible si es comercializable (Artículo).

[7] Mashall Sahlins, Economía de la edad de piedra.

[8] Jorge Reichmann, Economía, insostenibilidad, ceguera voluntaria, futuralgia (Artículo).

[9] Timothy Mitchell, ¿Política verde o tristeza medioambiental?.

[10] Fernando Prats, Yayo Herrero y Alicia Torrego, La gran encrucijada.

[11] Adam Smith, La riqueza de las naciones.

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7 comentarios en “Las miserias del capitalismo verde (Parte 4)

  1. Saludos amigos de Menos es Más. A continuación les presento una propuesta que pudiera ser de su interés:

    UN MODELO DE DEMOCRACIA ECOLÓGICA VIRTUAL, PARA CAMBIAR AL MUNDO REAL

    A pesar de la elevada calidad de vida que han logrado alcanzar algunas de las llamadas naciones desarrolladas, lo cierto es que el mundo, considerado como un conjunto de países ubicados en una biosfera frágil y geográficamente limitada, está amenazado de extinción por causa de la depredación del medio ambiente y los conflictos humanos.
    No obstante las buenas e importantísimas acciones tomadas por grupos e individualidades en pro de un mundo mejor, el deterioro a todo nivel continúa aumentando peligrosamente.
    Después de más de treinta años dedicados a estos asuntos, y por aquello de que “una imagen vale más que mil palabras” se nos ha ocurrido como una idea novedosa, el diseño de una ciudad piloto sostenible y autosuficiente que posea todas las características de infraestructura y organización correspondientes a la sociedad pacífica y sostenible que deseamos para nosotros y nuestros descendientes, y cuya presentación en forma de maquetas, series animadas, largometrajes, video juegos y parques temáticos a escala real, serviría de modelo a seguir para generar los cambios necesarios.
    El prototipo que presentamos posee algunas características que se oponen, a veces en forma radical, a los usos y costumbres religiosos, económicos, políticos y educativos que se han transmitido de generación en generación, pero que son los causantes de la problemática mencionada, por lo que deben ser transformados.
    Si te interesa conocer este proyecto, o incluso participar en él, te invitamos a visitar nuestro sitio web https://elmundofelizdelfuturo.blogspot.com/ (escrito en español y en inglés), donde estamos trabajando en ese sentido.

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