La tiranía del reloj

Por Jesús Iglesias. La sustitución de los ritmos de la agricultura tradicional por el horario uniforme y preciso de la industria fue uno de los experimentos de ingeniería social que, juntos con otros cambios profundos en la vida y mentalidad humanas -la urbanización, la desaparición del campesinado, el aumento del proletariado industrial, la atribución de poder a la persona común, la democratización, la cultura juvenil o la desintegración (aún en proceso) del patriarcado- nos trajo la Revolución Industrial. Si aquélla dependía de los ciclos naturales y del desarrollo orgánico, de manera que el mundo sólo se sometía a los movimientos del sol y a los patrones de crecimiento de las plantas, no existiendo en absoluto eso que llamamos ‘jornada laboral’, la industria moderna santifica la precisión y la uniformidad; tod@s tenemos un horario laboral determinado y éste acaba con independencia de si hemos finalizado lo que en ese momento nos traemos entre manos. Las escuelas, los hospitales, las oficinas gubernamentales y las tiendas tuvieron también que amoldarse a esa nueva manera de medir el tiempo. En definitiva, la Revolución Industrial, afirma el prestigioso historiador Yuval Noah Harari, “transformó el horario y la cadena de montaje en un patrón para casi todas las actividades humanas”.[1]

     El transporte público fue un elemento esencial hacia el establecimiento de un sistema de horarios. Si en 1784 empezó a funcionar en Gran Bretaña el primer servicio de carruajes con horario publicado (lo cual era bastante lioso, pues cada región tenía su propia hora local) y el primer servicio de trenes comerciales -entre Liverpool y Manchester- lo hizo en 1830, medio siglo más tarde el gobierno británico dio el paso crucial: legislar que todos los horarios de Gran Bretaña debían seguir el de Greenwich. Por primera vez en la historia un país adoptó una ‘hora nacional’ y obligó a su población a vivir según un reloj artificial.

     Fue el inicio de una red global de horarios sincronizados con precisión de fracciones de segundo. La radio no tardó en convertirse en uno de los primeros difusores de ese mundo de horarios con sus pitidos y noticias cada sesenta minutos -para que los poblados alejados pudieran ajustarse debidamente- y aparecieron los relojes portátiles. Si en las ciudades medievales había por lo general un reloj gigantesco -e inexacto, aunque eso no tenía demasiada importancia- en la torre de la plaza del pueblo, hoy en día una familia burguesa tiene más relojes en casa que todo un país medieval. De hecho, hay que hacer un esfuerzo consciente para no saber qué hora es.

 

Una fuerza artificial y opresiva

     Para el filósofo John Zerzan, adaptarse al tiempo industrial no sólo fue uno de los mayores trastornos a los que han tenido que enfrentarse las sociedades humanas, fue quizá la primera mentira de la vida social. “Una rectificación de esta amplitud -el comienzo del tiempo- constituye una caída, el inicio de la alienación, de la historia […] El mismo movimiento que condujo de la comunidad a la civilización se afirma allí también. Es el lenguaje fundamental de la técnica y el espíritu mismo de la dominación. Hoy la aceleración febril del tiempo lo revela como una fuerza artificial y opresiva, al igual que sus corolarios: el progreso y el devenir. Más concretamente, la tecnología y el trabajo se ven actualizados por la ineludible esclavitud del tiempo”.[2] Quizá nos parezcan exageradas estas palabras, pero la realidad es que nada separa con mayor claridad la sociedad occidental moderna de las sociedades más antiguas como su concepto del tiempo.

     Por otro lado, sin esa medición precisa nunca se hubiera podido desarrollar el capitalismo industrial, como explica George Woodcock: “el reloj representa un elemento de tiranía mecánica en las vidas de los hombres modernos mucho más poderoso que cualquier explotador en tanto individuo o que cualquier otra máquina”.[3] Gracias al reloj, se pudo obtener la óptima regularización y organización de la vida para el establecimiento de un sistema industrial de explotación. La primera generación de trabajadores asalariados fue convenientemente disciplinada en concordancia con sus intereses de valoración y de generación de ganancias, y ya empezó a regirse por la nueva ideología capitalista y su eslogan ‘el tiempo es oro’. Como bien sospechaban (las huidas, el absentismo, los sabotajes y la rotura sistemáticas de los relojes que los patronos colocaban en las fábricas dan fe de ello), l@s trabajador@s pasaron automáticamente arruinarse su salud con todo tipo de trastornos digestivos, nerviosos y psicológicos. Al menos lograron durante bastantes años mantener la separación entre el tiempo de trabajo y el de ocio -incluso bajo los Estados del bienestar consiguieron el derecho a disfrutar de vacaciones-, pero no era algo que el capitalismo pudiera permitir indefinidamente, así que puso en marcha una operación de mercantilización del tiempo libre mediante el consumo individual y familiar que obtuvo un éxito sin paliativos, y también el ocio pasó a estar regido por la lógica del capital. Hoy, cualquier instante de nuestro tiempo es rellenado por algún tipo de conexión comercial -convirtiéndolo en el más escaso de los recursos- y los centros comerciales se han convertido en los principales teatros de la ‘sociabilidad’, una sociabilidad puramente mercantil que aglutina a personas ávidas de saciar sus deseos hedonistas mediante el consumo. Pocas dudas quedan ya: el Homo sapiens moderno se ha convertido en una triste marioneta al servicio de los símbolos mecánicos y matemáticos de un reloj creado expresamente para llenar los bolsillos los capitalistas y saciar su apetito de acumulación desenfrenada.

     El reloj fue la primera máquina automática que ejerció una auténtica función social, a la cual contribuyeron -quizá sin quererlo- los artesanos de las ciudades medievales europeas, pues trastocaron el concepto de tiempo y colaboraron, por tanto, con la destrucción de su propia cultura. El movimiento del reloj ha pasado a regular el ritmo de las vidas humas y el hombre se ha convertido en un sirviente de unas manecillas que él mismo ha creado. En una sociedad sana y libre, semejante dominación sería impensable, pues “la dominación del hombre por una creación del hombre resulta incluso más ridícula que la dominación del hombre por el hombre”.[4] Es más, desaparecido todo el disfrute implicado en la creación de un producto artesanal, ni siquiera puede decirse, después de todo, que a largo plazo la imposición de la regularidad conduzca a una mayor eficacia: la calidad de los productos actuales es notablemente inferior que la de los de antaño.

 

La nueva precariedad, la nueva dictadura

     ¿Adónde nos ha llevado esto? En las sociedades actuales, la voracidad del tiempo ha conquistado también las vidas personales. Con la industrialización, las sociedades quedaron expuestas a la nefasta influencia del poder y del dinero, y el tiempo dejó de ser un recurso valioso para convertirse en una inversión para obtener más capital. Es así como el consumidor ha terminado convertido en un trabajador parcial que debe dedicar gratuitamente horas de su tiempo a lo que antes hacían las empresas, todo mientras se destruyen millones de empleos. Tiene razón Cristina Sen cuando afirma que “la gente vive como una culpa personal el hecho de no hacer nada durante los ratos libres”.[5] Cada minuto es imprescindible, la aceleración impacta en la calidad de vida de la sociedad de modo que ya nadie emplea siquiera unos minutos en ayudar a nadie, ni tiene tiempo para lo no productivo. La huida hacia adelante es nuestra experiencia cotidiana.

     La lucha de clases también se percibe en este ámbito, y la van ganando l@s ric@s. Ell@s caminan despacio, comen despacio y viven despacio. Se permiten más vacaciones y terapias, fragmentos de tiempo para much@s otr@s del todo inaccesibles. Es más, la distribución entre l@s que tienen tiempo y l@s que no lo tienen es, también, la distribución entre quien sabe y quien ignora, entre quien manda y quien obedece. En definitiva, entre quien es libre y quien no lo es. Y el tiempo que vale menos es el de l@s que trabajan cuidando, limpiando, recolectando, es decir, el de las mujeres y el de los inmigrantes. El sociólogo Jorge Moruno da aquí en el clavo: “el archipiélago proletario se compone de los desposeídos de un tiempo propio, en una sociedad que obliga a la mayoría a vender su tiempo a cambio de dinero. Si puede“.[6] Esa explotación moderna del tiempo constituye una auténtica forma de precariedad: el precario es, en primer lugar, pobre en tiempo. Ya Mark Fisher ha alertado de una ‘nueva burocracia’ que impulsa la reglamentación infinita, la evaluación constante, el control de la eficiencia y el cronometraje totalitario, mientras trata de que nada cambie.[7] Está surtiendo efecto: el tiempo también es explotado por nosotr@s mism@s en la competencia por acumular siempre más. Hoy día podemos decir, en palabras de Amador Fernández Savater, “la revolución es la reapropiación social del tiempo que nos ha sido expropiado, la autodeterminación del tiempo”.[8]

     El capitalismo industrial nos ha expropiado el tiempo. Nos lo ha robado y las nuevas tecnologías de la información han jugado un papel clave para ello rompiendo la separación entre tiempo de trabajo y tiempo de ocio o, mejor dicho, diluyéndo el tiempo libre dentro del tiempo de trabajo hasta el punto de que las nuevas generaciones lo aceptan como algo normal. “Si quieres sobrevivir en el capitalismo actual tienes que ser competitivo y para serlo requieres estar conectado todo el tiempo, recibir y enviar información sin pausa, manejar una masa creciente de datos, suministrar tu tiempo, siempre, a quien lo requiera”.[9] La generalización de la conectividad permanente produce en las personas la necesidad constante e imperiosa de estar comunicándose de la forma que sea. Al final, la presencia del otro se vuelve superflua, cuando no incómoda, y se certifica así la muerte de la relación social. No tenemos tiempo para los demás, las personas se nos presentan cada vez más como simple información que debemos despachar con rapidez. Para Renán Vega Cantor, la pérdida de vínculos humanos, el culto al consumo como razón de ser de la existencia humana, la omnipresencia de los artefactos tecnológicos como sustitutos de las relaciones humanas y el éxito del capital en imponer su ideología individualista están detrás de este formidable cambio antropológico y social. El efecto en la vida cotidiana, aparte de devastar el psiquismo individual, es la des-solidarización generalizada, la dominación en el trabajo y la cultura del imperativo de la competencia.

     Consideramos como algo natural vivir contando horas y minutos, mirando constantemente el reloj, sin quizá llegar a entender que su ritmo habla en nombre de la reproducción de capital y representa una nueva forma de esclavitud. Efectivamente, es la lógica de la ganancia la que se impone a la vida por medio de sus agujas, es la disciplina heterónoma del taller, de la máquina y de la escuela; es la expropiación de nuestro tiempo libre y de nuestra calidad de vida; es el alimentarse con comida precocinada sin siquiera poder sentarse a la mesa en familia; es la flexibilidad, la precarización, la estandarización y la homogeneización; es la pérdida de la memoria y del ser humano como sujeto histórico con vínculos con su pasado en favor de un homo economicus que trata de vivir un eterno presente comprando constantemente productos que no necesita; es la desaparición del pensamiento tranquilo y lineal; es la muerte de los saberes locales y la entronización de la televisión como agente educativo de primer orden; es la ausencia de espíritu crítico y la desarticulación de la acción colectiva; es la modificación brusca del entorno natural y de los ecosistemas; es el fin del contacto humano con la naturaleza y el de las relaciones humanas. Es la subordinación absoluta de la vida ante el capital, es entregar nuestro recurso más preciado al servicio de la maquinaria de la ganancia. Es una dictadura en toda regla.

 

[1] Yuval Noah Harari, De animales a dioses.

[2] John Zerzan, En las fuentes de la alienación.

[3] George Woodcock, La tiranía del reloj.

[4] George Woodcock, La tiranía del reloj.

[5] Cristina Sen, La falta de tiempo, una nueva pobreza. (Artículo).

[6] Jorge Moruno, Derecho al tiempo. (Artículo).

[7] Mark Fisher, Realismo capitalista.

[8] Amador Fernández Savater, Cronopolíticas.

[9] Renán Vega Cantor, La expropiación del tiempo en el capitalismo actual. (Artículo).

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Un comentario en “La tiranía del reloj

  1. Completamente de acuerdo. Por egoismo, ahora que estoy jubilado, los relojes podrían desapacer completamente. No tengo que levantarme a la hora exacta para ir a trabajar. Funcionaria solo con el reloj biológico.

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